Cuando Marco Ferretti… (En la corte de Felipe). 152

Cuando Marco Ferretti, hijo del general Ferretti, de los Carabinieri, nieto del Diputado Ferretti, primero anarquista, luego democristiano, finalmente oligarca liberal –una facción de la paradójica izquierda capitalista- cuando el llamado M.F dejó la Universidad, sólo le echaron de menos sus alumnas. Claro, también algunos, quizá más de los previsibles, algunos alumnos de su cátedra “Diritto delle comunicationi e informationi”. En sus días de neurosis contenida M.F. había diseñado un programa de la asignatura en la que estaban excluidas todas las referencias al academicismo ortodoxo, su mujer le alentaba a profundizar en los insondables retos de la melancolía –y M.F. no precisaba mucho estímulo para eso- recordándole que era mortal, un torpe mortal poco activo sexualmente, un T.M.P.A.X. y además enfermizo, cuya más demostrable característica era la de remolonear en la cama, solo, cuando ya había pasado la hora de la reinserción laboral para los millones de turineses y  romanos y milaneses e incluso neoyorquinos y londinenses y moscovitas y mucho más si nos referimos a los industriosos y laboriosos laborantes de Tokio o de Pekín. A M.F. le gustaba imaginar un aula cósmica, en la que alumnos de apariencia singular, como vestidos para un Halloween o un baile de disfraces –bastaría una fiesta de disfraces, al estilo de Alicia en su Wonderland- escuchasen a un profesor de ojos y brazos y cuerpo mutante como los pensamientos de un adolescente poeta, si es que eso no es una logomaquia, no, más acertadamente un oximoron al estilo del pensamiento vasco. Un día M.F. se asomó a una habitación de sus hijos de 3 y 5 años, y supo que debía optar por salir a por tabaco y desaparecer o buscarse en el interior de otro. Salió para adquirir el último modelo de portátil y ponerse a escribir, buscando entre las palabras que conforman el mundo tal vez los nombres de Dios, tal vez el significado de la vida, tal vez sólo evadirse de ambas cosas y esperar, como los partidarios de la evolución, que el caos encajase, que el azar y la necesidad se ayuntaran, y del engendro brotara una claridad de láser. Con esa espada de luz abriría la piel de la muerte. M.F. quería que le recordasen, ya que no había conseguido que le amasen. Aquella mañana, antes de subir las escaleras –porque M.F. era claustrofóbico y los ascensores le parecían ataúdes en movimiento- se miró en el espejo del vestíbulo, junto al figón de la portera. Siempre había odiado ese adorno insustancial, cuyo marco lavanda era una elección de la señora Francesca, quizás la persona con peor gusto del hemisferio. Vio a un sujeto demacrado que le recordaba a alguien. El sujeto le decía “los tópicos siempre tiene razón. Se nos olvida vivir”. Aunque era domingo llamó a los anunciantes de compraventas de inmuebles, obsesionado ya por liquidar la casa grande y el local heredado de su abuelo. M.F. era consciente de que su neurosis se retroalimentaba con estas salidas de tono, pero adoraba lo extemporáneo. “Un recurso no debería perderse, sin más, por la interposición fuera de plazo”, había pensado más de una vez al leer un espléndido texto ya inerte por ese motivo.

Cuando M.F. (MAFE, no MAFO), llegó a España, se presentó en Leganitos, de la mano del secretario de Adeya, como correspondiente del Club de artistas y escritores toscanos. Allí, en la vetusta sede que conoció a tanto prócer, Isa le presentó a M., quien le endilgó el libro de Circe, los espléndidos sonetos de Quintín, para que los tradujese. MF los envió a SIGNOS y con el ejemplar bilingüe en la mano, se presentó en el Club.

 

-Aquí, desde luego, no huele a naftalina.

 

No se indagó si se refería al aroma complejo de los zoos o a la camisa del Cura, que había hecho promesa.

 

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