Archive for 31 diciembre 2010

El tí Anselmo…como un gallo peleón. (En la corte del rey de Castilla). 206

31 diciembre 2010

El tío Anselmo movió la cabeza como un gallo recién peleado.

‘Con razón dice Borges eso de que multiplica el horror, o sea el número de los hombres. Hoy me he visto viejo por primera vez. Pero ha sido ya una certeza. ¡Qué mierda de espejo!’

La cosa y su nombre. Desconfiar. Aceptar lo que es o no es como tal, sin discernir. Dejar de buscar el yo o el conocimiento o la verdad.

Repetía las frasecitas de autoayuda o de buena voluntad transformadora de la naturaleza humana, estúpidamente inmortal, o sea, zumbada, arreglándose el fastuoso canalillo y sorbiendo a traguitos la copa de Málaga. Del color de sus ojos. Isa la Pitonisa, desplegaba el Tarot como las banderas de una división acorazada. Y aquello surtía efecto. ¡Vaya que sí! Nada hay mas influyente que las ganas.

Nunca comprendemos que la emoción y la razón son la misma y contradictoria cosa, hasta que su unión nos mata -o lo hace lentamente, a base de ansiedades o depresión o de requerimientos de Hacienda-. Esto lo entendía mejor así el tío Anselmo, hombre de mundo hasta que la jubilación le convirtió en un mundo sin hombre. O con poquito. Se estremecía pensando que iba a acabar como el bueno de Burt Lancaster en ‘El gatopardo’, cuando ya no se ponía dura ni con la jovencita del corral. ‘Cuando llegue el momento, que ojalá no llegue, de qué sirve todo lo demás, así que, a hacer puñetas’. Una reflexión concisa y certera, si cabe.

Yo no he comprendido, emocional como soy, las razones de mi soledad y del odio. Creí que amarme era una cuestión natural, casi obligada, en todo el mundo. Procedo de los tiempos oscuros en los que hombre y mujer lo eran, o sea que no eran lo mismo, y no existía un inefable ‘Ministerio de igualdad’, cuya sola mención es una tortura para el alma. Como la mala sintaxis. A partir de esa falacia monstruosa todo es posible, como lo es para quien tiene malos modos en la mesa. Desaparezcan pues los vestigios de una edad remota, en la que útero y falo eran más que símbolos de dominio y opresión -por ese orden para cada cual-  del mismo modo que se deben morir los feos y extinguir los analfabetos y la ensalada de brócoli. Amén. (Pero que todo permanezca, como Dios, en los artificiosos políticos, en los banqueros y en los representantes del orden y cuantos vistan de gala en los saraos).

 

 

 

 

 

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M. subió al Peñalara. (En la corte del rey de Castilla). 205

31 diciembre 2010

M. hizo caso del tío Anselmo y subió a Peñalara.

Allí todo era distinto. Pensaba quedarse, como un lord Byron de pacotilla, romántico y solitario, desprendido, a punto de despeñarse más bien, un corzo cojo, con los zapatones Clarks enfundados en la nieve compacta, sobre el camino. Pero no lo hizo, claro. Recordaba como si se hubiera rodado para él la escena de Cora, la del cartero que llama dos veces, huyendo del hogar, acre hogar, con su fulano, y cómo regresó en un pis pas, mancha por aquí, sudorcillo por allá, y encima sin la pasión rubia de Lana Turner, que tiene nombre de novia de Superman. Se detuvo en la laguna, que le aguardaba solitaria, al otro lado de la verja, un muro de Berlín que le separaba de la orilla, del agua en la que de joven se bañó, la proeza del frío, el imborrable recuerdo de un onanismo virtual, porque a M. las montañas le ponían itifálico, como las gitanillas del Sacromonte. Sonrió recordando la cara triste de su hermano. Cime se quejaba como un boticario sin árnica:

-Me ponen todas, M. Bueno, casi todas. Pero la mía… Nunca pensé que iba a ser la excepción, M. Es una tortura. Estar acostado con una tía que parece el cabo de guardia. Bueno, a mí me lo parece, y encima siempre le duelen las tetas.

Eso fue la noche antes de invitar a Caín, cuando Silva puso la cara de Gilda justo después del bofetón del bueno de Gerald, Gerardito Ford, y a M. le pareció muy raro, como si se hubieran visto antes.

-¿Os conocéis?

Negaron demasiado pronto. ¿Te gusta el bizcocho? Anita siempre negaba antes de de probarlo. Pero su sobrina era índigo, eso decían, tan especial como el pulso arrítmico de la abuela, empeñado en llevar la contraria al metrónomo de la Pleyel, la yaya que no perdía su bolsito de mano ni en el terremoto de Agadir.

Pero ahora nada de eso importaba,. El aire sonaba a verderón y esas cosas de los poetas, se sentía libre, y por eso mismo regresó.

Al día siguiente, desde su atalaya de Concha Espina, la casa que podría haber sido su refugio, contemplaba El Viso y al fondo los montes de Azca. Se le ocurrió llamarlos así, como Fisac llamaba catedrales del siglo XX a los rascacielos de cristal y metales. Le vino a la cabeza como una llamada en el portón de la casona, en el verano de Órgiva. . De pronto se sintió triste. Hablaba en voz alta cuando entró Eva.

-También tienen su belleza los paisajes urbanos. Todas esas cajitas multicolores…

Tenía la habilidad de trivializar lo que fuera, una salsa que tapaba el sabor, o lo potenciaba, la mirada de sus ojazos, que se burlaban siempre. Pero ya no le importaba tanto. Se detuvo en ellos, preguntando una vez más si tenían algo que decirle.

¡Pero ese ruido!

El ruido, la distonía -nada que ver: una asociación paradójica de las que harían felices al tío Amadeo-. Esa era la causa.

-Por eso no soporto a algunas personas. En especial mujeres. Por el tono de voz. -La miraba sin pestañear-. ¿Recuerdas? Yo me detuve bajo la ventana, creí escuchar una voz del cielo… que llamaba.

-¡Caín! ¿Dónde está tu hermano?

Eva musitaba las últimas palabras, deslizándose suavemente por el respaldo del sofá, con la cadencia de un ofidio disfrazado de Miss Venezuela.

M sintió el nudo. Era real, como antes de cualquier pecado lo suficientemente atractivo, como después de no cometerlo. Le valía la metáfora, o como se llamase, porque le gustaba el sonido -de nuevo, sí- y porque el significado era plural o polimórfico o ambiguo, tangible como la admonición de un eclesiástico. Sintió el nudo y un cosquilleo inter cruras que le recordaba sus buenos tiempos. Y como debe suceder en ocasiones extremas, cayendo al abismo, sintiendo el cáñamo en el gaznate, firmando la hipoteca, cosas así, a M. se le entremezcló otra imagen. ‘Una distracción jungniana’ -inventó. Freud le pareció viejo, con esas barbas llenas de migajones. Ni la mitad de elegante que Unamuno, el atrabiliario genial.

