Quijano. (Micro-relato).

 

QUIJANO

Insistía la aldaba. Bajó Don alonso, enfurruñado, con el libro en la diestra. El portón crujía, seco de añares. La figura del caballero se recortaba, lanza en ristre, contra un poniente dorado.

 

Cruzó don Alonso la mirada con el caballero.

 

Don Quijote miró en el último estante, ya sin esperanza. Le habían dicho que aquella biblioteca contenía todos los libros del mundo.

 

Sancho enderezó el rucio que aún meneaba las orejotas oscuras, como en el sueño.

 

Leyó Dulcinea la carta de Don Quijote, con las dulces vaguedades de siempre. “Cuando se decidirá este hombre”, rezongó.

 

Don Alonso apagó la bujía.

 

Nadie había visto llorar a Don Quijote.

 

Dulcinea cerró los ojos de Don Quijote.

 

“No oiré mis cascos”, galopaba Rocinante.

 

 

 

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