Infiltrarse en el grupo terrorista. (En la corte de Felipe). 138

Infiltrarse en el grupo terrorista

no fue nada difícil. Enseguida pensé que lo complicado sería salir.

-Qué tomas

-Es para la úlcera.

El Lexatín me ayudaba, claro. Estar entre esa caterva de maleantes, y encima buscar a Froi, aunque eso me excitaba, como si fuera James Bond. Tenía las feromonas o lo que fuera a tope, con una par de sintetizadores de las serotoninas, y aunque no sabía si iba a durar mucho y desconocía los efectos secundarios, estaba encantado. Nadie se preocupa por los efectos secundarios de hacer el amor con la mujer de tus sueños, e incluso con cualquiera que esté de rechupete, aunque no hayas soñado con ella. Ni con ese copazo del Reserva del 05, la cosecha bourgeois del XXI. Ni siquiera hace falta el Romané-Condi. Tampoco  acertar uno de esos euromillones que se pusieron de moda hace cuatro lustros, y que han hecho mil nuevos archimillonarios, cosa que por cierto es el mejor afrodisíaco inventado.

El piso franco en Madrid estaba en La Castellana. De barrios periféricos, como se suponía, nasti de nasti. Estos tíos viven de puta madre, y cobran del Estado, con eso de las subvenciones y los presupuestos. Pero eso lo sabe todo el mundo. Así que los liberados cuentan con medios de sobra, como los usuarios de fondos de reptiles y los sindicatos. A mí me asignaron la vigilancia de un ricachón que no había pagado el impuesto; tenía que anotarlo todo,  empezaba ya a caerme simpático el tipo, sobre todo cuando su mujer le pilló in fraganti en una suite del Meliá Castilla con la chorba más espectacular de la pasarela, del book, como decía la madame, la cliente favorita de más de dos grandes, esos que van a cazar a Centroeuropa y a pescar a Escocia. Yo pensaba que no estaba  del todo mal cobrar extras, a cuenta de los beneficios que sacaban por sus chanchullos, porque ya supondréis que honrado, honrado, no era el negocio. Ninguno lo es, empezando por el expolio de los impuestos. Si tienes que trabajar para los funcionarios y el sistema, pues que lo hagan ellos, o sea que a escaquear lo que se tercie. Lo que no comprendí era cómo les parecía bien eso de anular la libertad o de matar, sobre todo matar. Siempre recordaba lo del jilguero. Yo iba con mi escopeta de perdigones por el huerto, y allí entre las ramas cantaba el pajarillo, un aria de Mozart, o era Vivaldi, improvisaba temas de Bach, el aire pintado de rojos y amarillos, le disparé, voló con la cabeza destrozada, voló hacia mí, me miraba con sus ojillos, en silencio, me preguntaba por qué. No lo he olvidado.

Al tercer día me mandaron con el grupo de entrenamiento. Viajamos a Bagdad con un destacamento de la NATO. El programa era simple: infiltrarse en las extrañas fuerzas armadas que constituían la defensa de Occidente, y eso debía hacerlo un grupo para quien Occidente era la guinda de un souflé derretido. Infiltrado yo en el grupo, infiltrado el grupo en otro, y así. ¿Dónde empezaba, dónde finalizaba la cadena?

 

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