-Con María era diferente -se oyó decir. Eva suspiraba respirando, o al revés, y el corazón se agitaba dulcemente bajo sus pechos, sí, sí…

Era lento M. Pero vio claramente que a María, inconstante como los súcubos, le iba el otro lado de la moneda.

-¡Si al menos hablases más clarito!

-Las hijas de Lesbos se dan cuenta con su sexto sentido… Les atrae.

Materia de sueños. Temario para consultas, y a divagar. ¡Tanta diferencia con Silva! La mujer es siempre un misterio, claro, y lo poco que desvelamos lo hacen ellas. Es más fácil deducir un teorema que una mirada femenina. ¡Qué gilipollez! Si son tan listas, ¿por qué no mandan?

-Eso déjamelo a mí. -El tío Anselmo le miraba desde su retrato del despacho. Ondas hertzianas o del tipo que fuere.

Silva… Every inch a woman. M se recordó mirándola, en la oscuridad, bajo la tenue luz de la noche, que se reflejaba, que resbalaba suavemente por sus curvas. Porque las tenía, y así, recostada, acentuándolas en silencio, le parecía un espectáculo fascinante. Un viejo tópico que sostiene las tesis de Humbold y del joven Darwin, y la manzana de Newton y los números de Pitágoras y Descartes y de todos los alemanes que critican la razón, el Estado y los márgenes del folio. Ya lo dijo el tío Amadeo:

-De qué te sirve ganar todo el mundo si no te relames en el charco.

Recordó la jeta de Melissa, la usaca, pidiendo regalos al tío Amador, el pobre. El abuelo lo había definido bien, desde pequeñito.

-Dios escribe derecho con renglones torcidos… Pero a este niño no le endereza ni San Pedro.

Lo del santo aludido era cosa de solideces. O sea, si ese no lo consigue, hay que renunciar.

La angustia es la prueba ontológica de la nada. (En la corte…). 204

31 diciembre 2010

La angustia es la prueba ontológica de la nada.

Era igual mirar o cerrar los ojos. Le daba vueltas a Kierkeegard, a Sabato, y habría querido marearme pero carecía de capacidad. Sólo añadía, en cada espiral, que buscaba la fuerza centrípeta y el estallido: así como el distanciamiento es la clave de la armonía. Sólo se llevan bien quienes no están juntos. Los leones deben olfatearse a distancia, a la distancia de un rugido cuando menos. Hasta que comprendí que la realidad -y la vida- es también dual. Ser/no ser. Locura/ignorancia. Ficción/ficción. Valor/sueño. Y así…

Sin embargo vislumbro a veces -cuando tengo un reintegro a la loto o un premio a mi aceptación de una necedad- que sólo la energía puede obstaculizar la atracción de otra energía, y por tanto el aislamiento es el equilibrio, tanto como supone el giro de los planetas en sus órbitas. Yo soy un planeta, o un satélite. Un cometa, no. Ni una galaxia. Ni una estrella de fuego y bronca. ¡Si al menos me hubiera sido dado un punto de maldad! Pero a mi natural astringente se unía la bondad ociosa de una formación expiatoria, cargada de rencores, de miedo, de penitencias, cosas tan raras para la multitud como si el fútbol no existiera. Por eso  era del todo partidario del fértil Odiseo, por su mahometana adscripción al destino y a los dioses más o menos enojados. Pero al menos él tenía quien, de entre ellos, le protegiera.

 

 

La virtud es bella… (En la core del rey de Castilla). 203

31 diciembre 2010

La virtud es bella, el crimen feo, dice Petronio.

El abuelo miraba desde la terraza como si eso fuera cierto, con los ojos encendidos en la oscuridad. Era la noche de aquel día, un título de los Beatles si se hubieran parado a pensarlo. La luna, Armstrong. A su espalda el Congreso, ametrallado por Patacero. No entiende cómo se cambian las cosas. Y recela del tiempo que le queda para hacerlo y decide que sean otros quienes se esfuercen en arriar las banderas, la lengua, el espíritu. Se encoge de hombros y sonríe. ‘Es mentira’ -dice, señalando el cielo. ‘Todo’. Y es que desde la terraza no se ven los pasos del hombre, en el año 2050, sobre Marte. Alex se rompe las uñitas, todo regresa, los defectos y la ansiedad. Pero ellos, los esclavos del poder, aprietan el lazo de sus perros falderos, le ponen el plato con restos de comida, y una urna rota. ‘Mejor esto que la guerra, y andar degollando’.

Fragmentos de existencia. Estática y dinámica, inmóviles y fluctuantes. Un caos. Persona es ‘máscara’. El Poeta, Carmesí, alias Don Rodrigo, para el Ministerio y su ordenada familia, tenía la vena pesimista y el contenido, o sea, la sangre, eufórica. Jano, un viejo invento, vulgarizado por el trastorno bipolar y eso de los maníaco-depresivos. Siempre estaba hipertenso. Azul cianótico, como los petardos de las nucleares. Bastaba un hilillo de viento para sacarle de quicio y te quería al tiempo como nadie. Un poeta, centro del universo mundo, imprescindible para sí mismo, un odio al servicio del amor. O al revés.

-¡No me vengas con monsergas, M! Todo es relativo, como la comida: si es fría o si caliente, si el grano de arroz está suelto o empapado… No; no es la materia prima, ni siquiera la confección. No: es el point de vue. Y también la trastienda de los interlocutores. Tú eres un inocentón, un tipo de pueblo. Malo pero paleto, sí. Eres un plebeyo. Si tuvieras algo de aristos también tendrías algo de mala leche.

¡Lo que faltaba! Esas broncas me consumían.¡Y Silva poniéndome el trofeo! (Quería creerlo: era tan romántico, tan decadente, tan degradante, tan de buena familia, tan Pushkin, tan francés…). Me tocaba esperar el verano, o una nevada en primavera. Para que el biorritmo se alterase y me volviera la equilibrada y querida pesadumbre. ¡La dulce rutina sin tanta factura que pagar! Claro que cuando el ritual del azteca llegaba a su cúspide, y el hombre de las ojeras y la obsidinia me arrancara el corazón, su taciturna idolatría, que pudo decir el Roa, no iba a bastarle a Cortés, ni al pensamiento del jaguar dormido.

