El funcionario les sonrió… (En la corte del rey de Castilla). 163

El funcionario les sonrió. Una familia feliz. Sin blanca.

-…Subvenciones. O créditos de amortizacíón sine die. Bueno, chupar del bote.

Siempre lo mismo. La maldición. ¿Por qué lo de almas gemelas, complementos de las deficiencias o las virtudes -que son siempre excesivas- de uno mismo? La maldición. Lo de ganar el pan con el sudor etcétera es una bobada. ¿Sabes qué es una cohorte?

-Lo del ejército, el séquito, eso de los romanos.

-Pues también es una cochiquera, porque de oler a cerdo, se quedó el nombre.

-Ya me lo explicarás. ¿Y lo de la maldición?

-La Biblia. Ese es el castigo fuerte. Vagar como el holandés errante, como alma en pena, buscando siempre tu otra mitad. Estamos partidos. Lo del Edén salió a medias.

Miguelito Martínez Martínez asintió con la cabeza, algo parecido al gesto de los chimpancés cuando te piden el bocata. ¿Qué habría sido de su gemelo? Murió a poco de nacer, pero casi le recordaba. No su figura, o su cara, eso no; era otra cosa. M.M.M., M. para resumir, tenía conciencia de algo como una mirada que le saliera de dentro, una sombra al lado de su sombra, como si fueran dos los cuerpos que iluminase el sol en un parque nevado. Pero no era el cuerpo, era… ¡Qué diablos, no sé qué es! Pero era suficiente para considerar que nada está completo solo, así que indagaba siempre, inconscientemente o adrede, en las personas y en las circunstancias, dónde estaba el otro, y si no lo encontraba, es que aquello no podía ir bien. Así le iba a él, claro.

Odiseo cruzó el solito los mares y las montañas y regresó. Le costó, veinte años anduvo por ahí pasando calamidades, pero volvió. Y no tenía gemelo.

M quería ser Ulises, para no necesitar a nadie. Pero el ejemplo era demasiado potente. Un semidiós protegido por una diosa, caray. Movió la cabeza de izquierda a derecha, o al revés, para que no se peleen los signos de orientación política, como hacen los niños negándose a tomar la medicina. ¡Precisamente por eso! La perfección es una neurosis, claro, pero también es una gilipollez. No tenía por qué salir bien todo, no. Bastaba con intentarlo, y ni eso. Bastaba con ser y estar, dos verbos que regulan la vida.

La vida. M. miró hacia adelante, como el título de un himno o de la catequesis. Había aprendido mucho de la autoayuda, o sea que los problemas no existen, pero seguía sin tener claro cómo iba a arreglárselas. Odiseo en la fase inicial de su periplo. Un crucero transoceánico, de grumete. Había soñado hacerlo en el Titanic II, que se hundió también, como el I, porque un gafe le había mirado. Era un sotanillo de Cádiz, un manzanoide de pura cepa, con la mala follá a espuertas, como los gorilas de discoteca. Eso sí había sido un gemelo, un mellizo de la mala pata, un círculo perfecto, como lo de Rómulo y Remo mamando de la misma teta. Decidió pasar la tarde paseando, para estirar el ánimo, degustando el aire del Guadarrama, que era lo único barato, por ahora, en la ciudad. No era el único. Las cámaras de vigilancia recogían el deambular ocioso de miles de viandantes, que se detenían en los escaparates de los Mensajeros de la Autoridad, donde enormes pantallas mostraban las consignas y las orientaciones al pobre ciudadano despistado, lo que quedaba sin integrarse en el Gran Hermano, un monstruo político y burocrático que albergaba más de la mitad de los seres humanos válidos de la urbe, capital del Reino de Castilla. En los países limítrofes más avanzados -El Señoría de Biscaya, el Condado de Barselona, el Reino de Galiza y el Reino de Graná, vecino del Califato cordobés- ya se habían puesto en marcha los Centros de Residuos para los mayores de cincuenta, una edad que se consideraba postjuvenil, ya que la edad media de la población llegaba a los ciento veinte años, pero que hacía necesario el excedente demográfico. Los miembros del Nomenklator y una parte considerable de los integrados en el G.H., se excluían, así que la solución era malísima, porque iban retirando a los pocos que producían para pagar los dispendios del resto. Los políticos, funcionarios y adláteres ocupaban además todos los puestos de la Banca, que así cerraba el círculo más cerrado de todos los círculos: el círculo del circo en el que se desarrollaba el esperpento. M. vio el letrero móvil que hacía ya un rato le seguía, y se detuvo en seco. “¿En qué fecha pronunció su última alocución pedagógica el líder?”. El 15 de octubre, respondió. La lente parpadeó y emitió un sonido como si masticase un cristal sobrante, para continuar su camino. Ese fue el primer control de su paseo, una nimiedad. Se había hecho con las respuestas de aquella tarde, y no le preocupaba, pero debía estar atento. Dentro de pocos días pasaba al rango ‘compañero’, y ya estaría fuera de duda su lealtad, las máquinas de formación detectarían ese nuevo estatus y pasarían de largo. ¡Qué gran invento la cibernética!

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