América, esa España lejana. (I).

AMERICA, ESA ESPAÑA LEJANA

¿Qué pueblo se halló en el inicio de la modernidad lanzado a verter su energía vital en empresas sin conexión ni traba interna?

… Sólo España puedo descubrir, conquistar y colonizar América…

(C.S. Albornoz)

“Vuestros destinos ya no dependen de los ministros, ni de los virreyes, ni de los gobernadores. Están en vuestras manos.”

(La Junta Central, en 1809, proclamando la igualdad de derechos de americanos y españoles)

AMERICA, ESA ESPAÑA LEJANA

Difícilmente puede sorprender la elección de las Américas como primera referencia histórica al momento preconstitucional de Cádiz. La vocación política española, destacada en el siglo XVII, motivó la herencia que recogieron los americanos. Por ello, sus decisiones están transidas de política, cuestión que invade los mundos cotidianos y las reflexiones de la cultura.

Cádiz llegó a la fama imperecedera por “su” Constitución. Pero esta se forjó perfectamente en una ciudad que fue adelantada hispánica hacia las Américas, cuyo descubrimiento y colonización impulsaron su economía. Tras la próspera etapa del comercio americano, la emancipación de las colonias la sumió en extrema languidez. Y de ella surgió, económicamente, por el desarrollo de la industria naviera, y socio-políticamente por haber sido asiento de las Cortes Constituyentes de 1.812 y cuna de la Revolución de 1.868.

Nada debe explicarse fuera de su contexto. La estructuración funcional que impuso España hizo de la administración en América el primer fruto de un país moderno. Para el independentismo no fue tan solo una excusa, por tanto, el secuestro del rey Fernando VII por Napoleón, sino la cumbre de un edificio tradicional. Pero, después, los partidarios del viejo orden político miran con preocupado asentimiento las decisiones de las Cortes de Cádiz. Ganaría el “nuevo orden”, como suele. El sistema republicano venció los intentos, algo confusos del Conde de Aranda. Para establecer monarquías diferenciadas; que mantendrían una comunidad dinástica. De ahí, de esa influencia, viene la importancia que en el momento preconstitucional de Cádiz, tiene América.

Las constituciones nacen, como todo organismo vivo, cuando se ha cumplido un ciclo del tiempo y comienza otro diferente. Y quieren nacen con personalidad libre, con propia y firme independencia. Para informar más que para ser informada. Para informar más que para ser informada. Para interpretar más que para ser interpretada. Y estos son principios sin cuya aceptación y respeto el nuevo cuerpo será inútil o vano o confuso.

Par entenderlo más, volvemos a su historia, que es “Historia de España”, en las Instituciones.

Los nombramientos de funcionarios hechos directamente desde España-gachupines-crearon las normales dificultades con los criollos, quejosos de no prosperar en las carreras de la Administración. Sólo regidores y alcaldes se nombraron en América desde el principio. Los indios poco o nada participaban en aquel negocio. En tiempos de Carlos III, y más exactamente en 1.764, se crearon las Intendencias, que reivindicaron para sí todas las funciones económicas, financieras, fiscales y de policía. En orden a los impuestos, de cuyas recaudaciones un décimo iba a la Iglesia, el resto a la Corona, los indios no pagaban los normales del almofarifazgo, sobre las importaciones; sisa sobre los alimentos; el 20% de lo sustraído a las minas o quinta -quinto real-; pero tenían dos modos especiales de tributación: LA MITA, que les obligaba a trabajar en las minas del rey, y el TRIBUTO, o suma fija anual pagadera por los indios varones en edad de trabajar. Edad que, al parecer, se fijaba cuanto antes. Todos los fondos por exacciones fiscales eran enviados a la Casa de Contratación sevillana; a los mencionados pueden añadirse los “estancos” –monopolios fiscales sobre los naipes, la sal, las especias, el mercurio y el tabaco. Denominaciones como las de estanco y sisa, designando respectivamente el monopolio fiscal y el impuesto sobre los alimentos nos resultan hoy muy familiares. Se revisaba semanalmente por el Consejo el estado de las cuentas, y el empleo de los fondos provenientes de América; recordemos que desde 1.526 se había establecido una política presupuestaria para cada virreinato (Méjico o Nueva España, Colombia o Nueva Granada y el Río de la Plata), Capitanía (Guatemala, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Chile, Luisiana y Florida) y Gobernaduría. Se obligó mediante este intervencionismo del Estado a la mentalización, hoy –patente, de considerar normal el dirigismo en los negocios. También fueron en este proceso parte no pequeña de las Compañías de Colonización, y las Misiones Jesuitas de California, Venezuela y Paraguay donde la “autoridad civil residía en los curas locales sometidos a un Superior y a un Colegio Máximo”.