¡Un verano! Nada lo presagiaba en aquel brumoso abril del frío. La sierra explotaba de nieve, como nunca. Algún lobo estepario, quizás de la tundra, como el colmillo blanco, se me paseaba por las sombras del cuarto. Mi hermano había empezado a roncar, con el cambio de píldoras, y yo me encontraba solo. No me apetecía salir a deambular por las heladas aceras de Madrid, y ya estaba talludito para meterme en los lugares de la noche, con los Jaguar de motor en la vereda y las American oscilando como llamas de butano sobre las barras húmedas. Me hacía viejo, supongo, o era el mal de la familia. Me dí cuenta de que facilitaba su huida, La de ella: quería su convicción de que estar conmigo no valía la pena. Quise que alguien me lo dijera, como el ejercicio de una dramatización. Bastaba cambiar el tiempo del verbo, una magia, una patria. Les fabricaba un reloj, un puente, un falso recuerdo. Y se iban, dejándome triste y feliz.

Laq formación ayuda a la corrupción. (En la corte de Felipe). 202

31 diciembre 2010

Sospechar que la formación ayuda a la corrupción

Es sólo una verdad a medias. La realidad es más absoluta, si cabe la geometría: no hay corrupto perfecto sin la adecuada, estricta y por tanto perfecta formación, especialmente puritana y científica. La carne entristece -dice el franchute Mallarmée con o sin absenta- y tras la lujuria viene la decadencia. ¡Por supuesto! Está escrito, como todo, que así sea, para darle nuevo impulso a la necedad, que es la madre de todas las cosas (principalmente del Estado partitocrático y de la reverencia social al jeta). Pero esa necedad tiene el singular efecto de favorecer  a quienes la promueven, porque de ella -y de la epidemia que genera- se nutren y nutren hasta casi explotar de prebendas, ocio y mentiras (con beneficio).

Así que la formación no nos sirvió para nada con el muerto. No siquiera discernir si era Caín. O Abel. Hasta que alguien decidió averiguarlo en beneficio propio. Y eso nos excluye, excluye a todos los miembros del Club. Incluidos los advenedizos, que se colaron por equivocación, aunque no por error, porque eso no existe en la teoría del Caos.

Quien se percata de ello y utiliza ese infame bien que le sitúa en las cumbres es como aquel pecador contra el espíritu que dice Pablo a los Romanos. Literatura epistolar de miedo. ¡Temblad, malditos! O sea, habéis descubierto el tinglado y ya no vais a meter más la pata en el agujero del pensamiento. Lo moverás sólo para sacarlo y pisar fuerte. Que piensen ellos y se entretengan pensando que pueden cambiar el mundo (o que nada va a cambiarlo). Por eso me dediqué a investigar, hice de los Manuales mi Biblia -libro de libros, extremo y polimórfico que encierra un dios o dioses como tanques blindados, como bombas o bacterias indestructibles y dañinas- mis truleyes y el CDF: una tapadera. Mi destino no era permanecer oculto, como la luz bajo el celemín.

Uno se corrompe, claro, cuando tiene ocasión. Los puros son aquellos a quienes la tentación esquiva, porque no se la merecen. ‘Nada permitido es puro’, o sea, nada que esté al alcance de cualquiera, o cualquiera puede hacer, es digno de ser hecho. Y en traducción libre, no vale la pena.

El tío Amadeo compraba y vendía. El tío Anselmo se compraba y se vendía. El tío Amador lo intentaba y era el más tonto de los tres hermanos, la triple A, mis tíos por parte de madre, que tenían otros tantos hermanos gemelos, el registrador, el notario y el marino mercante, a quienes nunca veíamos. Sólo una vez regresó el marinero, para matar a los otros dos, a los de los papeles -decía- pero no lo hizo. Se enroló de nuevo y nunca volvió, gracias a Dios.

El tío Anselmo conocía a todo tipo de gañanes ricos, dueños de empresas, que es como se llama aquí a cualquier chiringuito, incluyendo los bancos y las multinacionales. Se irritan y se imitan entre sí y alimentan a la Hacienda pública -que incluso tiene una cátedra, para despistar, en el emporio de la chapuza, antes universitas magistrum et cetera. La H.P. tiene una red de invasión dispuesta siempre al ataque. ¡Loado sea Satanás!

 

El peqeñín, o sea El Usuras, quería hacerle chantaje. (En la corte…). 201

31 diciembre 2010

El pequeñín, o sea El Usuras, quería hacerle chantaje,

eso tan aburrido, pero no sabía cómo. Es lo malo de los autodidactas, que empiezan aplicando las máximas de Confucio y terminan copiando el telediario. O las crónicas marcianas, que son como El Caso, con maquinita.

-¡Demasié p´al body, majete!

Aun los delincuentes tienen a veces miedo de los justos. No es un miedo igual que el de ir al Prado, por ejemplo, o a Los Jerónimos para escuchar una coral de Adviento, pero es miedo.

-Si no cambias esa cara de pena, ponte una cajita en la acera y pide.

-O un puestecillo de robar.

-Como Madoff.

¡Cuánto saben los delincuentes! Digo los tapados, esos que ponen cara de bueno mientras te roban el tiempo. En La misma planta que ‘El jardín de las delicias’ está el cuadro de ‘El cambista’. Mi preferido. El tipo pone ese gesto avaro que no se percibe, porque parece un graduado en el Inese, todo planificación y buen rollo. La mujer, que es la jefa, no pierde ripio. Ella sí pone carita de Casio, todo calculadora digital. Dicen que el arte transforma la naturaleza. Es verdad. Bacon, ese héroe, lo probó imitando a Picasso y a Velázquez. Pocos prueban lo que hacen y hacen lo que prueban, no creáis… Pero lo mejor de todo es que los banqueros también tiemblan por su chiringuito. ‘Aúpa campeón, que por esperar me dan las uvas y luego me trago hasta el hollejo’.

Así que le visitaba, como amigo, decía, sacudiendo la manga del abrigo canela, tan elegante que casi le sentaba bien al dueño, un tipejo. La secretaria del tío Amadeo lo mantenía a raya, pero como era cleptómana estaba demasiado ocupada, a veces, regalando los objetos que afanaba. Con el dinero era otra cosa. Metía mano en la cartera, directamente, porque con el fungible no hay que dar rodeos.

-Se parece al poli bobo. El de El Pardo.

Como no daba la talla, pero tenía enchufe, le dejaron en el vestíbulo, sentado, que disimulaba. Miraba más allá, pero es que estaba un poco p’allá, que decía Pilonga, en el argot pableño. Así que no le costaba. Todo estaba previsto. Cuando nos coláramos en el Museo, por ejemplo. La visión del guardia bobo -y mira que hay- iba a servir de mapa psicológico, como diría un hermanito de la Pampa. Perdón, del Gran Buenos Aires querido. Hacía pareja con el funcionario vago, el de la ventanilla de reclamaciones, que siempre estaba desayunando.

