Un Suzuki en Mallorca. (El rey de Castilla). 143

El vehículo blindado parecía un Suzuki en Mallorca,

y eso que el zorro Romsfeed acababa de prometer y prometo un aumento en el presupuesto de Defensa. “Será de ataque”, había precisado el cabo Gulliver, así conocido por su opacidad mimética, se metía en cualquier rincón diminuto cuando sonaban los tiros y era un gigante a la hora de las exhibiciones triunfales. Me metieron en aquel transporte para desplazarnos a la mezquita de  Mosul, donde aguarda el imán Jeleb, jefazo de una  facción de la resistencia suní, cada vez más escasa en efectivos. Los falsos mártires de Alá caían como moscas seguros de su viaje al Edén, pero hartos de las dos mas eficaces drogas de la historia, la religión fanática, en la que dios es un hombrecillo cruel, y el lerdo costo. “Una mezcla explosiva de verdad”, ironizaba el capi-castrense, ex futbolista de la incipiente liga de Detroit, cuya carrera fue destrozada por un taxista iracundo entre la 66 y la 8. “No tenía cambio, así que me fui. Sacó el gato y me atizó en la espalda. Luego en la rodilla. Le detuvo una matrona del USP Building, el hospital del distrito, que odiaba las rótulas en mal estado, metiéndole una dosis de pentanol en el culo: pero yo me quedé para servicios auxiliares y me hice cura. El destino, que escribe derecho, etcétera etcétera…”. Aquello fue una premonición pues entre las calles de Satán y del mercado estalló la bomba . Me desperté comiendo sesos crudos, los del chófer creo, y rascándome la mano izquierda, sólo que esa mano y parte del brazo habían desaparecido. Algo así, porque fijándome bien vi como uno de los infinitos perros bagdadies blandía entre sus mandíbulas resecas el miembro amputado de un corresponsal del W.P, diario independiente, según dice, y era como un estandarte de la facción corsaria caníbal, lo más semejante a las cabezas de los vencidos elevadas en los picos de los provisionalmente ganadores. La entrevista fue un éxito, y mis artículos comenzaron a sonar para el Pulitzer, que, como todos los premios, estaba presionado por los lobbies. Allí fue cuando oí por vez primera hablar del líder, un oculto Preste Juan pacífico y liberador, nada que ver con el vengativo Laden. “¿Un profeta, un gurú?”. El barbas me observaba con fingido interés. Comíamos higos y dátiles, como los antiguos pastores del Eúfrates. Movió la cabeza, disculpando la ignorancia de los infieles, de este infiel manco cuya mutilación simbolizaba el sufrimiento y la minusvalía de otros muchos. “Un mago, un persa sabio, como Ormuz”, creo que dijo mientras se alzaba del cojinazgo y yo del falso triclinio costroso. Claro que a aquellas alturas se me daba una higa la ausencia de roña, un imposible dialéctico.

 

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