El cacicazgo disminuido en su poder y funciones originarios; y el cacique era el en los poblados de indios, que conservaron un régimen administrativo autónomo.

También en Brasil la administración se basaba en la concepción de la colonia como un bien de la Corona, representada por un Virrey. Había OCHO capitanías generales, OCHO gobernadurías, y un arzobispo y cinco obispos que se ocupaban de los cuidados eclesiales. Los Cabildos se llamaron allí Cámaras Municipales. La tierra se concedía a los DONATARIOS, que debían financiar la explotación, conquista y organización de las mismas. No hubo, con todo más conquista que colonización, ante la poca agresividad del indígena. Las autoridades tuvieron más problemas en despejar las zanjas costeras más atrayentes de los incursotes holandeses, franceses e ingleses, oportunistas y ambiciosos. La política asimiladora fue general; no a cargo de disidentes a modo U.S.A., sino dirigida y ordenada por el Estado. Para las tierras nuevas supuso un gran salto histórico el traslado vertiginoso al modernismo en pocas décadas, fenómeno debido, sobre todo, a la concepción de las Indias como parte integrante de los estados aglutinados por la metrópoli, y, por ello, en situación de igualdad. De ahí, en un esfuerzo de respeto a lo singular de cada pueblo, las órdenes hispanas de respetar las leyes y costumbres indígenas en lo que no fuere contrario a la religión católica. Del mismo modo y con honroso talante ecléctico se dirimió la imposibilidad de gobernar por igual a pueblos tan distintos, respondiendo así, con la flexibilidad concedida a virreyes y capitanes generales y mediante el establecimiento de la Audiencia actuando como freno y control, a la cuestión planteada por el escritor argentino Roberto Levillier: “Indios eran los tekestas y tahinos de Cuba, mansos y hospitalarios; indio el caribe antropófago; indio el otomí primitivo, que vivía en cuevas; indio el salvaje jíbaro; indio, el uro, más pez que- hombre, que vivía en las aguas del Titicaca; indio, el artístico picapedrero maya, y el orfebre chibcha, y el sabio legislador incaico, y el delicado ceramista yunga, y el tejedor coya; indio, el heroico azteca y el canibalesco chiriguano, y los indómitos diaguitas y araucanos; indios, el tímido jurí, el nómada lule y el sedentario comechingón y el fiero-guaraní, variaban las inteligencias, crueldades y mansedumbre, los tonos de la piel, las lenguas, los ritos y las teogonias, y se confundían los veri domini con los indios usurpadores que los sujetaron a su obediencia. Ni en su posición jurídica, ni en su aspecto físico, ni en su lengua, ni en sus gustos, ni en sus modalidades morales, ni en sus capacidades creadoras eran los mismos.”

No todo, empero, fue digno de los: la corrupción principal conlleva la de lo accesorio; la corrupción de la vida en la Corte trasladó sus efectos a través del Atlántico.

Pervive el masoquismo – tal vez rigurosidad exacerbada o exceso de seguridad…-crítico español, cuando en 1.735, enviados Jorge Juan (1.713-1.773) y Antonio Ulloa (1.716-1.795) a inspeccionar las colonias, escribieron “una noticia secreta no publicada hasta 1.826, en la que decían que los indios han venido a ser esclavos, y de una esclavitud tan opresiva que comparativamente pueden considerarse dichosos los africanos a quienes la fuerza u razón han condenado a la opresión servil.”