-Ha ido a desayunar.

No en Cuaresma, que era un ligero desayuno. Y una frugal colación. Cosas de iglesia.

-¿Qué dices?

-Pues eso, que era la redacción del catecismo. No, del catetismo. A ver si te crees que sólo valen las canciones de los sesenta y los setenta.

Bueno. Cime está jodido porque no puede pagar la pensión, y su ex le pone mensajitos. El Usuras le persigue para pedirle pasta, y es que mi hermano siempre ha parecido un tío rico. La tía Mercedes lo explicaba, atusándose el bigote:

-Mi Frasquito y mi Don Diego. Así les llama la abuela, pobre.

La tía Mercedes dice que todo el mundo es pobre. Ella es rica, claro. Por cierto, Frasquito soy yo, un paria. Pobre. No sirvo ni para aparentar.

Menos mal que entré en política. Antes intenté ganarme la vida honradamente, e incluso tuve un intermedio: fui noviete de una banquera. Bueno, su padre lo era, pero no me gustaba. Preferí a la chica. Lucía un peinado que parecía un zigurat. ¡Qué bella palabra! Menos guasa, que el idioma es la patria, ¿no? Un día Cime llegó contento. Era una novedad. O es que había pagado la pensión y le dejaban ver a su hijo. Las esposas te esposan con el chantaje de los niños, apoyadas claro por los juezos y las juezas, como dicen que debe decirse. Pero no.

-¡Tengo novia, Miguelito!

Ahora que pienso, tenía cara de polvo. De polvazo, por lo visto, y eso es de lo poco que te hace feliz. Aunque ese francés contrahecho diga que la carne entristece. ¡Poetas!

No  sé si me he presentado. Me llamo Miguel. Miguelito. Miguel Martínez Martínez. M para los amigos. Y a partir de ahora para todo el mundo…Claro.

Yo también tengo una novia. La conocí en un guateque, que es el nuevo nombre de las party ahora que vuelven los sesenta. O los setenta. Se llama Sofía. Una coincidencia real. Ya veréis. Nos vemos poco, para mantener la llama encendida. En realidad es que a ella le gusta su vecino de rellano, otro catalán.

-Molt maco, ¿eh?

Me lo presentó, encima. Y es que mi historia está llena de sobresaltos. Como lo del muerto. Y el cuadro. O el chantaje, el secuestro, la geometría, y sobre todo la duplicidad.

-Pareces otro.

¡Velay! Que dicen los castizos del sur.  Somos el otro, de vez en cuando. Lo malo es cuando quieres cambiarte y regresas. Digo que regresa el uno, no el otro. A mí me pasa con la anestesia. Tardo un poco en encontrarme. En una de estas inventé el ya inventado Club de las Decisiones Fundamentales. Una gilipollez como otra cualquiera, como votar en las elecciones, simplemente votar en lo que sea, aunque no elijas a nadie o a nada. Me di cuenta algo tarde de que eso también estaba escrito, para que llegase Lonsi. La esposa de Patacero, líder, como Abú rey.

Para reyes, el mío. Mi suegro. Leti se opuso porque soy plebeyo, pero me llevé el gato al agua. La gata. Luego huímos, tipo Antonio Pérez, a los feudos de Bichof, el Barbas mesetario. ¿O era el lobo estepario?

Antes llegó lo del secuestro, y luego lo de Silva. ¿Os he contado algo? Silva me miró con ojos de gacela, o de almendra o qué sé yo, y me dijo luego que sentía el estremecimiento de la primera intimidad. Debió leerlo en alguna novela -no sé si de Roa o de Vallvey, aunque tenía una foto del auriga, o de Loriga, en la mesilla- y soltó la perla aunque ya entonces era mamá de un niño de cuatro años. Vaya con la primera vez. Hay que echarle imaginación a las relaciones ser-xuales. Es como lo del humo del tabaco. Está prohibido, pero no el de la leña, o el del fuel. Soporta y abstente, a joderse un poco, porque la violencia nunca desemboca en la libertad, como un afluente jamás desemboca en el mar. El destino es la esclavitud. Tampoco está tan mal, te deja tiempo. Y no pagas tanto impuesto, que es para lo que sirve la normalidad. Aunque bien pensado -he ahí la paradoja, etcétera- lo que te hace esclavo es la violencia. ¿Recuerdas el chiste? -¡Te encuentro formidable! ¿Cómo es eso? -Pues que nunca discuto. -¡Será otra cosa! -Pues será.

No os he hablado aún de mis sueños. Hablo bajito porque sé que no lo son, algo que, por otra parte, no es una novedad. Mis sueños se sueñan, y eso es para despistar, con el fin de que no nos conozcamos y esa ignorancia nos pacifique. O sea, todo lo contrario de las prédicas, las autoayudas y las normas. El tío Anselmo tiene un opúsculo -él lo llama osúsculo, porque dice que las editoriales ad usum se asustaron al medio leerlo, que es lo que hacen, medio leer, no asustarse, o bueno, ambas cosas- que se titula ‘Adiós, justicia, adiós-, y que se entiende muy bien. Los sueños son la vida del otro, o de otros, y por eso me interesan, para alejarme de mí mismo y así de casi todo el mundo que me rodea, aunque un día llegará a alcanzarme y debo estar preparado, sin olvidarlos. Por eso los anoto, y echo aquí en este pesebre algunos granos. Alez (lo cito de paso, porque él no querría que le recordase detenido como un viajero extraviado en ese mojón triste) anotaba como en un resumen los puntos fundamentales de la existencia -cuando ya no le interesaba- y todo eran conspiraciones. Cada análisis daba otros puntos, como en esa puntuación dialógica A.1-A1.1.-A1.1.1., y así ad infinitum, o sea ad nauseam.

Lo del narrador no son sueños. Es peor. Se lo imagina, pensando. Deja las ideas y piensa, a ver si de verdad tropieza con ellas. Lo hace para entretenernos. Las hilvana y teje una capa multicolor, un poncho de primavera que se empapa con el rocío.

Me pregunto si esto es el curso de la vida. El tío Amadeo dice que eso se percibe follando, y si jodes poco estás jodido para siempre, y si mucho igual. Pero que es mejor mucho o bastante, y la riqueza del idioma -o de la lengua, puaf- no transcribe exactamente la enjundia del asunto, probando así la traición a la patria, porque el lenguaje es la única patria incuestionable. No pienso en mi vida, sino en la vida genérica que nos vive. Yo le había dado beligerancia polimórfica a todo el mundo. Bueno. Eso quiere decir -es que tengo alguna pesadilla y me despierto queriendo explicar los sueños- que tó el mundo podía servir pa tó. Y era bueno. Error. El portero es el portero y el cura el cura y la mucama, mucama, ya no existe el azar en la distribución de las oportunidades. Tú las fabricas. Si quieres. Que habitualmente no quieres. De modo que cada cual existe como lo que es y para lo que es, y las mezclas explotan como el SO4h2O con el CLH. Posiblemente.Probablemente.

