Don Quijote.

Don Quijote se imaginó en un oscuro laberinto, ungido ya por el mal del minotauro. “Fatalidad, tienes nombre de Dulcinea”, pensaba, sin que su cerebro fuera capaz de pensar. Una luz al fondo del corredor le guiaba. En los últimos metros las voces apagadas se reconstruían como un aria lenta. Reconoció el solo de barítono. Era X.P.

 

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Xavier Punyent

 

“¿Duermes, hermano?”. La voz, opaca, acompañaba a un rostro gris. “Maestro, velo”. “Es tu deber. No eres el primero ni serás el último”. Un foco velado reflejaba en la ventana los claroscuros del Bosco. “En el arte está la certeza”. Don Quijote recordó el mensaje, la nota sibilante de X.P.,la llamada del hermano. El corredor finalizaba en un escenario amplio, de tablones confusos. Rechinando sus dientes, dos esbirros le prendieron, una escena de Beckett. “¡Alto, sayón!”, apostrofó al ministro de la ceremonia, tocado de capirote y chilabilla. Le miraron inquietos, o eso le pareció cuando las luces se apagaron, una nube de otoño en la noche de junio. A tientas alzó los telones, que se imbricaban como tejas de organda. “Pesados sois, bellacos, como la penitencia de los jesuitas”. Pudo escuchar la salmodia de un ritual negro, y siguió los ecos como un hurón en la madriguera. Le habían hablado de la secta, y ahora podía sentirla, un pulso que también conspiraba contra su vida. “Al rey la hacienda y la vida…”, recordó la de S.M., sintiéndola como propia. En la boca del lobo, una metáfora impropia, en las fauces del león, quizás. “Un ejército de gañanes. Quebrarán ante la autoridad de Dios”.  El pensamiento y su teología le inquietaron. ¿No estaban combatiendo a los fanáticos con sus mismas armas? “¡Santiago y cierra…!”. La venganza del tiempo, que cura todo menos la fe. El padre del padre de su señor había construido la Gran Casa, la maison de dieu. En un sueño sobrevoló sus torres afiladas como los soportes de una enorme parrilla en la que arderían mártires y herejes. Pero el cielo de aquella sierra antigua no estaba quieto, águilas ciegas le herían y gritos de ánimas invocaban a los Tercios derrotados. “La piedra filosofal que nos robaron esos banqueros genoveses, la fábrica del oro galo”. El libro contaba que una noche blanca el ayo del príncipe abrió las verjas a los caballeros flamencos, y sus corceles de casco azul entraron en los aposentos secretos rompiendo el sello de Salomón, que los maldijo para siempre. Pero a pesar de sus muertes, que recogió el mármol negro de San Pablo, el panteón de los reyes que oculta las calaveras de sus verdugos, consiguieron alzarse con el trofeo que costó el imperio.  “Los alquimistas de Dios fracasaron al fin. Les abandonó la fortuna, que giraba en su carro hacia el escorpión”. Palabras del rito.

 

…………

 

El camino llegaba a Aix-en Provence, junto a un risco pirenaico, sede del  Temple primero. D. Quijote, harto de burlas e incomprensión, sacudió el polvo de sus sandalias. Como los antiguos peregrinos bíblicos, sin albergar odio en su corazón, conjuró la tierra que dejaba para desear no volver a pisarla jamás.

 

 

…………….

 

X.P. palideció. “No tiene nada que ver,  dominus. Dagoberto, Clodoveo, los reyes merovingios, descendientes de Cristo, esos son los auténticos monarcas del mundo”… Día habrá en que poderosas naciones del mundo que llamamos nuestro quieran hacer una más grande aún uniéndolas todas, y eso será para que resurja, tras el gran Carlos, la antigua Roma. Pero no podrán llegar en su número  más allá del número de  las Tribus, por más que lo intenten y lo parezca,  y además está la extraviada, que traspasó el mar y engendró la nueva raza de los demonios guerreros. “ Quis dixit?”. Sin esperar la respuesta,  D. Quijote arrugó el ceño. “¿Pero no hablamos de res publica, maestro?”. “Salomón, el primero del Templo, fue rey. No es res sino rey el sustantivo”. “Jugáis con las palabras. El Verbo. Llegaremos al milagro del rey sacerdote. El Papa”. “No. Llegaremos a desbancar a los herejes, los esclavos de Sodoma, que es Roma, aliados de Babel, Austrias del Cisma”. “¿Y Don Juan, el Grande?”. X.P. sonrió. “Espera”.

 

……………………

 

“Las catedrales carecen de misterio. Lo que nos impresiona en ellas es otra cosa: el silencio”. Don quijote rehuyó la cita del maestro. Sí existía, y entonces sonó el ‘veni creator spiritus’, voces del alma. “Gregoriano”, se dijo. Tocó los muros. “El Temple. Templo. Genes de Dios. Clovis, Clodoveo el merovingio, ausente del mal. Y la estirpe vieja de Salomón, el iniciado”… ‘Mentes tuorum visita…’. Lo vio claro. “El don, La lengua de fuego. Un rayo de Zeus. No…”. Las pupilas reflejaban el cirio triste de la Pascua, tras los barrotes labrados, el coro de alabastro, sedes de vieja caoba, nogal español, marfiles que pudieron construir las Torres. “Pero…-respiró hondo, buscando la fuerza- es la luz de Ra. El ojo que se enmarca en el trino de los cielos, universos que alientan…”.

 

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