El gato del Club. (En la corte del rey de Castilla). 132.

El gato de Pili odía comprender que para cada cual era distinto el aspecto de la noche. Atisbaba desde sus ojillos pardos, atenta la nariz y tensos los oídos, sabiendo que su horizonte era diferente cada segundo y que para los demás sería otro, como si la vida fluyese a través de un caleidoscopio. La noche albergaba los sueños de sus habitantes, que la aguardaban como espera un niño la pubertad, desconociéndola y construyéndola en el milagro del tiempo. Oyó discurrir el agua, casi podía oler las porciones de jugos y mensajes diluidos entre el desagüe y la corriente principal del jardín. La luna jugaba con sus rizos de paja, como una novia con el recuerdo de su primer amor, mientras crecía o desmembraba el perfil dorado de las luces. En cualquier momento de esos mágicos instantes iba a sentir el pálpito, y un fuego inconsciente le subiría hasta el gaznate. Entonces, llegada la señal, atacaría como un tigre.

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