 

 

 

 

 

Bellatrix folló y luego vomitó… (En la corte del rey de Castilla). 200

31 diciembre 2010

“Bellatrix folló y luego vomitó sobre el cuerpo desnudo de Roque.

Se vistió deprisa. Al abrir la puerta, un sicario de Don Héctor, su padre, le disparó en el pecho. La había confundido con la amante de su sobrino, que le había dejado las llaves del ático.”

Miguel dejó de leer y miró al techo. ¿Le gustaría así a la jefa? Recordó su última conversación.

-Así no vamos a ninguna parte, M. -Le llamaba así, como la jefa borde inglesa al 007, y eso le daba mucha moral-. Este guión -señaló el bulto de papeles derrengados, que tanto le costaba escribir- es una mierda. No tiene… modernidad. Ni gancho, ni nada. ¿Es que no ves la tele? ¡…Déjalo hombre; no sirves para los guiones!

Miguel sí veía la tele. En la última serie un abogado -licenciado al parecer en la Cloaca  Maxima- se …liaba… con todas sus clientes menos una, que era lesbiana, defendía o acusaba, según, a los mismos sujetos por idénticos hechos, y organizaba fiestas diurnas y nocturnas con todo el bufete. Lo mismito que pasa aquí. Se ve que la imaginación es el poder.

La biblioteca de Miguel se reducía a los comics que daban gratis con la prensa que compraba su hermano. El resto estaba en cajas, donde la metieron la última vez que cambiaron de piso, hacía diez años. M. no se atrevía a sacar los libros, por si se veía obligado a empaquetarlos de nuevo, pero también es que recordaba a su abuelo, con las manos rubias sobre el tomo de La Odisea.

-Aquí están todas las aventuras posibles. No necesitas más.

Miguelito se lo creyó. Sólo que aquel ejemplar estaba en griego. Y antiguo. A M. le pasaba como a Borges -en eso eran iguales- y es que no podía leer el griego antiguo. Y encima su abuelo -por quien le pusieron el nombre- se parecía a Unamuno.

-Yo soy, en realidad, M.M.M. -aclaraba con frecuencia. Y con eso la gente ya no le entendía.

Se compró una traducción. Venía junto con dos o tres cosillas de los clásicos. Un horror.

Tú crees que tu vida te pertenece. (En la corte del rey de Castilla). 199

30 diciembre 2010

Tú crees que tu vida te pertenece; pero no es así.

Todo eso es mentira. Prueba si no a pedir un crédito sin papeles. O con alguno menos de los justos y necesarios. Prueba que las promesas engañan. Si no me crees, intenta hacer con ella, con tu vida, lo que te de la gana.

No sé si se notaba que venía de New York o de San Pablo. Tanto monta, me daba igual. Creo que ese era mi problema: que no veía que ese era mi problema. En Madrid las motos no miran  a los peatones, digo que los jinetes pasan del humano y del reptante, vuelan sin deglutir la esencia que se arrastra, fétida y confusa. Los motoristas miran al semáforo, para no perderse ni un milisegundo, qué digo, ni un nanosegundo de libertad. ¿Libertad? Vanidad, de vanidad. Arrasa, Fangio, ruidoso esperpento. Salir pitando, la ilusión de Nancy, de Barbie, con sus barbas, con sus cueros, machos de pega. Así no vas a hacer muchos amigos, esto no va a comprarlo ni Goebbels para el Ministerio de propaganda. Ni la National, que lo tiene todo, dicen. Debe oler al entrar. Mal, peste. Es posible que los monstruos, al tiempo, depriman y exalten, como Bacon, como Magritte, como Escher, como Velázquez, como Picasso, como Beckett, como Ionesco, como Quevedo, como La Callas, como Plácido, como Pavarotti, como Mozart, como Verdi, como Ludwig, claro. Ninguno paga por salir. Por salir aquí, en el nomenklator.

Las mujeres guay hacen el ‘desperta ferro’ con los tacones. Y con los cojones del descuidado. Pero si las miras apartan la mirada, para que puedas verlas desnudas de su corteza, para que se las follen hasta las farolas. Yo imagino que soy viejo y les gustan los viejos. No demasiado viejo. Un viejo atractivo. ¿Por qué no imagino que les gusto así como soy, joven? Porque la imaginación debe deformar, es el arte de la inteligencia, transforma para existir.

Herencia tímida: como los otros genes.

Soy un poco cojo. Me pilló un tranvía en Bravo Murillo, como a Gaudí. Bueno, a Antonio le pilló en otra calle, justo cuando visitaba su obsesión, que crecía como todas cuanto más la visitaba. Yo estaba frente a la iglesia de Los Ángeles. Tengo cuatro, ángeles, pero ese día libraban. En Nueva York vivía en un rascacielos de un Banco japonés, y en San Pablo vivía en una casa en medio del campo. Como los toros de Bergamín. Ese toro solitario que corre entre los olivos, no sé lo que va buscando. De repente se ha parado, para sentirse más solo. Más solo en medio del campo. Era lo mismo. Con diferentes perspectivas todo converge. Al revés de lo que dicen. Casi todo es al revés de lo que dicen. Por ejemplo, lo que decía mi padre. Era el cura. Su hermano me adoptó, pero mi padre era el cura. Un tipo alto y guapo, que confesaba como Aristóteles, peripatético, paseando bajo los chopos o los tamarindos o el toldo amarillo del Ritz, que emboca el Botánico como un calcetín recién lavado.

Elegir es despreciar, me dijo mi padre -putativo- cuando le pregunté qué hacía con ese dilema. Falso dilema, pienso ahora, pero en fin. Me contó lo de Paris y Afrodita, el odio de las otras, o sea que hagas lo que hagas quedarás mal, porque estás fuera de lugar, estás sujeto a la Parca y al destino y al azar, y al hielo de las aceras que te romperá la crisma. Oye a tu corazón. Desoye tu cuerpo, por ejemplo. Cosa vuole lei!

