Lo de meter a Silva en el Club. (En la Corte de Felipe). 122

Lo de meter a Silva en el Club

Se le había ocurrido al mirar con cierto extravío una puesta de sol en la que el sol no se ponía porque no estaba; debía andar por su sitio, o buscándose entre las luces que dejaba colgadas a tiras, que dejaba a jirones colgadas del cielo, como balanceándose en las puntas de los dedos de diosecillos traviesos, una historia de plata, porque había nubes recién nacidas por el calor agobiante de los primeros días de un junio tórrido.

El caso es que tropezaron en los pasillos atestados, todos tropezaban, claro, pero ellos se miraron y supieron algo, porque aún no habían bebido ni consumido las sustancias psicotrópicas o estupefacientes que generan las endorfinas de las fiestas en esos momentos y esos lugares y entre esas temperaturas que inventan los escritores del Caribe, el caso es que se conocen o quieren conocerse y deciden escapar, de todo excepto de sí mismos, o al revés. Quieren organizar un falansterio, un reducto del que oyeron hablar en algunas de las secuelas de los ochenta, hijos de los sesenta, pero lo oyeron tarde porque entonces ni oían, y quieren ser repujadores y hacer tarjetas en las que digan fulano de tal fajador, repostero y músico y arreglador de acordeones, animador de fiestas privadas, mejor particulares que queda más de patio, en casa. Lo de fajador no sabía qué era, algo así como talabartero pero ya comenzaba la tormenta. Eran ya entonces repujadores, canteros, pintores, orfebres, qué belleza, ningún poeta, todos poetas, ningún metafísico, todos metatársicos, un surrealista embrollo en el que la bandera más pequeña abarcaba el mundo, y qué mundo, incluso el mundo que no estaba en éste. Una catarsis, una terapia, un realquiler de los de antes, en la corrala de un barrio santo,  cuando estalló la guerra. Ellos la ignoran… Llega un momento en que su trabajo carece de sentido, aunque llamaron o sea apelaron a Kandinsky quien les regaló un tomo nuevo ‘De lo espiritual en el arte’, que tuvo poco éxito, pues al fin y al cabo se trataba de una anarquía amercantil. Entonces el burócrata y el político y el letrado, sobrevivientes, los encauzan, y todo sigue como al principio. Eterno retorno de la vulgaridad.

 

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