El poeta cerró el cartapacio… (En la corte de Felipe). 130

El Poeta cerró el cartapacio, como si hubiera terminado de leer la tesis doctoral pero dejando un dedo entre las hojas, por si las citas.

“¿Vírgenes satisfechas? ¡Imposible! Contradictio in terminis, como lo del pensamiento navarro. Y no hay más nísperos”. Releyó la frase del Ulises “iubilantium te virginum chorus excipiat”, y se mantuvo en sus trece, eso sí, trasladando a la memoria el recital de las frutas: ‘quien nísperos come y bebe cerveza, espárragos chupa y besa a una vieja, ni come ni bebe ni chupa ni besa’. “¡Vulgarismos!”, repitió el corrector estirándose los mostachos de galán caduco en blanco y negro. A mí  me parecía que todos los papeles de las comedias americanas eran representados por un clon, sosias de sí, que era el mismo. Sólo que era subjuntivo y por ello benevolente: que te reciba, o algo así. Le había decepcionado tanto el politiqueo de su ídolo que cualquier paradoja se le antojaba obvia. “Otra mala traducción: ob viam ire, salir al encuentro, como Cristo ante la Magdalena, en el desayuno post mortem”. “Post resurrectionem, muchacho, post resurrectionem”. Al fin y al cabo aquello era italiano, ‘beati Toscani quibus vivere vivere est; beati Tudeschi quibus deus verus deus ferus est’. El tiempo descansaba en el seno de Abraham, travestido al uso, como el idioma. ¿Idioqué? Pánfilo, que todo lo quieres y todo gustas y así te huelen los pedos. Y el mar sin enterarse de que los diez mil han regresado.

-Miguelito, tendrás que dejar que entres mujeres en el Club. Al fin y al cabo, no estamos en un College de Oxford, creo yo. Echó un vistazo al entorno- y a esto le hace falta un airecillo…

No le comprendía. ¿Sería tan machista que se estaría refiriendo a la limpieza?

-Están todas solas, pero te miran como al número impar en el guateque… Es cosa tuya, recuerda.

Yo recordaba a Silva. Me lo dijo esa tarde. ‘Cuando se hay ido la vida comprenderás lo sencilla que era’. No soy una buena persona. Estoy tocado por un demonio. Si no termino con él acabará destruyéndome. Lo supe el día que vi la barrera. Me separaba de todos, que cerraban los ojoso desviaban la mirada o volvían la cabeza. Huyendo. Como en aquel sueño.

Una suave claridad traslucía el cuarto del fondo, tras las cortinillas blancas. Muebles pálidos, algún espejo. Me pareció una ventana que encerraba paisajes interiores, el alma diminuta de las piedras. Las díscolas almas materiales que soñamos y nos sueñan. Tomé impulso, arrebatado de una urgencia veloz, que acuchillaba mis oídos. Me pareció que debía poseerla, que la habitación me aguardaba entero, intacto mi ser de aire, un Zeus lluvioso que no se reconoce. Las manos, algo adelantadas, chocaron violentamente con la nada, un muro invisible que protegía la entrada al Paraíso. No equidistaba. No equilibraba. No armonizaba… Y sin embargo las aspas que cruzaban el laberinto eran un puente, eran una simetría, eran encuentro. Dolor que descansa. Sentido que calla. “Una revelación”. “Una debelación”. Beati Tudeschi… Hispanici beati…

El Poeta, Guardi, El Púas, todos m observaban en silencio. Prefería lo del germano metomentodo, y no la inquisición del silencio. Ya no podía sentir que era un niño feliz corriendo, sin calcetines, deteniendo el tiempo. Y entonces la vi: Sobre el espejo del fondo, resbalando como una caricia.

El Poeta suspiró.

-El número de los idiotas es infinito… y yo los conozco a casi todos.

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