El divorcio de Anselmo. (En la corte de Felipe). 142

Cuando preguntaron a Anselmo la causa de su divorcio sólo dijo  “recogía”.

“¿Cómo?”, indagó la letrada, oronda feminista de salón. “Mi mujer recogía, eso, constantemente”. Se arrellanó en el sillón, excesivamente amplio y encendió un escandaloso cigarrillo. “Sr. Gómez. Ya no fuma nadie en Madrid”. “Eso se cree usted”, Anselmo dejó caer la ceniza en la alfombra, de espiguilla egipcia, ya gastada y con mugre. La alfombra del cliente. “Mire si no las cotizaciones de Altadis. Y las Opas entre Tabacaleras”. Leticia Díaz, la titular del bufete entró sin llamar. “Huele a quemado…”.  Se cruzaron una mirada, suficientemente alerta, más allá de la complicidad, y eso que la leguleya odiaba el humo. “Por ejemplo, en Navidad, o en Reyes, dependiendo de la moda y las manías, pues regalaba cosas a los niños… Yo, sí, porque ella era muy práctica, digo pragmática, utilitarista. -Anselmo inseguro se reafirmaba en los sinónimos, como algunos académicos y muchos novelistas al peso- o sea, les compraba ropa, cosas así. Pues abríamos –los niños y yo, claro- los paquetes, y al rato ya estaba diciendo que si todo por medio y si no íbamos a estar todo el día en casa, y cosas de la organización y las agendas. En ese momento yo me daba golpes contra algo –si iba en coche lo paraba, o frenaba, y me daba con la frente en el volante, pero flojo. No soy masoquista ni estoy loco, es que me saca de quicio, me sacaba de quicio, creo, aunque todavía hace lo posible”.  Las abogadas le miraron, ya habían decidido traspasar el caso a otro despacho. Anselmo, imparable… “Pues me daba algún golpe, porque soy muy torpe, y algo histérico, yo creo” –un roce de simpatía en Leticia. Lidia, frialdad- y me cagaba en la puta madre que me parió, y maldecía mi existencia de pringao…”. Anselmo se detenía a respirar y parecía meditar en la torpe vida que su convivencia le había legado, porque sus ojos se arrugaban y se hacía de repente viejo, y ya Leticia perdía todo interés, y se cruzaba con Lidia un roce de pestañas y quedaban para el fin de semana. “Lo bueno es que las broncas no duraban mucho… ni eran frecuentes… Pasaba que yo estaba dos o tres días catatónico, absorto en mi miseria, como oliendo a alcantarilla o escuchando  los dejes de algún perro tarado –nuestro vecino tenía el perro tarado más tarado de los vecinos posibles- y es que si no acabo en el frenopático… El caso es que salía a la calle contando las baldosas y también las mierdas de perro, por cierto, y el entrecejo parecía un carril del metro…”. Anselmo apagó la colilla con el pie. Se dirigió a una espantada Leticia- “La jodida manía de querer que los otros sean como no es o como no quiere… y es que –se levantó de repente, urgido por un hado misterioso, un furúnculo en el trasero- la convivencia es dura y el matrimonio debería ser inconstitucional” Salió al vestíbulo; desde el ascensor gritó a la recepcionista: “O ilegal, piénsenlo, un buen artículo en La Ley. Para la bazofia que paren cada día los políticos…” Al principio todo se compensaba en la cama, pensó Anselmo pulsando el “cero”, pero luego también quiso mandar ahí, y empezó a no gustarme como pisaba por  los pasillos… Y cómo me echaba el ojo, como si contemplara a un adventista del séptimo día, el día seis a última hora de la tarde.

 

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