Años después, el sabio alemán –también eran sabios los dos españoles Alejandro Humboldt, tras recorrer el continente afirmaba que el “el cultivador indio es pobre, pero libre”. ¿A quién creer? Durante siglos historiadores y opinión pública de los países anglosajones han exagerado tendenciosamente los puntos oscuros de nuestras instituciones, no siendo excepción en ello la colonización española. Ensañaba Spinoza que las situaciones humanas no deben criticarse ni disculparse, sino entenderse, y nosotros entendemos que esa actitud se ha debido a rivalidades imperialistas, a discrepancias religiosas, a nacionalismos opuestos y a fracasos de la política internacional de los monarcas y Gobiernos respectivos, sin olvidar las diferencias enormes que en la concepción de la vida y las motivaciones de la conducta distinguen ambos pueblos. Lo cierto es que de la colonización portuguesa apenas nada se ha dicho, frente a ríos de negra tinta corridos acerca de la española, y que el pecado de omisión –la culpa in omitiendo de nuestra teología –ha borrado, con presumible falta de objetividad científica, colores no desapacibles en nuestra historia de pueblo dominante.

La facultación de mano de obra indígena, sobre todo en las tareas de artesanazgo, adiestrada y tecnificada como podía estarlo el europeo, dice mucho en oposición a la costumbre inveterada de constitución en cerrados gremios con secretos inviolables.

También, en la construcción de Iglesias y Conventos se realizó esa tecnificación, origen de un arte religioso admirable, con tónico de la España católica, y los temas y símbolos alternativos, que confieren singular personalidad a las realizaciones del arte en aquella época.

Época tan difícil para el indio como para el español, que luchaba entre las fuerzas económica y espiritual, sin comprender aquella extraña humanidad que se despojaba de los vestidos al salir de la iglesia, no sabía ahorrar y apenas podía comprender las razones de trabajar por un salario. La iglesia participa de igual tesitura, máxime cuando a partir del siglo XVII los ricos criollos dejan al morir parte de sus fortunas a la Iglesia o a un convento. Los ya citados Jorge Juan y Antonio de Ulloa nos narran cómo encontraron a un cura de un pueblo- próximo a Quito que recibía todos los años 200 ovejas, 6.000 pollos y 50.000 huevos. Hubo (1.541, 1.631) legislación opuesta a tales desmanes: mendigar, vagabundear, tener los frailes negocios y tierra y explotar minas, jugar, apostar, tener baraganas…¡ E hijos!…Prohibición singular, muy propia de la sutileza legalista de los tiempos.

No se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición hasta 1.570, y ello con menos dureza y mayor flexibilidad que en la metrópoli. Durante el período colonial fueron ejecutadas 73 personas por sentencia del Santo Oficio, de las que fueron 43 en México y 30 en el Perú. Dos de ellas fueron indios. Del resto, la mayoría piratas ingleses capturados en sus devaneos agresivos por las ciudades costeras. La Inquisición se convirtió en brazo ejecutor de la justicia civil. En 1.501 se estableció el catequístico diezmo. Al arribar el siglo XVIII, un tercio de los edificios limeños pertenecían a los conventos, y se calcula en un quinto del total de tierras las correspondientes a las manos muertas. Al desvanecerse en el siglo XVII el antiguo celo religioso, surgen los conceptos de inflación clerical, manifestados entre otros, en las protestas por el número excesivo de conventos: 800 al menos. Los indios protestan acompañados a veces de los criollos, por los precios de los servicios religiosos, como los que acompañaban a la tradicional “fiesta”, causa del endeudamiento del campesino. Además del oneroso tributo al corregidor, los indios que vivían en poblados (y que dependían de su cacique tradicional), trinero”, cuyas tierras eran habitualmente laboradas por –aquellos. López de Zúñiga y Velasco, virrey del Perú escribió al rey en estos términos:

“Conviene que Vuestra majestad mande que no se haga tanta cargazón de frailes, que no es menester, y cuando hubieren de venir, que no sean mozos, sino viejos y de buena vida y ejemplo.”

La visión civilizadora de la Iglesia fue, no obstante, amplísima. Crearon escuelas, y fundaron universidades. Rafael Gibert, en su estudio “Poderes públicos y Universidades españolas”. –Granada 1.974.-, nos dice:

“En Santo Domingo (La Española) el estudio general de los dominicos fue erigido como Universidad en 1.538 por el Papa, con los privilegios de Alcalá y Salamanca. En 1.558 recibía la confirmación regia, con los privilegios solos de la segunda. En 1.551, por Real Cédula de Felipe II en nombre del emperador, se fundaron las universidades de Méjico y de Lima; tendrían los privilegios de Salamanca “con las limitaciones de que fuésemos servidos”.

Como quiera que exista suscitada polémica sobre cuál fue primero Universidad, si la de Méjico o Lima, creemos que, salvo los orígenes de la fundación –recordemos que en el S. XII la palabra Universidad lleva tras sí el envolvente sentido de corporación, adscribiéndosele el carácter pedagógico al añadir “magistrorum el scolarum” –el carácter colegial, etc. Y al margen también de si la sanción real sin limitaciones de privilegios o la extensión del “ubicue docendi”, creemos, digo, que la más antigua Universidad de América es la de Santo Domingo, y no las otras mencionadas. De igual modo, con más sabias palabras y ponderados argumentos, se expresa a la doctora Sor Águeda Mª Rodríguez Cruz, en su documentada obra “Historia de las Universidades Hispanoamericanas.”

Lo cierto es que a los clérigos debemos la mayor parte de nuestros conocimientos sobre las culturas precolombinas, pues si bien destruyeron monumentos, conservaron códices. De igual modo, a ellos se debe el sostenimiento de la cultura exportada en convivencia con la autóctona.

¿Pueden cambiar dos culturas, una de ellas seria de un pueblo sojuzgado? ¿Puede ésta última sobrevivir? Una forma hay sutil y eficaz inubricarlas bajo el poder ilustrador.

Recojamos al respecto este comentario de Victor Alba:

“…impusieron el dogmatismo predominante en la educación de la época, hasta que, en el siglo XVIII encontramos como en España y en Europa, una Iglesia dividida, con obispos furiosamente dogmáticos y abates veterianos, con curas que denuncian a quienes leen las obras de los encicopledistas franceses (importadas en secreto), y curas que exponen a sus amigos a las doctrinas de D’Alambert y Diderot y que protegen a los criollos dedicados a investigaciones científicas. La Iglesia siguió, en América, la misma evolución que en España, hasta el punto de que cuando los jesuitas fueron expulsados de España por Carlos III, y de Portugal por el ministro Pombal, tuvieron que salir también de las Indias…Los jesuitas mejicanos exilados en Italia fueron los primeros que usaron el nombre de su colonia para designar lo que comenzaron a llamar su patria. Uno de estos jesuitas, Francisco Javier Clavijero (muerto en 1.787), que hablaba una veintena de lenguas indígenas, escribió en italiano su “Historia antigua de Méjico”, que es probablemente la primera expresión culta del nacionalismo americano.”

No es ocioso insistir en que fueron los llamados misioneros quienes ejercían labor de única autoridad en zonas alejadas de las urbes, realizando, incluso ellos mismos nuevas exploraciones y conquistas sui generis, como las del mallorquín fray Junípero Serra (1.713 – 1.784), fundador de la ciudad de San Francisco y diversas misiones en el actual estado de California. Resulta indispensable para un real conocimiento de la historia colonial la observación minuciosa de las interconexiones y rivalidades de la Iglesia con virreyes y autoridades civiles, en íntima relación con las sucesivas rebeliones de los mismos colonizadores primero, los indígenas y esclavos más tarde, y finalmente la decisiva y aglutinante de los criollos. Los indios trabajadores de las minas de Tepic, en Nueva España, se sublevaron en 1.598; antes, los rebeldes españoles habían exigido, en suma, que se les reconociese el derecho de gobernar las tierras conquistados a su arbitrio, y el de explotar a los indios como parte humana, así mismo conquistada. Perdieron la batalla feudalista, con la afirmación de la autoridad real y de los funcionarios de la corona, aunque de hecho persistió la encomienda, suavizada por instituciones como el ejido (en Nueva España: reconocían a los indios unas tierras, pero trabajaban gratis para el señor). Luego surgió la “mita”, un trabajo forzado sin cobro de salario, realizado, periódicamente por el indio en minas, obras públicas, pesquerías, servicio doméstico, campos, obrajes…Todo ello hizo exclamar, decenas de años transcurridos desde la abolición teórica de la encomienda, a Victorian de Villarlva, fiscal de Carlos III, en 1797: “Se han mudado los nombres de las cosas sin que se haya mudado la sustancia”. Idea, al contrario de esta humanitaria y revisionista, de la fiereza del rebelde conquistador, no la ofrecen estas palabras de Lope de Aguirre:

