Lhardy. (En la corte del rey de Castilla). 128

Lhardy apagó el aire, y enseguida notaron calor. “Nos echan, Armando”, dijo el más joven del grupito, perfil republicano. “Faltan abanicos y mucamas que los mezan,” replicó el tercio. Le habían sacado los colores en la función de fin de curso, adolescentes unidos versus comiquetes de sabadote, esos de ahí no participan, somos tímidos, podemos subir al escenario a ver si se nos pasa, no cada uno a lo suyo, si venís etecé etecé. Me dejaba in albis, pero la imaginación después de la siesta no encontraba la senda, la senda de los elefantes, sigue a esa hormiga. “Íbamos por lo más interesante; digo antes de la dispersión”. “Pero son las cinco, hombre. La gente desconecta”. En invierno, porque en verano empieza, los horarios circadianos alterados por la política y la energía, pobre Einstein, chaleco negro y volatín de encaje, los pasos ágiles de un swing al ritmo de chachachá. El primero prendió un pitillo, con escándalo del chino aletargado en la mesa contigua, a su lado un Castilnovo del 94. “Así que hubo una conjura contra el gran Felipe. En Barcelona”. La maestresa del Lhardy arribó a la mesa. Armando le miraba las tetas. “Bonita blusa, doña Camelia”, refutó los demonios del vino. “¿Todo bien?”. “¿Desde cuando el roast-beef se sirve tan seco como la mojama?”.

 

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