Los abogados de la LSD. (En la corte de Felipe). 141

Los abogados de la LSD, como todos los abogados, se creían los mejores.

Meritos no faltaban. Sobre todo siguiendo la huella del gran Manolo Pendejo, maestros en desvelar confidencias y arruinar secretos. “La puta fisgona”, le llamaban. Y así, y jugando Golf, había prosperado lo indecible. “Al cliente, caña, y una buena persona no puede ser abogado”, decía,  cimbreando su oronda enanez casposa al foco de un horrendo swing. “Ingeniería financiera para engañar a la clientela”, era uno de sus estribillos, aplicado sobre todo para colocar en el mercado –lleno de incautos perdedores y de predadores expertos- compañías en ruinas que presentaba como “prime donne”.

 

Los colaboradores de ACI, la Asesoría paralela –ASESORES Y CONSULTORES INTEGRADOS- también eran, a su propio juicio, los mejores. Los de ACI competían con la de LSD, aunque disimulaban sus afanes bajo las capas de ceniza  de los espacios compartidos y las cada vez menos frecuentes comidas de Hermandad. “La Santa Hermandad”, había bautizado Luis Antonio, el jefe de la división comercial, esas reuniones. L.A. se pavoneaba por los pasillos como un gallito en el gallinero, convencido de que “sus chicas” –el equipo de gestión- le adoraban, y de que el resto de los varones del despacho eran residuos del Cromagnon.

 

Periódicamente visitaban las estancias de la LSD-ACI antiguos colaboradores, casi todos ellos restos de su propio naufragio, para  vampirizar algunos de sus recuerdos e intentar chantajear a sus jefes. Convencidos de que sus trampas eran ya impunes para ella pero no para los aún activos, recurría a las malas artes del chivateo, tan preciado por los recaudadores, para sacar prestado. Hata que el CEO recién importado de Ginebra y harto de ella –le llamaban el Beefeater- trajo al mafioso. Un antiguo carpintero de Alcorcón, que había descubierto las puntas de flecha y las hachas de silex recientemente. Llevaba, en verano y en invierno, un luengo guardapolvo oscuro, en cuyos forros se albergaba todo su inventario. Pinchante, machacante y cortante. Beafeater eligió un puño de púas y unas tenacillas para mantenerles inquietos.

 

-Sólo quiero un susto, o sea. Un par de dientes y algún hueso. Nada vital.

 

Y es que Beefeater era muy considerado. Se ensayó con “ el funcionario” exletrado mudo de la LSD. Le llamaba “el mudo” porque fue incapaz., los dos primeros años tras su rescate de la Dehesa, de proferir en público una sola palabra. “Me azoran las togas”, decía, balbuciente. Beefeater le llevó a algunas Vistas, para que viera lo fácil que resultaba. Luego pasó a “funcionario”, porque cumplía estrictamente con un horario vacío de eficacia y creatividad. Y así sigue, medrando.

 

-Éste me toca especialmente los huevos-dijo Beefeater el día que fue a pedir un aguinaldo a cambio de no sé qué silencios onerosos- porque debería estar más agradecido.

 

Paula, la opositora, era la confidente del jefe. Le contestó con su frialdad de lesbiana.

 

-Sí, como Ben Laden a la CIA

 

Beeafeater toleraba estos desplantes de Paula. “Algún día me la follaré”, pensaba, mirándole el culo. No sería la primera del equipo.

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