El babuino de Bacon. (En la corte del rey de Castilla). 165

Salió con la cabeza gacha.

No era la primera vez, claro, pero es difícil acostumbrarse a ser la pieza en la cacería. Además él no usaba escopeta, en todo caso tirachinas, de los de antes. Otra vez se la habían dado con queso.

-Te relames demasiado pronto y con demasiado gusto. Dejas la baba en las paletillas de cualquiera, como el babuíno de Bacon.

El tío Anselmo le explicó que el babuíno de Bacon no era un sandwich insular, de la Barataria británica, sino ese animal vivo que te mira desde el lienzo del loco. ¡Y hablamos de Van Gogh! Miguelito acababa de besar a María, había quedado con Silva y pensaba en Isa. ¿O era Eva? ¿Qué tenía de malo eso del instinto?

-Pues que no es instinto. Es instante. Ella te adivina y aguarda el momento, como la mantis.

El tío Anselmo quitaba lo de religiosa, porque le parecía un añadido procaz. Las manos juntas son un símbolo pagano, paganísimo, como el ritual de la lluvia, la invocación de las rogativas. Le contó lo del obispo.

-Le pidieron sacar la imagen del santo, porque la sequía ya se pasaba, y es que, cuando Franco, era pertinaz. Entonces se asomó a la ventana, que era ojival y circunspecta como la firma de un notario, y dijo aquello: “Al santo le podéis sacar, pero para llover no está”.

Luego le contó lo del camarlengo. “Sí, es como camarero, pero en diplomático”. Sonaba a María Agustina Sarmiento con el búcaro, mientras la infanta Margarita miraba el cuadro de Silva, fuera del gran lienzo. Damas de la reina, siervos del rey. No da igual, no. Siervo del rey, amo de casi todos, siervos de la gleba, pues criados de todos, un asco.

-Le presentaron al embajador español. “Misa diaria, devoto, generoso con los pobres”. El Papa no lo dudó y cuchicheó a su capellán, que como todo curial romano era de oreja aguda. “¿ Ma è cattolica sincero, o è nel segreto?

De eso se trataba, pues. El CDF estaría en el secreto. Necesitaba cómplices, compinches más bien, esos tíos listos que se lo saben todo, y aparentan lo que hay que aparentar, como si desfilaran por una pasarela de almas. En época de crisis no hacer mudanza, le dijeron en El Palo. Pero él había leído la Odisea, y su abuelo, además, en griego antiguo, como Jenofonte, el de los diez mil. En tiempo de crisis la mayor demencia es el mayor acierto. ¿O no era de la Odisea? Porque Ulises, al fin y al cabo, era tan racional como sus dioses.

María le miró con sus ojos rasgados, recién rasgados quizás, porque componía el gesto, una niña tímida que iba por delante al menos un par de metros.

-Tengo estrés. Ansiedad. Me ahogo.

Miguelito interpretaba que quería hacer el amor, le venía al pelo la traducción por otra parte, y ahí se quedaba. La única duda, o la única certeza, era con quién. M. tenía novias muy raras, y ya se sabe, cuando uno lo ve todo raro, el que es raro es uno.

-La primera vez que me engañes será culpa tuya. La segunda, será culpa mía.

-¿Y las siguientes?

-A compartir.

El tío Anselmo rellenó la copa. El Jerez amontillado, un Solera 47 le servía para masticar. Y de paso lentamente iba avanzando por un cauce estrecho, o por una vaguada cuyo nivel freático comenzaba a empaparle las axilas. ¿Qué demonios iba a pasar ahora? ¿Le mandaría a otra convención de próceres, para acabar llevando la cartera a cualquier mamoncillo de coche oficial? Esa era otra. Tanta crisis y tanta letanía, y lo que pasaba era sencillito: un despilfarro a tuti plen, tipo bananero.

-Mira Miguelito. Lo que ha pasado, pues estaba escrito, hombre. Y ya sabes, si te caes siete veces, pues te levantas ocho.

Lo del cuadro. El tío Anselmo no conocía al Usuras. Ni al Inspe. Seguro. Se los habría cepillado, si se entera de que andan detrás del Velázquez. Y encima amenazando niños. Me corrió un calamar frío por el cuello. ¿Cómo sería eso de cargarse a un semejante, por muy desemejante que fuera? Ese es el auténtico poder, el de la violencia. Lo otro es predicar y hacer como si existiese la justicia. Y la fe. Pero son virtudes que juegan en equipos diferentes, son primas lejanas, que poco se avienen juntas. ¿Entonces? Ni una ni otra. La persuasión y el interés. Un par de ecuaciones que justifican el caos, o sea el orden supremo.

La mucama prendió las velas. Purificar el ambiente, desear el bien, invocar a esas fuerzas que seguro andan por algún lado. No está mal. Los poderosos pueden permitirse el lujo de follar con Marnie la ladrona. Incluso da más morbo. Pero es una trampa. El humo perfumado le daba un poco de asco, y casi no oyó el timbre de la puerta.

-Adelante, querida.

No se lo podía creer. Era Lonsi, la consorte, y a su vera, sonriendo, Silva abría los brazos dejándose achuchar por el tío Anselmo, un anfitrión de lujo.

-Miguel -dijo solemnemente- es mi sobrino favorito. -Sonrió como El Padrino antes de rascarse la papada-. Claro que eso no dice gran cosa, conociendo a los demás…

Silva se desenganchó y me enganchó a mí, tal vez para practicar el yoga ayurvédico, que requiere flexibilidad y adaptación. Lonsoles me miraba con interés. Pensé que era lo de siempre, y me equivoqué como siempre. Una mujer no te mira nunca porque tú seas interesante, sino porque a ella le interesa algo de ti.

-¿Es el del Club?

Asentí. O sea que de eso se trataba. Un infiltrado, o al revés, nosotros nos infiltraríamos en lo otro, a través el Club. La cosa se ponía interesante, o eso me empeñaba en creer, porque a mí las situaciones complejas me desbordan, como una partida de ajedrez. Al minuto veo la neblina, o me entra sueño, o muevo la dama justo donde no se debe. A Anita le pasaba con esas cosas raras de la gramática.

-Es que, tío, me dicen que rodee con un circulito los determinantes, y claro, yo creo que lo más determinante es el nombre, y no eso de tuyo, o éste, o nuestro, y me dicen que está mal. ¿Por qué no le ponen bien los nombres a las cosas?

Platón, puro Platón. Siempre se las arreglaba, cuando no tosía, para convencerme. Los índigo son así, hacen las cosas sin proponérselo. A Anita no le gustaba cepillarse el pelo, porque le daba tirones, así que no le servía eso de los chinos: Te arreglas los cabellos todos los días, ¿por qué no haces lo mismo con tu corazón? Ella iba al revés, o sea: te arreglas el corazón todos los días, ¿por qué no haces lo mismo con tu pelo? Sólo que mi hermana ni se enteraba, a pesar de sus Memorias, y mi cuñado menos, a pesar de su Manual. Dos teóricos que tienen en casa la fuente de la edad, y se creen que es el grifo del Canal de Isabel II, la tía bisabuela de nuestro Felipe, el rey de Castilla. Y es que nos preparamos para todo menos para lo que pasa. Como él, quizás, pero eso es otra historia.

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