¿Amuletos?. (En la corte del rey de Castilla). 137

¿Amuletos?

Isa (Eva) sonrió a medias. Parecía la directora de un programa de rehabilitación de toxicómanos mirándonos como a clientes sin remedio.

-Sí, claro. Amuletos. Esas cosas que utilizan los aborígenes para espantar a los canguros.

-Collares, cuentas de rosario, estampitas.

Eva sonrió esta vez con toda la dentadura.

-Ayudan. Todo ayuda, si se confía, pero hay cosas con las que hace menos falta… la fe.

-¿Funciona?

Se echó a reír y nos dio con la puerta en las narices. El planillo nos llevaba a una calle cerca del Metro Cruz del Rayo. ¡Hay que ver qué sorpresas tiene el callejero! Ya me pasó una vez, en Ayala: crucé un portal y me encontré en un patio de naranjos, ancho y largo como toda la manzana de casas.

Llamamos al telefonillo, que parecía el de ‘La escopeta nacional’, todo herrumbroso y con los plastiquillos arrancados. Ya nos íbamos cuando se oyó el timbre de apertura, así, sin preguntas.

En cuanto se cerró el portalón desapareció la luz, como en el Génesis pero al revés. Supongo que nos miramos, pero no se veía a un palmo. Rebusqué en los bolsillos, aunque sabía que no llevaba cerillas ni linterna. ¿Qué buscaba entonces? Me tomé un caramelo, de los blanditos, y esperé. Con el tiempo, suponía, los ojos irían habituándose, y al final, pues tipo gato. Pero no hizo falta. Se oyó un ‘clic’ y al fondo una lucecita, de esas que en los cuentos está al final del túnel.

-¡Venga, vamos! -Dijo la bombilla. Un tipejo de cráneo pelado, liso y brillante nos hacía gestos con la única mano visible. La otra se ocultaba detrás de la puerta, como si agarrase su tabla de surf y sacase la mano para comprobar el viento.

Nos apresuramos, y al momento estábamos atravesando un umbral que olía a choto, pero a choto propiamente dicho, o sea.

El hombre pelón, la bombilla, no nos saludó. Entramos tras él, como dos Airdale en entrenamiento. Se sentó junto a una mesita baja, cubierta con faldones, que me recordó a la del cuarto de estar de mi tía Mercedes, la del bigote. Señaló una butaca corrida, de esas que son para dos o tres, juntitos, y que nadie tiene en casa, sólo en los catálogos de las revistas de decoración, y en El Corte inglés.

Sin esperar, o puede decirse sin vernos, abrió el cajón -un sarcófago de la no sé cuál Dinastía, seguro, con momia y todo- y extrajo un completo muestrario de joyería, de bisutería tal vez, estuches y fundas de terciopelo negro, y las desplegó como un pirata el velamen del navío, con esas tibias cruzadas y la calavera descalcificada que no asusta ni a un bebé. Estaban a rebosar de artilugios brillantes, muy llamativos,  parecidos a las condecoraciones de las órdenes militares, a las reliquias de las catedrales, esas que se visitan por detrás de los presbiterios y en las catacumbas. Un hallazgo, sí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: