Anselmo llevó a María al Club… (En la corte…). 151

 

“Sólo mi tristeza

Justifica este tiempo, la vida.

Elijo huir del bullicio que me regala

Una juventud inerte

Cuyos recuerdos se diluyen entre el humo púrpura de las calles

Estremecidas”.

 

“¿Estremecida?”. María alzó los ojos, dibujados como un matorral violeta en una piel canela. “Será por los autobuses”. “No son los coches, mujer”, sonreía Anselmo, a quien la sombra de su rincón hacía brotar sobre la cabeza un sombrero de copa. “Es la democracia, que nos hace planos, una muerte civil. Intenta convencer a un guardia-multador de tus razones para que te quite una multa”. María estaba acostumbrada a estas excentricidades. Anselmo era un puzzle, no tan complicado en el fondo, se orientaba uno en el mar de sus símbolos. Pero ella le dejaba dormir, y descansaba unos minutos con la letra azul de sus frases sueltas, como párrafos de un libro oculto. “Para eso están. Si te duele la cabeza, no te la cortes. Salvo que tengas claro que te sale otra, y mejor”, dijo Pamela observando la sombra del sombrero, en la pared y una franja reluciente de polvillo que la recorría. “Lástima que no podamos vernos, a nosotros mismos, dijo. Sería más liviana la vida. “Lo es, aunque estemos ciegos”, contestó Anselmo mientras abría el cajón de su escritorio. Tendió un sobre oscuro, con un lacre roto. “Este es tu horóscopo. Lo ha hecho un gurú con técnicas MP3, supongo, y cobra en dólares. Aún no sabe que el euro está por las nubes” María tomó el sobre que se estremeció como una hoja seca al sentir el murmullo de los pájaros. “Bueno, lo que también me duele es la cabeza. No falla, cuando hago ejercicio… Estoy tan convencido como el tío Baldomero, el ejercicio es malo para la salud… “Médico eminente”, concluyó asintiendo, y el sombrero de la pared inmóvil, sin seguir el ritmo de la cabeza que coronaba. “Será el hígado”. “¿El hígado?, ¿Qué tiene que ver”. “Ah, el frágil aleteo del lepidóptero, que diría Don Evelio. Pues pasa que en la oficina del estómago y adláteres se fragua la salud de todo el cuerpo. Los niños saben bien de qué va eso. Vomitan lo que les sobra. Veamos… ¿qué comiste ayer?” Anselmo negaba ahora, y el sombrero de sombra con franja brillante que la luz templaba más y más con la caída de la tarde, no decía nada, aguardaba el retorno de la cabeza para florearla, un jarrón sobre su cómoda en el ancho pasillo, camino del dormitorio. “Son las cervicales seguro”. María anotaba en su cuaderno de bitácora las relaciones de las casas y los ascendentes del último horóscopo con alguno de los anteriores. “En una cosa han acertado”, dijo Anselmo cerrando suavemente la cajonera, que se refugiaba  como un caracol en su caparazón. “¿Quiénes?” María preguntaba intentando  recomponer el puzzle. “Los ingleses. Cuando ese escritor ponía en la puerta de su dormitorio el letrero: “Silencio, el poeta trabaja”. “El sueño reparador”. “El sueño creador. Y que resuelve las aporías”. “A veces creo que no despertaré. El sueño profundo me da miedo. La somnolencia, sin embargo, es atractiva. Mi abuelo nunca se echaba para la siesta. Tenía un sillón especial para eso, y allí desaparecía una hora, después de comer. Era un momento mágico. Yo creo que un día no regresó… aunque volviera.

 

Anselmo llevó a María al Club. La cosa no cuajó, y nadie se preguntaba por qué.

 

 

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