Ginés Azcárate entra en el Club. (En la corte del rey de Castilla). 144

Ginés Azcarate, Ginesillo del rincón para sus compis de la Caja

–Caja rural del oeste del Segura para más señas- era un tipo optimista, pero optimista de verdad. Su pensamiento recurrente era  algo así como “se me ha jodido la vida”, y eso le acompañaba siempre, como una muletilla. Ginés no necesitaba tropezar, por ejemplo, o tropezar y caer, o tropezar y caer y perder la cartera además de algún diente y el bonobús, no, no necesitaba nada, es decir, nada, para sentirse así de seguro y confortado por su ego y su destino y la foto ciega de un balandro que le observaba desde el escaparate caótico de la agencia de viajes “Espacios sin límite”, negocio de su familia, de su madre por mas señas, puesto que era así de airoso su natural. De pequeño Ginesín ponía trampas con mierda en los caminos transitados por sus amiguetes y parientillos, y acababa siempre pisándolas, cosa que acabó siendo ritual, y no había semana en que le preguntara Rosita, la prima del Opus, si ya había cumplido. Se aficionó Ginés a los juegos de mesa, pero se distraía y era incluso capaz de distraer al contrario, que en vez de oponerse se transmutaba en visitante de una partida que jugaban otros, otros dos combatientes en tanto ellos departían acerca del vacío histérico de las diagonales a los tableros, o de los escaques muertos, o del peón cuatro rey como si fuera la última genialidad de, pongamos Sammi Becket o sus copistas. Porque era la época de la abstracción y el supersurrealismo  nomen cripticus con el que fue bautizado por el comité de TARIK, asociación para la conquista del Sur, a través de espadas como lenguas, ese movimiento convulso que figuró las ensoñaciones de Ionesco y de Breton, genialmente superado por el Gran Dalí. Ginés era el secretario de La Cultural y el fautor de su nombre guerrero, que había elegido tras una siesta de sudores fríos, por el contraste. El contraste, explicó, entre la idea que nos han trasladado con ese nombre de salvaje moro con el alfange tinto en sangre goda, y la placidez de la vida árabe de los siglos de seda del califato. Fue muy debatida la propuesta, que apoyó con entusiasmo la presidenta, una catedrática de Filosofía y letras complutense, nombrada para el cargo por sus antecesor, el sobrino de la Duquesa roja de Medinaceli; y es que la profesora creía que eran parientes lejanos de Cristo.

 

O sea que entró en el CDF.

 

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