“Ya de hecho, hemos alcanzado en estos reinos cuán cruel eres y quebrantador de fe y palabra (se dirige al rey Felipe II). Y mira, rey señor, que no puedes llevar con título de rey justo ningún interés en estas tierras donde no aventuraste nada, sin que primero los que en estas tierras han aventurado y sudado sean gratificados”.

“He salido de tu obediencia, cruel e ingrato rey, para hacerte la más cruda guerra. Hago voto solemne yo y mis doscientos marañones de no dejarte ministro con vida”.

“Muero gozoso de ir al infierno, pues allí habré de encontrarme con Alejandro y César, y no al cielo donde va gente de tan poca monta como pescadores y carpinteros”.

A donde quiera que fuese, marchó Lope, decapitado en Santa Margarita, tras pocos días de gloria.

Otras rebeliones fueron las derivadas de la aplicación de las Nuevas Ordenanzas- decimos aplicación cuando lo cierto es que mal o apenas se aplicaron-, leyes dadas en 1.542, protectoras de los indios. El mismo Cortés se rebeló contra el gobernador Velázquez, y contra él fue Cristobal de Olid. En Perú Pizarro hizo colgar a Diego de Almagro, siendo después asesinado por los amigos de este. Su hermano Gonzalo también luchó contra el virrey, que intentaba aplicar las Nuevas Ordenanzas, que obligaban a pedir autorización a las autoridades para comprar tierras a los indígenas, y prohibir el pago del salario en especie. Gonzalo Pizarro fue decapitado. Francisco Hernández Girón y Martín Cortés, hijo de Hernán, se rebelan igualmente contra las Nuevas Ordenanzas. El fundador de Guayaquin, Sebastián de Benalcázar, encuentra una fórmula, aceptable al escrúpulo jurídico y a la voluntad antilegalista:

“Sería inconveniente para el real servicio” fórmula respetuosa que salva la autoridad real, pero menos incisiva y sugerente que esta otra: “Se acata pero no se cumple”.

Los indios se sublevaron como digo, en 1.598, en Tepic. Pero la primera rebelión de carácter nacionalista-basadas en el sentimiento de común descendencia y abogadora del establecimiento de poder indio-tuvo lugar en 1.665, en Tucumán, a cargo de Pedro Bohorquez, llamado Inca Hualpa. Tras doce años de lucha fue apresado, y decapitado. Durante ocho años, los indios de Tehuantepec, también en Méjico-Nueva España-como la de Tepic, se adueñaron de la región. Hubo un motín urbano en Méjico, en 1.692, en medio del cual los indios quemaron el Ayuntamiento. Los mayas del Yucatán se rebelan contra los excesivos tributos en 1.761; protestan también por el derecho de sus dueños a azotarles. Los guaraníes se sublevan contra el Tratado entre Madrid y Lisboa de ceder a Portugal regiones en las que existían reducciones jesuitas. Un mestizo, el Inca Atahualpa (Juan Santos) encabeza una rebelión de mineros en Oruro, luchando de 1.736 a 1.750: piden disminución en los tributos y abaratamiento de los servicios religiosos. La más espectacular sublevación fue la de Tupac Amaru, envuelta en aires de leyenda. Cacique de Tinta, Perú, José Gabriel Condorcanqui (1.740 – 1.781), pide perdón para los asesinos del Corregidor, explotador del pueblo; despechado por su fracaso, apresa y ahorca al nuevo corregidor, tras un juicio indio. Surge el grito de la guerrilla ¡Que viva el rey! ¡Que muera el mal Gobierno!” El Obispo de Cuzco organiza un batallón de seminaristas, empeñado en una nueva guerra santa, y pide refuerzos a Lima. Vencedor, José Gabriel se corona Tupac Amaru II. Fracasa en la toma de Cuzco y, finalmente, es ejecutado. Antes de morir dice al visitador: “Los únicos conspiradores somos Vos y yo; vos por opresor del Pueblo, y yo por haber intentado librarlo de tanta tiranía.

