Del diario de papá.

 

MORS

 

Recorría la habitación como si aquellos objetos familiares tuvieran algo distinto: unos zapatos en el suelo, las líneas de sus pies dibujados en el cuero negro, mapas de una biología peripatética; el pijamita de Ana, los libros y el cepillo de dientes con el que jugó anoche Alejandro, sobre la silla. Sus ojos –suponía que sus ojos- se detuvieron ante la puerta, y el ángel exterminador impidió que saliese al pasillo. O burló su voluntad, demorándolo para siempre entre las cuatro paredes que habían sido su cálido mausoleo. Escuchaba las voces, lentamente aisladas del tiempo, y las nubes que se desplazaban por el contrario con la celeridad de un sueño. Al norte las montañas, tan azules que rompían el cielo, de cristal y de impaciencia, como las sonrisas de los niños justo antes de salir al recreo. Había dejado de dolerle la vieja cintura, no tenía sed, y, sobre todo, recordó que aún no había visitado el baño. “¿Cómo es posible? Creí que lo de la próstata era el purgatorio”. Comprendió que aún le quedaba mucho camino por recorrer hasta alcanzar el Paraíso. “Ya no podré decir que me jode el Dante”, suspiró.

 

 

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