Le pregunté al tio Amadeo… (En la Corte de Felipe). 116

Pregunté al tío Amadeo, de refilón, como a él le gustaba. Se preocupó al verme así, interesado en la sociología, como llamaba a las cosas ordenadas y académicas, o sea al resto de las cosas. “El derecho, según cómo…; la política, según… ¿Y las ideas? Tal vez existan como un vino puro. Tal vez. Sin embargo…”. Los adversativos, la adversidad, esa gramática dilógica antes de que los prejuicios la vuelvan parda. Reflexionaba en silencio, que es lo natural, y lo olvidado, porque ahora leen todos las reflexiones y no inventan, o sea no encuentran pues nada buscan. Elogios e insultos en recordatorios: que no se me olvide llamarle tal o cual cosa, eso que puedo no sentir, para hacerme sentir, para que lo sienta… “Sr. Director. Cuando leo el periódico, por ejemplo el que usted dirige o pone que dirige, observo que siempre se registran los mismos registros, la música adocenada suena igual, con o sin talento, porque la voluntad se hace esclava de las consignas. Los creadores crean por encargo, en la misma dirección. Si es de la llamada derecha, contra la llamada izquierda. Y viceversa. Ormuz y Arimán, como quiera que ahora se llamen, son aficionados rivales; los profesionales, cualesquiera de nuestros políticos draculianos, de colmillejo sangrador. Sus líderes lo mismo, siempre la demagogia y el discursete, el pacto fácil para el mantenimiento y la consolidación del poder. Y los intelectuales, a lo suyo, o sea a pervertir la inteligencia, desdeñando la aceptación de lo bueno sólo porque es de otro, laudando lo propio aunque sea mezquino. No es la palabra justa. Desmontar lo que estorba de la historia y estorba a las mayorías de las masas activas, y paro aquí porque los lenguajes de telediario comunal me enervan, que por cierto es debilitar y no excitar. Y así seguía llorando sobre las fotos de los comités políticos, qué madrecitas, sobre los actos de los poderes manejados por el interés si ese interés es demagógico, haciéndose ricos machacando a los ricos del otro signo, por ejemplo, o poniendo sordinas a los antiguos badajos de las campanas para que no llamen a duelo o a rebato. “Y ahora llega el problema, Sr. Director… Porque, a quién envío mi carta?” Así que esta vez tampoco llegó a ningún sitio la voz de quien no estaba n el lugar y en el momento, ni señalado por un dedo tipo Sextina, ni subestimado, ni siquiera vilipendiado o perseguido, ni era representante gay o lésbico o artístico o terminal o económico o así, sólo normal y corriente como el agua que fluye de la fuente…

 

 

 

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