Así se gestan las libertades, las mismas que deseará la Constitución de Cádiz, tres décadas más tarde.

Entre los negros, la cuestión no es ya la de tener menores cargas fiscales, o mayor libertad, sino el dejar de ser esclavos. Hubo población negra más numerosa en las Antillas y en Brasil, empleados como mano de obra por los colonos ingleses y los planteurs franceses % era ello fruto de las cordialísimas relaciones que mantenían con los piratas. Los negocios de Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda poblando de negros esas zonas fueron enormes. Así he pretendido demostrarlo en un trabajo redactado sobre “La Leyenda negra”. Colbert en 1.665 declara favorable al fomento de la marina mercante el tráfico negrero, llegando a establecer exenciones de impuestos a favor de los armadores dedicados a este sano comercio. Cierto que nos este sistema Nantes se convirtió en el primer puerto azucarero del mundo. En Méjico se les permitió formar un pueblo negro, Precedente en el S. XVI de los Ghetos y barrios sagrados de hoy: San Lorenzo de los Negros. Los cimarrones negros, huidos a las selvas atacan las caravanas. Santiago del Príncipe fue una ciudad-estado negra autónoma, fundada por el caudillo Bayano, con la autorización real. En 1.574 se les concede la libertad. Esta tendencia autonómica se manifestó también en Venezuela, donde los negros de las minas de oro de Buria crearon, tras sublevarse, su ejército y su reino. La influencia de Jacobinos deportados a la Guayana después de Termidor suscitó la rebelión de los negros de Coro en 1.795. En igual fecha, los esclavos de Yi, isla del río de la Plata, trataron de construir un reino. Procedían de Uruguay.

En Brasil, los quilombos, establecidos en la región de los Palmares, entre Pernambuco y Bahía por los negros huídos de las haciendas, con un Consejo y un Jefe, o zumbi, formaron una especie de organización ciudadana durante varias generaciones. Negros fueron los introductores en Brasil de las ideas republicanas. Tras la rebelión de los mulatos de Minas Gerais encabezados por el alférez Tiradientes –Silva Xavier-, en 1.789, en contra de los aumentos de impuestos y el envío de oro a Portugal, tuvo lugar en 1.798, una “conjura de mulatos jacobinos que propugnaban por un “Gobierno Republicano” libre e independiente, con acceso indistinto de pardos (mulatos) y negros a todos los puestos públicos”. También los “males” o musulmanes negros de Bahía se amotinaron nada menos que siete veces entre 1.807 y 1.835.

Ambos intentos revolucionarios, los del indio campesino y el negro obrero y esclavo precisó de la rebelión de la burguesía blanca para alcanzar el triunfo: el criollo se enfrenta a través del cabildo a las autoridades virreinales, posición que aumenta a medida que las líneas de coincidencia de intereses entre España y América va haciéndose más divergente. Interesa al comerciante criollo aumentar su mercado de exportación, que monopoliza la metrópoli, llegando incluso a prohibir el cultivo de vides y olivo, para evitar la competencia. Impuestos y fletes encarecen los precios: la ley del monopolio hace que España fije los precios de compra y de venta, como único comprador y también único abastecedor. De ahí la importancia del contrabando, como negocio a enorme escala. En cuanto a Brasil, las reformas de Pombal, que entrañaban el establecimiento del estanco del tabaco, de la sal y del cultivo de la caña de azúcar” repercutieron con enorme carga desfavorable en la colonia. María I ordenó, para evitar la competencia, el cierre de los obrajes brasileños. Se ha llegado a decir que lo insoportable de la situación hizo a la figura del pirata y del contrabandista, en los siglos XVII y XVIII popular y respetada. En 1.774, Carlos III autoriza el comercio entre los virreinato, pero ya en 1.624 los criollos se había alcanzado en México contra el monopolio de cereales y en Asunción, Buenos Aires, Santiago y Tucumán, hubo igualmente conflictos. Contra los impuestos se alzó el cabildo de Quito en 1.591 y 1.765. Los plantadores de Cuba enviaron a España al gobernador que intentó un monopolio de tabaco, en 1.717. Contra la Compañía Guipuzcoana hubo en 1.749, en Venezuela, una rebelión. Fernando Mompó, en 1.730, afirmó que “El poder del común de una villa es más poderoso que el mismo rey”, remedando tal vez la afirmación del fuero aragonés: “Yo que soy menos que vos, y que todos juntos somos más que vos”. Coincidiendo con la ya referida de Tupac Amaru en Perú tuvo lugar la de los comuneros, o gente del común, en Colombia. Ambas tuvieron como cauda los impuestos: la manera brutal de pagarlos y el deseo de no hacerlo.