Mi abuelo -el padre de mis dos padres- leía a Ovidio y esa panda. Me regaló esta Odisea, que es mi libro de cabecera, porque sus versos en prosa saltan como los caballos del ajedrez, describen parábolas en la línea, ocupan espacios vacíos, derriban enemigos, conquistan y vuelvan a su reposo, esperando mis ojos y mis manos. El tío Anselmo decía que mi abuelo era el ganador de la familia Lo decía con envidia, confesada y completa, una envidia que no le impidió tratar de emularle, al contrario, le servía de estímulo, aunque a veces chocaba con un aguijón envenenado, que era la diferencia de perspectiva, el enredo que nos teje la vida y que nosotros utilizamos para apresar nuestros miembros y nuestro coraje

-¿Por qué lo dices? -Yo le preguntaba como un mendicante al oráculo.

-Porque se cansó de hacer la declaración de Hacienda y de recoger las notitas de la Agencia tributaria, que él llamaba las cagaditas de las palomas en el alféizar. El abuelo era un poeta.

Se reía, como un jabalí. Porque los jabalíes se carcajean entre los brezos y la jara, sobre todo cuando ya ha pasado de largo la escopeta. Son unos cachondos tarados, repletos de hormonas. La hembra del jabalí siempre corre delante, huyendo, como las ninfas de Diana de El Prado, perseguidas por los sátiros, que tienen patas de cabra y una barbita como la de El Púas. El Púas toca todo lo que cuelga. Es broma, toca todo lo que tienen cuerdas, y la bandurria con púa. A veces también la guitarra.

-Suena más limpia, como si aguardara ese tacto tan especial.

En el Club poníamos Mozart y esa gente. Yo prefería los conciertos de Wagner y Rigoletto. Sobre todo cuando dice eso de ‘panchula’, que me hace muchísima gracia. ¿Te imaginas a mi hermano, por ejemplo, llamando panchula a Anita?

-No llores más, hijita mía. Non piange piu, panchula.

Anita llora como si se lo creyera, como si tuviera obligación, como si de verdad lo sintiera muchísimo. Lo que sea.

-Pues así está bien. Hay que ser auténtico.

El tío Amadeo -en la familia proliferan los nombrecitos clásicos- decía que ese debía ser el objetivo de todo mortal. No el bienestar programado, sino el ‘nosce te ipsum’, que libera. De verdad.

Así que mi abuelo lo mandó todo a la mierda -lo que no se quedó él, claro- y envió una tarjeta al ministro, que decía.’Trabaja tú’. Y no se lo puso en latín para privarle de la salvación eterna, que como todo el mundo sabe viene en latín, y porque sonaba más flojito y le gustaban las ‘tes’.

-La negación es un muro. La afirmación, debilidad. -Me decía, cuando dejábamos en el cole a mi sobrina Anita, que se aburría jugando al balón-tiro. La niña se colocaba la camiseta de fosforito y observaba el entorno como un aguilucho antes del primer salto.

-Yo fui campeón -Le comentaba al tío Amadeo, señalando las torpes maniobras de los peques-. Pero jugábamos con pelota pequeña, para poder lanzarla con más fuerza. Es que antes éramos más cabrones. Los niños.

-No creas. Siempre es igual. Son tanto como sus padres. O sea, mucho.

El tío Amadeo fue siempre el soltero de oro. La gente, las mujeres, creían que estaba forrado. Sólo porque lo aparentaba. Él no hacía ningún esfuerzo por desmentirlo.

-Las apariencias, Miguelito. Las apariencias son el secreto de todo. Por eso los gurús, sacerdotes, ministros de algo, masones, kukús y cocineros se ponen hábito. Cuanto más largo y con más pedrería, mejor. ¿No ves las drag-queens?

Yo no sabía exactamente lo que mi tío quería decir. Pero me gustaba escucharle, porque tenía la voz profunda, y nunca se sonaba la nariz. Un misterio. Sobre todo en una familia de mocosos, como la nuestra. Un día se lo pregunté. Sonrió como si se le estuviera pasando la anestesia del dentista y el labio iba cayendo poco a poco hacia el hombro, con sueño.

-Es la costumbre. De la Curia, ¿sabes? No se llama así, porque hemos perdido las buenas formas. A veces la porquería se acumula y antes de que te caiga encima, o te la quitas o la estampas. Es como la educación en la mesa. Fundamental. En la mesa y en el juego se conoce al caballero.

Hay que saber perder. Es el lema. Lo de la educación me suena a lo de siempre, o sea que expiamos culpas y sufrimos, como bajando los codos para partir el filete. Es una manera de odiar el mundo, darse cuenta de cuánto nos fastidia. Pero no le demos importancia. A mí no me gusta perder, ni que me fastidien. Tampoco que me hagan perder el tiempo, aunque eso no lo tengo dominado. No sé exactamente cómo se aprovecha o cómo se hace para que los demás no te lo quiten. ¿Como sacarse un moco o escarbarte una oreja?

-El dinero sirve para aprender a guardar las formas. Si no, no sirve. Te hace servirle, se convierte en tu amo. El dinero es un invento del diablo para volver a la gente loca, y lo ha conseguido. Pero si con él mejoras tu educación, se rinde y te deja salir del manicomio.

Ya os digo. Yo no entiendo bien a mi tío Amadeo, pero me gusta lo que dice. Además me prepara unos batidos de Colacao en su casa de Quevedo, porque es mi padrino y siempre dice que estoy flaco. Me recuerda a la tía Hermi, cuando me cuidaba de niño, en los largos veranos del sur. El tiempo entonces era distinto. No íbamos a su encuentro, no se nos habría ocurrido nunca que alguien pudiera perderlo y luego retroceder, o avanzar en su búsqueda, añorando lo que fuere, algo tan inconcebible como estar en el mundo sin ser feliz, un concepto que jamás se pensaba, ni se deseaba tampoco, algo que se bastaba por sí solo, que éramos nosotros mismos.

-¿Tú también?

-Pues claro. No soy tan diferente.

-Te lo has creído.

Ahora, mirando al tío Amadeo, en sus pupilas grises de gnomo sabio veo cosas, y me avergüenzo de ser tan descarado, pero creo que él no se entera, está demasiado ocupado con sus cosas de mayor, de sabio, de rico, está demasiado ocupado intentando olvidar y creyendo que hace lo contrario. Sobre todo veo cómo todo cambió de repente, cuando mi hermano decidió que yo no valía nada y transformó mi tiempo en algo ajeno, que debía ganarme escarbando como un perro sobre su mierda, un tiempo que no constaba de tiempo sino de sombras, acurrucadas sobre el vacío para empujarte. Y comencé a sentirme fuera de los carriles por donde circula la sangre que se vende en los mercadillos del sábado. Fuera de los lugares donde alguien pudiera reconocerme.

Bueno, comprenderéis que esto no es lo que se llama un cuento de hadas. ¿O sí? La importancia de las cosas está en función inversa de la solemnidad con que las tratamos, y nada merece ni un segundo de melancolía, y menos de tristeza, y menos de jaleo, excepto un buen gol por la escuadra, o el grito del urogallo cuando busca pareja, escondida y anhelante, golpeando las teclas de un piano viejo amarillo desafinado.

Nunca eres el mismo. Pero siempre son otros quienes te lo dicen, cuando te cambian el collar: ‘Pareces distinto’. Suena casi tan peligroso como ‘qué bien te conservas’, o ‘estás igual que siempre’. Ese adverbio -que ha pasado por muchas vicisitudes conceptuales, o sea, nombrecitos, cosas con las que se entretienen los burócratas- significa de todo. Por ejemplo, nunca, o todavía, o casi nunca, o apenas, o hace poco, o demasiado, haz una prueba, juega con las palabras y verás el puzzle. Los mismos amos no duran demasiado, por eso pareces diferente. Se creen que eres el mismo pero que no lo pareces. Un día ya no lo soporté. No lo soporté más, si queréis. Cuando se habla así, es que uno está ya histérico, o es un frenópata, o se le ha ido la olla, o tiene una biela floja, y ese ‘más’ es una escalera resbaladiza de peldaños infinitos. Vaya coñazo, subir, y subir, y cuando quieres bajar, pues bajar y bajar, y siempre en los peldaños, un viaje arriba y abajo, asido a la barra como un contorsionista con reuma, falló el triple salto mortal, cataplás. Una escalera de infinitos peldaños afilados, cuchillas, cristales, navajas que se van turnando bajo tus pies desnudos. Pero lo peor eran los golpes, golpes al abrir, al cerrar, al pisar, al caer, al subir, al fregar, al peinar, al torcer, al mirar. Golpes secos, malogrados, con recochineo, golpes. Y arrastrar cosas, ninguna de ellas iba en vilo, en brazos, sujeta, alzada. Todas iban a rastras, arrastrándose, como si pesaran tanto y tanto que… Así que un día ya no lo aguanté más. Me sentí tan bien que pensé: “Me he muerto”. Y enseguida pensé: “O se han muerto todos los demás”. Ambas cosas, una y otra, tenían que estar unidas. Una esperaba a la otra como el agua que va por su cauce y va por eso unida, se acompaña a sí misma sin que nadie, ni tu mujer, pueda llevarte la contraria por afirmarlo. Un tema de Almodóvar. Un día ya no lo soporté más, y apenas me daba cuenta de que lo que no aguantaba ni un segundo más era a mí mismo, que estaba tan harto de soportarme que sólo la idea de desaparecer me ponía eufórico. Sólo se piensa cuando se folla poco. Y ese mal no caduca, se queda ahí, como el pecado.

¿Qué pasará ahora que me quedo solo? Cuando entre en casa, dé la vuelta a la llave y cierre la puerta pasados esos segundos que no existen porque el tiempo se suspende aguardando que alguien te reciba. ¿Qué pasará con el eco de tu paso, con la carraspera que choca en la pared y regresa sin querer -iba a decir poseer- otro cuerpo? Las ceremonias siguen invariables, la más importante sacar la basura. Pero ya Paco el barman del pub no te mira lo mismo, ni el conserje, ni la vecina, porque ya no tienes secretos, eres un tío solo, y estás desnudo como te parió tu madre allá por los años de Mari Castaña. Debería estar prohibido. Sí, debería estar prohibido eso de convivir, porque luego te arrancan la piel y hasta que la mudas pasan muchas serpientes por el Paraíso. ¿Por qué tienen hijos si dicen tanto eso de que no les aguantan? La mirada al suelo, la expresión de magistrado con trienios gastados en el sillón, ni siquiera triste, algo menos que eso, absorto en los pesares de la edad, no el propio tiempo, la propia edad, no, esa no existe, va pasando pero no existe, es la otra, la de los otros, una linterna mágica, el viaje a la Luna, el regreso del Capitán Trueno, los sueños. En el sofá Alex dormita, feliz, claro, porque los niños sufren sólo si han estado con los mayores un mínimo de dos horas, la franquicia del virus, el tempus de la bacteria, imposible combatirla, hazte su amigo, crece, olvida a Peter Pan, ve a la fiesta, sé real.

Nadie debería aguantar al otro, y viceversa, o sea que el mundo no existe. Un desideratum tipo imposible, como los apotegmas de Nietzsche. ¿No lo sabemos al nacer, no está ya escrito? Te miran, no te preguntan, te golpean, así se recibe al nuevo. Una frase hecha que desvela la necedad más aún que el gesto huidizo o severo o cabreado de la mayoría. Y las cosas te dan la espalda, se acabó el vino y los limones tienen moho, la nevera tirita y te haces un ‘capuccino’  que está amargo. Te viene la extrasístole, que es como un gol inesperado cuando vas ganando con la gorra. Nada grave, pero incómodo, sí. Aunque sea tan narcisista, o tan ingenuo, que busco en mi desgracia esa estética del romanticismo, la de Larra disparándose en la sien y la sangre que vuela como mariposas de color púrpura. Poniendo adjetivos felices a la desdicha, que no tiene remedio porque es una palabra muy jodida. Si quieres temer algo -¡qué bobada!- teme lo pequeño. Es más probable y más divertido.

¿Pero de qué vas, mamón, con tanta mugre? Me desperté y el sofá estaba aún caliente. ¿Habías estado conmigo o era yo mismo Parte de mí, que se recogió en el momento último, para doblarse o desdoblarse. Aunque sabía que iba a caerse dentro se asomó. Y se cayó, pero todo fue tan rápido como un parpadeo. Se cayó dentro y ya no pudo salir. Alex quiso meterse en el agujero. Los de Ribertrola, esos que contestan siempre las reclamaciones diciendo que reclames al maestro armero y que ellos son perfectos, y remitiéndote a sus cómplices de la Administración para que te revisen el contador, estaban con un boquete. O eran los del gas. Esos que te cobran como si fueses a financiar tú solito el gasoducto de Ucrania. Alex quería meterse dentro, pero lo vio demasiado profundo y no es tonto. En la calle Serrano unos pivotes y separadores de diseño acortan la anchura de la calzada, se organizan atascos monumentales, los autobuses arremeten por babor, nos acurrucamos en el coche, y no hay operarios, no hay agentes de lo que sea, sólo estupor, más allá de la convicción silenciosa de que Madrid es la ciudad más maravillosa del mundo, entre otras cosas porque no es obligatorio el catalán, ese vaso de agua clara que antes convivía y ahora aborrece al castellano por Decreto. ¿Qué pensará el rey de Castilla? ¿Y el conde de Barcelona? Nos hemos dado un golpe fino en la cabeza, justo debajo del arco superciliar, por donde dormita el centro de todo, eso que nos frotamos al quitarnos las gafas. Ya llevas puesto el cardenal, o el esguince, o la pata quebrada. Si no es como esas veces en que algo pasa y luego cambia y vuelve todo a su ser como antes. Arrabal llega siempre tarde, como Dalí, Tienen que llamar la atención porque son pequeños, feos genios. Me preguntó: ¿Quieres ser feliz? ¡Vaya tontería! Ante la duda, siguió: ¿Quieres ser filósofo? Yo conozco un filósofo. También conocí a Aranguren, a Marías, a Laín y a Zubiri. No sé si eran futbolistas, la media de La Leontina. Rió a carcajadas: Es la dilogía. ¿Y eso qué es? Una vaca, ¿sabes? Con dos cuernos. Como todas. La piel de buey sirve para hacer sillones donde descansar, mirar por la ventana y tirarse de los pelos. Hay obras de teatro con muchos personajes. Me pierdo entre ellos, y al final no sé dónde está el teatro y si estoy dentro. Pero las de uno solo son peores, porque al final no sé si soy yo.

