La venganza del profesor de geografía.

LA VENGANZA DEL PROFESOR DE GEOGRAFÍA

Llamarse Poya y tenerla pequeña era demasiado. Así opinaba su mujer, quien se lo confesó a M. rápidamente, como si le urgiera la denuncia. M. le dijo: ‘No se es, se hace’, pero había leído demasiado a Kant y además en estas cosas no vale la teoría ni inflar los carrillos para asustar a los noveles. Tenía un adlátere, auxiliar de cochiquera que le hacía el trabajo sucio, y eso no costaba demasiado a ninguno, antes bien lo disfrutaban como babosas. Tras sus gafas empañadas por una niebla freudjungánica, el arte se le antojaba un peligro. Para Poya la razón era la vida, y el humor un galimatías ofensivo. “No vale ni para ponerle los cuernos”, pensaba su esposa, a quien le aburrían hasta las ausencias del geógrafo. “A ver si encuentra su lugar en el mundo y se pierde”.

 

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