La cita era en Montecarlo. (En la corte del rey de Castilla). 169

La cita era en Montecarlo.

La propuso Lonsoles, que estaba cada día más chic. Ya imitaba a la perfeccción el look de Michelle, incluso cantaba Godspel en vez de ensayar obras de Dürrematt, como el ‘Proceso a la sombra de un burro’, por alusiones. Lonsi quería ser la vieja Grace, es decir, la joven más joven de las princesas postizas, y eso que Tulti había seguido bien el master. En el Palazzo Grimaldi, después de la cena en el casino, la fiesta iba a reunir a Duracarod Pérez, conde de Urgell, primo del Conde de Barselona Nova, Mosén Gallamall. El rey de Valencia, Xaplana I, y Chotes, Duque de Osuna, asistirían por poderes, ya que no les gustaba nada estar fuera de los saraos. Con el Señor de Biscaya llegarían los otros catorce virreyes -aunque no se sabía bien de qué- y el reyezuelo de León, Galiza y la parte astur donde aún habitaba el oso, porque en los últimos cinco años no había dejado de llover en la cornisa.

-Será de libro, mon amour -dijo el meloso Patacero de las mercedes, ya superada la crisis del imperio asiático-. Al prócer le gustaba el francés, y es que no era tan tonto.

-Y que lo digas -contestó la dama, porque no le gustaba llevarle la contraria. Le iba bien así.

Aquella tarde llegó la noticia: a la Corte de Castilla había llegado un vidente italiano,  tipo ochicuanti, pareja de un gafe catalán. La cosa no tendría mayor importancia. Se estaban recuperando los hábitos del Siglo de Oro -el único oro que les quedaba, el de la memoria-, si no fuera por lo que estaban anunciando.

-El Consejo del Reino, que se reúna. Se ha acabado el tiempo.

A M le pilló fuera de órbita, en una de sus extravasaciones psíquicas, o sea, gagá puro. Guardiola le había dicho que el chimpancé estaba nervioso, algo olfateaba, con esa intuición que trajo de Kenia, como el viejo Obama.

-Hace tiempo que esperamos. Se acabó Malaquías, así que llega el fin.

M pensaba que el fin no era más que una etapa, y así se lo dijo a la chimpancé, que espulgaba al consorte.

-La eternidad es el instante, Maqui. Algún día escribirás tus memorias.

Lo decía en serio. La monita le miró, con esos ojos de telediario, que seguían las letras de un display frontal, como si la retórica fuera sólo cosa de americanos.

Los diecisiete, tan agusto en sus feudos, renquearon, pero al fin puestos de acuerdo, decidieron acudir al palacio abulense de Fuensalida, que ya era acudir.

-Un periplo de vergüenza. Parecen los pretendientes en Itaca.

M no veía nada tan lejos del héroe ese tipo de viajes. Odiseo fue mediterráneo, pero no conocería a sus herederos. Bueno, casi nadie les conoce. Se identifican entre sí oliéndose las partes.

-Es el fin. -Repetía la pareja, el ochicuanti, algo estevado, y el gafe vestido de monago-. Malaquías ha callado para siempre.

M les preguntó -a través de su jefe de prensa- qué significado tenía eso de siempre.

-El Día del Velo puede calmar a Moloch.

Los diecisiete votaron una proposición de común acuerdo, -llamaban así cuando votaba la mayoría, porque la mitad más uno ya era demasiado- que pasaron a la Comisión ultraeuropea, para que se sometiese al Consejo multinacional, y así pudiera con el pertinente exequatur aplicarse a cada uno de los diecisiete feudos, condados, reinos, virreinos y cortes.

-Podían haberse ahorrado el viaje -comentó M en el Club, una vez filtrada la noticia-. Odiseo veinte años después… Y Penélope sin pura lana virgen que llevarse a la rueca.

El Día del Velo. Un burka para todos, también se dijo. Algunos creyeron que era carnaval. Les encarcelaron por alteración del orden.

-Pero si la algarabía es lo que mola. Consulta el diccionario.

M decía que en Castilla ya no se sabía contar historias. Todo iba a salto de mata, sin argumento, nudo y desenlace. Un desquicie, como si la botella estallase al escanciar la sidriña. Y la importación de música afro ya era una pesadez. Venga a darle al ritmo sinusal, como el balanceo de las barcas en el Retiro.

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