Cuando se daba la felicidad empieza la contrariedad. Convalecencia. Es lo mismo, o sea tiene el mismo origen y el mismo fin. Viajes o estés quieto, sueñes o veles. ¿Y si fallas? Al final la carne entristece, pese a las novelas y a la envidia. Y a la ingenuidad. Pero cuando venga el vacío, huye. No vale la pena conocer la verdad. Nunca.

No sé qué me pasa. Nunca lo he sabido, si es que tengo que saberlo, saber algo, o si me pasa algo. Lo digo porque cuando no me saludan me pongo histérico por dentro… Tengo una teoría: la gente que no saluda no existe. Nos los imaginamos, pero no están ahí. Y luego están los héroes anónimos, los únicos de verdad: no van de ONG, de excursión al Chad o a La India, no: se van con lo puesto y las manos y el corazón, o hacen cada día la cama y la comida y cuidan al enfermo o sonríen cuando no les llega el dinero para pagar el arroz. ¿Eso existe? Es lo único auténtico, creo.

No están ahí. Y no quieren estar porque en ese caso se esforzarían, dirían con el ‘hola, buenos días’, ‘aquí estoy, quiero vivir’. También tengo la teoría de que somos dos o tres. Y que a mí todo me saldrá mal porque sólo estudié de pequeñín y de joven. Y no viví nada. Pero nada de nada. Y eso se paga para siempre. El problema no es que yo vea cosas en los ojos de los demás. El problema es que los demás, que no ven casi nada, sí ven cosas en mis ojos. Y salen disparados, porque no les encaja. No es que les disguste. No; es peor. O diferente: no les encaja, les saca de su sitio, y se ponen a buscar ese sitio u otro, para estar cómodos. Pero no lo encuentran. Yo sí. Yo tengo un día muy largo entre las manos, y en una parte de ese día hay un dios, o sea, eso creo, me acusa de algo malo siempre, pero le aguanto, lo soporto, y es que mi alma sufre. No os riáis. Me lo dijo el tío Anselmo, o el tío Amadeo. ¿Son dos? ¿O sea cuatro? Me dijo: ‘Hay que ver lo que sufre este niño’, bueno, se lo dijo a mi madre, que siempre se frotaba las manos como si esa piel que os digo comenzara a mudarse por los dedos, o como si se quitase un guante de plástico, o sea de látex, de cirujano, o de fregar, pues luego tarareó, con el puro y el whisky mezclados, una coplilla que sonaba ‘sufridora es el alma que llevo’, y a mí me parecía que la llevaba a la grupa un caballo que se llama Al-Burak.

 

 

 

 

 

Entramos algo tarde al Club. (En la corte del rey de Castilla).198

30 diciembre 2010

Entramos algo tarde al Club.

Lonsoles había estado de compras con Silva, en las rebajas, y nos dieron unos sombreros tiroleses, con su pluma y todo, que a Guardiola y al ‘Auto’ no les cabían porque eran de cabeza gorda. El Púas seleccionó una pieza de Mozart y cerramos los ojos, o sea nos dormimos, para pensar. ‘Silencio, aquí se trabaja’, era el lema del tío Anselmo, que tenía enmarcado en la puerta del dormitorio. Me dijo que lo había copiado de un inglés, que se echaba la siesta española, larga y fecunda, advirtiendo en un letrero: ‘silencio, el poeta trabaja’. En esos momentos me acordaba de María, y es que  cuanto más a oriente, aunque sea poquito, más místicos, y si no que se lo pregunten al camino del corazón, que está lavando prendas de índigo en el Ganjes. Los del nirvana y los místicos acaban -o empiezan- igual, o sea abandonándose en el todo -o en la nada, que viene a ser lo mismo. María cerraba los ojos, unía los dedos índice y pulgar y resoplaba con  gracia iniciando el mantra clásico de fluir y eso.  Yo asentía, y ella me criticaba, porque no acababa de creerme, pero es que aquello -al contrario que las sesiones de Eva-Isa– me daba sueño. En el duermevela, que aprendí de mi padre y del tío Amador, un experto como Don Camilo, se me aparecía una figura que cambiaba de rostro, como el fantasma de Hamlet, y es que reproducir a un ser humano es inhumano, como dijo Stiller, creo, y esa es la razón de que nunca salgan bien los retratos que uno hace de uno mismo. Algo me decía que aquella iba a ser una tarde muy especial, así que apreté el Cuaderno del Narrador, casi exprimiendo la última historia que había leído, para recordarla como en un sueño.

 

 

Patacero colgó de mi cuello la encomienda. (En la corte…). 197

30 diciembre 2010

Patacero colgó de mi cuello la encomienda.

Me sentí como mi amigo el de los graffitti, que ya era cargo oficial en el Repartido -así lo llamamos ahora, por lo del reparto entre todos sus miembros de todo lo que se mueve. Al principio pensamos que como en USA -y casi en Magerit-es delito pintar la calle, pues el líder invicto, para llevar la contraria al Imperio, instituyó la Secretaría de estado de graffitis y pelendengues, en el Ministerio de Incultura, pero no era sí. No, porque desde Mojama, el presi oscuro, tan caballero como Batman, éramos amiguetes de los americanos, y eso nos llevó a todas las guerras abiertas, en misión de paz, ya ves. Nazarín se dedicaba, con Largazón el juez, a las cacerías y a dar charletas retribuídas, y habían hecho con Gonzálvez una sociedad de mus y chinchón con algo de dominó, porque a Nazi le gustaba golpear las fichas sobre las mesas de mármol, como un marine.