Campus y Escuelas de ciudadanía… (En la corte de Felipe). 164

Llegó a los antiguos terrenos del Campus universitario, que se dedicaban ahora a ‘Escuelas de ciudadanía’.

El régimen había conseguido la uniformidad de la enseñanza, así que ya no era preciso gastar en investigación, y no eran necesarios centros como los antiguos colegios o institutos. Todo el mundo sabía lo mismo, estudiaba lo mismo y asentía a lo mismo. No había disidentes oficiales, no existía la Oposición, y el turno en el poder era una garantía de la estabilidad. Llegó cerca de la desviación a La Zarzuela, y le pareció ver un gamo saltando la valla, tranquilo y retozón. El líder no cazaba, así que en Castilla no cazaba nadie. Se iban a Galiza, a las serranías del sur, en el reino de Graná, o a los páramos del Condado. También, a veces, iban los oligarcas a Euskalduna, pero menos, porque tenían que aprenderse un vocabulario muy raro, y saludar al lehendakari, que era más raro todavía.

Cuando llegó a casa de su padre era de noche. La hora de la cena. Llamó al timbre. Estaba su hermano. El mayor. Le miró triste como siempre, porque no sabía que los problemas son un invento del cerebro. Pero no le dejaba explicárselo. Se sentó a la mesa después de besar a su madre, que había preparado la cena como en los últimos cincuenta años. Ya quedaban pocas así, rescatadas del Centro de Residuos in extremis, junto a su padre, que había sido funcionario del antiguo régimen. Por un azar se traspapeló su expediente y sólo quedó la nota marginal: funcionario. Así que en vez de quemarlo en la hoguera le dieron una pensión.

-La venganza es mía -dice el Señor.

Eso había comentado su padre, que era muy leído y en su tiempo fue un abogado de cierto prestigio. Además, sabía latín y había defendido gente sin corazón y con menos escrúpulos que un buitre.

M.   buscó en la biblioteca. Esquilo, Las Euménides. Se tragó lo de la venganza.

-¿Por qué la venganza? ¿No será la justicia?

Su padre echó la risita de circunstancias.

-Es lo mismo.

Lo mismo. Como en la historia. Cuando pensaba en ser algo más que el puro ser que no era, Miguelito soñaba con escribir novelas de historia. Una vez se lo dijo a su hermano. Como era mayor, suponía, sabría más de todo. Y le tenía una confianza que más bien era fe, o sea, una mentira o una verdad que no se cuestiona, lo que las hace idénticas.

-Novelas históricas. Como pensamiento navarro. Contractio in terminis.

Le gustaban las boutades. A él se le daban peor. Ya os he contado, creo, lo del profesor de geografía de políticas, un tal Poya. Alabó tanto su disciplina -mezcla sin tacha de ciencia, humanística, creatividad y pensamiento- que se le ocurrió:

-Entonces será imposible aprobarla para las personas normales.

Se cabreó. Y mucho. Le puso la cruz de aquí te espero, y ahí se acabó la carrera de M. Pensó vengarse. Y entró en el despacho donde guardaba todos los exámenes. Los miró, encontró el suyo, marcado con el estigma del perdulario prevaricador, pero dejó todo como estaba.

-Demostré que podía. Elegí ser bueno.

-Las decisiones te eligen a ti. Mentecato.

Una bonita palabra, suena a fruta tropical poco madura. Por eso, claro, se le daba mal contar historias. Acababa siempre pensando que podía tener otro final, o que la proposición era incorrecta, como un galicismo. ¡Qué bello pecado!

-El bello pecado es el del amor.

M. se resistía a follar. Incluso a joder. Él amaba. Poco, pero amaba. Por eso estaba solo casi siempre. A partir de ese y de otros momentos, qué más da, perdió la fe. En su hermano, y por extensión en la familia, en lo próximo y de ahí en el universo, que era y es un mecano de precisión en el que los meteoritos son el moco del diablo.

Después de las metáforas, o tras ellas, como en la espalda de una cubana adolescente, estaba el misterio. Siempre indagando, perdido como una mirada de párvulo en el póker. M. habría deseado que alguien le detuviese en el camino y le preguntase, con los ojos clavados en su inseguridad, aquello tan bonito:

-Quo vadis?

Pero esa peli ya estaba pasada, como el milagro alemán. Por eso siempre acababan tomándole el pelo. Lo recordaba cada vez, es decir, cuando se daba cuenta de que entraba en la ruta, un sendero cuesta abajo en los primeros compases, los del cortejo, en los siguientes, aún cercanos y calentitos, los del tanteo y tócame por aquí y por allá, y enseguida cuesta arriba, un pelín después del cansancio, a trasmano de la presencia que ya estorba. Nada es tan pesado como el cuerpo que no se quiere, sobre todo si se te echa encima.

-Me la ha vuelto a pegar.

-Te la has vuelto a pegar. ¡Qué rico es el idioma!

Miguelito apreciaba, por eso, sobre todas las cosas, el sueño dulce de Silva cuando tenía fiebre. Era una niña, de mejillas sonrosadas y todo, con los párpados transparentes.

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