El alquimista de Dios.

Las espuelas entrechocaron junto al atrio. Piafó el tiro de corceles negros. Espadas en la casa de Dios “Son sus guerreros, los portadores de la piedra que transforma el mundo. Los alquimistas de Felipe el Negro”.

 

Valladolid, 1527

Había pasado mucho tiempo. Los augurios de sus consejeros tudescos respecto a aquel pueblo bravo y juerguista se habían cumplido sólo a medias. Y era más satisfactoria la media que la entera…Sonrió el Emperador al comprobar cómo pensaba ya en español, y hacía suyos los retruécanos y sobreentendidos. “La Corte es un hervidero de dilogías, una olla de equívocos”, añadió para su coleto. Llegaba el toro, un berrendo sucio, de mirada turbia. Se asentó bien en los estribos y apuñó con fuerza la lanza… “Que sea de verdad mi suerte”, se dijo espoleando la montura. El joven alazán brincó rozando casi las astas de hueso fino, y un puyazo en el morrillo hizo doblar ligeramente a la bestia, que frenó su embestida. De las gradas se alzó una voz común, que a Carlos V, padre reciente de Felipe, su heredero, le resultó más preciada que el voto de las Cortes Generales para su campaña continental.

 

Alcázar de Madrid, 1557

Cumplía el rey treinta y de Italia había venido la Pavana, un baile solemne que afrancesó la guardia de Luis XIII.

 

Cuando Felipe llegó a las Islas sólo conocía a la Tudor por el camafeo diminuto que colgaba de su cuello como un escapulario.

 

……………………….

 

 

El deán guardó el manuscrito con el sigilo de quien alberga un peligroso secreto. “La palabra que encubre los misterios, llave del poder”. Rechazó la soberbia del iniciado, sabedor de que es un elegido. “Sin mérito”, musitó, como si rezara. Cavilaba observando la falsa Custodia, en un nicho de oro y pedrería, hornacina de Dios. Debía ahora preservar el secreto y revelarlo a su dueño natural, el señor del mundo. Su rey, Felipe, el alquimista de Dios. Sonrió recordando la audiencia con el Papa, quien le había otorgado ese título. Una corriente modernista, de la mano del diablo, pretendía enumerar los nombres de Dios. Algo a lo que no se habían atrevido ni los servidores de la Kábala. Tiempo hubo en que también él fue tentado por los atractivos de la Torá: “Ahí está, agazapada, esperando que alguien una las letras por su orden, la conciencia del universo que llaman piedra filosofal. El lenguaje de Dios”. El rey escalaba riscos peligrosos en su afán por trepar más allá de Babel. Y sin embargo todos debían seguirle, era el guía de los caminos invisibles, tocado por la espada del ángel. Una sombra oscura le turbó. Sentía el cansancio de la noche, que se abría pero con alas de hierro entre sus párpados secos… ¿Y si aquello resultaba ser una trampa, otra argucia del Maligno? A veces, en el perfil del Austria, el deán creía percibir la pálida ironía de los súcubos. Sacudió la cabeza, rechazando sus propios pensamientos, como un día rechazó la carne de aquella dama de alcurnia que le confesó su amor en la confidencia gris de su capilla privada

 

 

 

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