De nuevo, es un arzobispo quien sale al encuentro de los rebeldes, Antonio Caballero y Góngora, (1.723 – 1.790), negociando y engañando a los comuneros. Surge un nuevo líder, antiguo seminarista esta vez, Antonio Galán y mientras los indios proclaman rey a uno de ellos, llamado Antonio Pisco. Ambos mueren, el último en prisión y Galán ahorcado. Entretanto Latinoamérica cambia: nuevas rutas, nuevas ciudades, cultura enciclopedista y academias en las ciudades…Fundaciones benéficas, hospitales, nuevas Universidades, riqueza y bienestar en algunos casos superior a la metrópoli. Las guerras europeas sostenidas por España afectan muy relativamente a la colonia. Lealtad al rey y autonomía municipal reafirman los cabildos frente a los ataques de ingleses a Cartagena, en 1.740 y la Habana en 1.762; los de Holanda a Chile en sus desembarcos al sur…Aparecen los periódicos en la mitad del siglo XVIII. Desde 1.621 los Holandeses, y su Compañía de las Indias Occidentales ocupan varias islas del Caribe. Haití fue cedido a Francia en 1.697 y 1.795. La Florida, entregada a Inglaterra en 1.763 recobrada en 1.783, fue vendida a los Estados Unidos en 1.819. La Luisiana fue cedida a España por Francia en 1.763 devuelta en 1.800 y vendida por Napoleón a USA en 1.803. Los Ingleses se preocupan de atacar Brasil únicamente durante el período de unión de Portugal y España, de 1.580 a 1.640. Holanda y Francia ambicionan el Brasil. España, tras el desdichado pacto de Utrech, da a los ingleses patente de corso a favor del contrabando y la importación de esclavos a las Indias. Los Jesuitas establecen en Paraguay sus reducciones durante el siglo XVII, y en 1.722 aún hay fuerzas para fundar una nueva ciudad con resonancias onomatopéyicas clásicas: Montevideo. Carlos III (1.759-1.788) y el despotismo ilustrado que caracteriza su época moderniza América, creando incluso nuevos virreinatos en Bogotá y Buenos Aires. Aranda forja un plan, mitad despótico, mitad nepótico, para constituir con los reinos futuros de América y España una comunidad dinástica. La tradición independentista inaugurada desde los comienzos de la conquista iba a atravesar etapas muy definidas cuyo pretexto inicial fue –hablamos de la rebelión consumada- el secuestro del Rey Fernando VII por Napoleón. Más tarde, hay dos bandos, deseando unos establecer un nuevo orden político, en tanto que los otros quieren mantener el viejo, sin más preocupación por las decisiones de las Cortes de Cádiz. Se impone finalmente, el sistema republicano, tras los intentos, proyectados en su día por el conde de Aranda, aunque con otro muy diferente contexto, de establecer monarquías diferenciadas. La Junta Central, en 1.809, proclamó la igualdad de derechos de españoles y americanos. Decía:

“Vuestros destinos ya no dependen de los ministros, ni de los virreyes, ni de los gobernadores. Están en vuestras manos.”

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