El perro galopaba como una exhalación. (En la corte del rey de Castilla). 131

 

El perro galopaba como una exhalación. Yo estaba fijo en su lengua hipnótica, de aquí para allá, de allá para acá, un badajo de fresa. Ya era tarde cuando me percaté de que había olvidado su nombre.

El contador de historias alzó levemente la mirada, pero no en busca de inspiración, sino porque el airecillo que movía las hojas del carballo iba en aumento y una panza de burra aflojaba ya las primeras gotas del chaparrón. “Será de burro”. “Bueno, es panza, y no Sanchico”. Este diálogo nunca se produjo de veras y es soliloquio sin amo, como galgo derelicto.

El contador de historias se refugió con su pequeña corte de títeres en el cobertizo, del que habían sido expulsadas las vacas locas, que sí entendieron, sí, que se volverían locas, porque eran locas burócratas, o sea por Decreto.

Allí, a cubierto, mientras el primer trueno otoñaba el lugarón, el contador de historias parpadeó dos o tres o quizás cuatro veces, para aclarar una mirada algo présbita o un pelín diatónica, el caso es que no podía apañarse con manzanilla amarga o un colirio ad hoc.

Y cuando sonó el segundo trueno junto con la cascada gris que descargaba sin tino y sin mesura sobre las cepas y los huertos y el bosquecillo de eucaliptos voraces y el asfalto de las calzadas y los laxes del río, y las truchas de metal se ocultaban en las cuevecitas de las piedras que eran como bocas pintadas entre el musgo o como túneles del tiempo, el contador de historias dijo a su clientela: “Os voy a contar ahora una historia que viene al pelo, y que me contó a mí un viejo pastor sin ganado, en un aprisco como éste, que aún huele al calor de sus morros fríos, ya me entendéis”, dijo, y nadie le entendía.

La historia era ésta: un niño no quiso ir al cielo porque allí no estaría su padre, que era guardia, y su madre, que era lavandera, y su hermana mayor, que era un poco pendona, ni su perrito, que era un perro aunque a veces no lo parecía, ni su maestro, que bebía un aguardiente blanco, o mejor transparente como las pupilas ciegas de su amiga Belisaria, la niña que perdió los ojos y volvió a encontrarlos y a perderlos de nuevo, en una pugna reiterada entre ángeles y demonios que acabó, al parecer, con éstos vencedores. Se quedó jugando a restañar las heridas de barro de unas ánforas antiguas, que contenían las lágrimas de Jesús, cuando aún era Jesusito, y le decían: “Anda, pasa”. Estaba a punto de hacerlo, pero se quedó jugando con una amiguita que había recuperado desde la ventana de un hospital en el que alguien convalecía. Y es que la niña, que se llamaba Eulalia y había tenido una tatarabuela griega o turca o medio rusa, y aún conservaba de ella una postal escrita con claras letras extrañas, pisadas de gavilán en el rocío, pues tampoco iba a entrar en el cielo. “¿Y eso?”. “Es que dice que no lo entiende”. “¿Y quién?”. “Resignación”.

Había una vez un niño que cada noche rezaba su oración, y pedía por todos, o sea, pedía porque estuvieran buenos y no pasaran calamidades. Pero no daba resultado aquello de pedir y entonces preguntó y le dijeron que luego, al morirse, irían al cielo y allí todo estaría bien y cosas así. Entonces el niño dijo que si era como lo de los moros, porque en su enciclopedia escolar hablaban del paraíso y le dijeron que mejor pero distinto. Y cuando se lo pensó dos veces y además supo que algunos no irían, pues dijo que mejor hablaban con alguien para bajar a Jesús de la cruz y apañarse fuera de ese cielo tan lejano y oscuro que tronaba ahora por tercera, por cuarta, por quinta vez…

 

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