Cuando repartieron las habilidades… (El rey de Castilla). 146

Cuando repartieron las habilidades manuales Ildebrando no estaba presente,

se había despistado en algún recuerdo –Ilde los encontraba en un campo de fútbol- o persiguiendo alguna abstracción discursiva, preferentemente erótica, o quizás leyendo el final recurrente de algún best-seller última generación, tipo El misterio de las catedrales o Donde da la vuelta el aire o Soldaditos de plomo. Así que en casa tuvo siempre prohibida la colaboración doméstica y ello le procuraba tiempo más o menos libre, tiempo que aprovechaba en la Asociación de artistas y literatos libres, la AALL, que había cambiado su nombre antiguo, la ALLA, , porque parecía una errata tipográfica. Ildebrando se hizo secretario por unanimidad de su Comité, formado por el Presidente, a quien convenció de que la AALL debía cambiar como los tiempos y los colores de los bosques. “Cosas del eje terrestre” argumentaba para hacer apodíctico e indiscutible su argumento. A la Asociación pertenecía, figurando en su cuadro de honor, el novelista laureado, un joven de pluma fácil y gramática abundante, un sinonimista ágil y pesadísimo, cuyo principal talento era el oficio, cosa que aprendió bien y pronto, porque nunca fue niño, ni adolescente, y sólo un poquito pero muy poquito mozo. “La juventud no es sólo la edad”, aseveraba el veterano director, Juan Urbano, seudónimo de un directivo de seguros, avergonzado tal vez de ambas profesiones, la de escritor y poeta y la de actuario y economista. Ildebrando llevaba a las reuniones refrigerios en los que se tomaba té en taza, siguiendo la técnica de Pedro de Lorenzo para sortear el control de su gerencial esposa – y se habla de usté, según el neologismo de Gerardo Diego. La Asociación toleraba pequeños flirteos con los advenedizos pero nunca los admitía como entes propios, y en esto se asemejaba  a las petroleras y a los banqueros. Un espécimen de estos últimos, que fue descubierto y expulsado de la entidad por hacer versos, fue valedor temporal de Ildebrando. La razón última no era el fraterno concurso de voluntades, etcétera, sino la pasión loca que sentía por una amiga de Ilde, a quien llamaba Zoraida. En alguna ocasión pudo ver cómo funcionaban los concursos y premios importantes, en los que el anonimato formal era tan falso como una moneda de cartón. Pero de cartón blanducho y algo mojado.

 

Estaba tan entusiasmado con el CDF que no siquiera se postuló como presidente.

 

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