Benedicto XVI reconvino al prócer genuflexo. (En la corte del rey de Castilla). 156

Benedicto XVI reconvino con el índice enhiesto al prócer genuflexo.

 

Patacero esbozó una de las picaronas sonrisillas que tan buena suerte y amplia fama le habían deparado desde que en su León natal un golpetazo de canillas le produjo la inflamación crónica de los superciliares y maxilares, musculines de la jeta.

 

-Acabarás cantando misa.

 

Miró alrededor. La foto del Beato J.P.II aún le observaba. Pero nadie más le había oído.

 

-¡Milagro!

 

El Papa movió la cabeza. Suavemente palmeó la coronilla del Presidente de la Republica del Centro–Oeste de Fecaputio, antes España. Llevaba ya 15 años en el trono pontificio y nunca había sentido más la pérdida de su coraje juvenil. Se arrepintió. No era  hora de abofetear  a aquel espécimen, sólo porque representaba la vileza hipócrita del laicismo anticatólico, permisivo y complaciente con las otras religiones de Libro, las  dos beligerantes y armadas.

 

-Un poco cobardica si que eres, majete.

 

Patazero tampoco lo oyó.

 

 

Le habían contado lo de San Malaquías y algo de Niburu y el cometa. Demasiado. Necesitaba tiempo para asimilar. Tiempo, lo más preciado del universo.

 

 

-¿Acaso puedo yo detener el tiempo?

 

 

Don Quijote le sonrió, porque no guardaba rencor ni a la bala del turco que le dejó manco. Sólo un poco al calumniador de los tributos.

 

 

-La cuestión es muy sencilla. –PZ sonreía como un conejo de guiñol, o tal vez el gesto le quedó como secuela de una cirujía berlusconiana-. La religión es una historia deformada, o sea que debe suprimirse para conocer la verdad.

 

 

El interlocutor bajó la pancarta simbólica al sótano de la Moncloa y la archivó con las fotos de familia de los opositores arrumbados. La de Bea no estaba, porque aún tenía mucha tela que cortar.

 

 

-Es al revés. –Dijo a través de sus gafas nuevas-. La religión no transforma la historia; es ésta la que transforma la religión.

 

 

PZ iba a llamar a Rucalbaba, del NBomenklator, mentor de su filosofía para que le explicase cómo hilvanar una respuesta demoledora, pero se acordó de los chinos. Para algo servía la culturilla doméstica del “Muy interesante” que Lonsoles leía cada semana.

 

 

-Por ejemplo. El Diluvio. Está en toda la mitología. Un tal Yu construyó durante trece años canales que evitaron la muerte de millones de personas.

 

 

-Pero eso es cosa de los chinos. Allí puede pasar cualquier cosa. Fíjate cuando se pusieron a hacer las murallas.

 

 

El otro buscó a Chotávez por el salón. Estaba escondido en el marco de un bodegón de Guayasamín, y hacía gestos ampulosos con las orejas.

 

 

-La unidad trascendente de los mitos. Un titulillo que regalo al neura de Bignote, cuando baje de la rama dorada.

 

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