La cena había sido copiosa… (El rey de Castilla). 147

La cena había sido copiosa, como correspondía a la ocasión.

No importaba que cada vez esas ocasiones se hicieran más frecuentes, privándolas de la calidad excepcional que debería caracterizarlas. Al salir del hotel-búnker-refugio, la caravana de blindados atravesó las verjas de seguridad que separaban el recinto del barrio suní. Laretta eructó suavemente, y sintió el reflujo de los alimentos, ascendiendo por su esófago. “Y se me ha terminado el omeprazol”, pensó mientras urdía una excusa para avituallarse de medicamentos en la farmacia de la USAF. Para algo le valdría haber estado a la siniestra del dios Rumsfeld  , el poderoso miope de acero. “Y algo de cartón, aunque sea cartón piedra”. Añadió. Por las ventanas rotas de los edificios asomaban luces tenues, como miradas enfermas. Los últimos cadáveres de la tarde, con los gestos desamparados por la sorpresa, aún más prendidos al lodo y la mugre los jirones de sus chilabas y las pardas túnicas aguardaban la mano amiga, en forma de bulldozer o pala  o arrastre manual que los transportase hasta un terreno sagrado. Niños famélicos salían a pastorear la miseria. “Faltan las putas” susurró Laretta sin que el Teniente Viktor, dormido como un cerdo, la escuchase. Ardía un viejo trailer en el arcén y una cuadrilla de espectros barbados aguardaba que la falla terminase para expoliar los restos. “¿Qué sacarán de ahí?”, se preguntó, ignorante de los extraños caminos que sigue el mercado, y que afloran con inventiva singular en tiempo de guerra. “Así es la historia de la Humanidad. La historia de las guerras”. La silueta de una mezquita recortaba la silueta de otra mezquita, y así hasta seis,  un extraño dominó trabajado por una perspectiva urbana caótica. La sombra de dios parecía sostener una bóveda celeste a punto de desplomarse. Laretta pensó que eso iba a pasar. Como cuando en la playa tranquila viene el tsunami y arrasa la vida y el letargo y hasta el futuro. “No dejes que te tomen el pelo sólo porque no has hecho bien tu trabajo”, rezó sinceramente, llorando, y sintió que esa era una invocación a Dios y a todos los dioses.

 

 

Por eso rezaba, y, sobre todo, bendecía la mesa en el CDF. El Cura lo comentó, haciéndose el Frazer.

 

 

-Es una forma de alejar el tabú. Así podremos comer de todo.

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