Cuando Anselmo decidió… (El rey de Castilla). 145

Cuando Anselmo decidió dedicarse a la “calcografía musical “,

afanado en descubrir un mundo nuevo del arte, Ainoa tomó las riendas del despacho. El primer día se cambió el nombre –que le sonaba a sirenita de porcelana o a Barbie corresponsal en El Cairo, hija de buena familia de la margen derecha- y bajó al sótano los cuadros de Santurce, en los que Antonio Pan había reflejado el caos del mundo. No fueron las más brillantes decisiones entre las prioritarias  y posibles – todos esperaban que despidiese ipso facto a Silvita, la archivera, que cada día encontraba mejor los expedientes perdidos por ella misma- pero fueron, esos sí, muy suyas. Lo que extrañó fue la confirmación rubricada en el registro civil parar llamarse Amalia. “¿Amalie”, preguntó Antonieta, meneando el tupé. Ella ni le miró. Habían visto juntas la película y siempre le quedó un no sé qué de imitación de esa loquilla encantada.

 

 

Decidido por fin, empujó la puerta. No se desprendió de aquella vieja madera ni un ruido ni el aún más esperado polvo gimoteante que debieron adherir a sus cuarterones desteñidos siglos de quietud. Un oscuro silencio brotaba de la habitación en cuya atmósfera comenzaron a aparecer pequeños puntos de luz. Le sorprendió la ausencia de olor, como si hubiera estado ventilando y buscó una ventana, que no puedo encontrar, aún semicegado por el contraste con la penumbra. Con inesperada rapidez, sin embargo, iban  abriéndose zonas de aquel espacio amorfo, como si sus ojos horadasen un extraño túnel. De repente surgió la luz, tenue y vaporosa, pero luz al fin, o eso creía porque en el espacio que le rodeaba todavía flotaban hilos de plata con diminutas campanillas o tal vez pequeñas hadas de alitas sedosas que jugaban con su torpe retina de animal bípedo y cansado y torpe. Entonces llegó el sonido, una música lenta que al tercer o cuarto o quinto compás acrecía y ese crescendo aceleraba en fusas y semifusas que se acercaban a lo que podía ser una pared, o una pared medianera de otra que se presentía y dibujaba en ella una estela brillante, como de mercurio, y ese azogue retornaba a la cadencia y el ritornello fabricaba un calderón del que pendía un pensamiento y una pregunta. Cuando cesaba,  a voluntad de quien fuese, que debía ser, pensaba, el programa de Matrix, la melodía iba recorriendo la estancia y en la curva azul de un delfín con ojos grises navegaba un velero de tres mástiles. “La goleta”, pensó, y no sabía a qué navío aludía su inconsciente.

 

 

Nome atreví a proponer su candidatura. ¿Hice bien? Es lo menos importante, porque todas las decisiones son erróneas.

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