Ejercicio para poetas… (El rey de Castilla).112

El Púas, que no cesaba en el rasgueo ni un momento -hasta la gata se ponía nerviosa, con tanto acorde- se levantó, como Eneas ante Dido, sólo que ni había triclinio en el recinto del CDF, el refugio que Guardi habilitaba como sede social, ni el lector tenía figura de reina.

“Ejercicio para poetas”. Había acompañado su frase, como siempre, al ritmo glaseoso de sus lentes, una óptica equívoca –polivalente, dilógica, cosas así- que agrandaba y empequeñecía sus ojos según miraba, según le mirábamos, y eso era ya un juego académico en el que cruzábamos las deslucidas apuestas de los estudiantes; a veces también profes noveles, enganchados a la fascinación sopista de la juventud perdida, se sumaban a la timba, y en el colmo de la paranoia incluíase ocasionalmente el interfecto. “La verdad es un mero ejercicio retórico. La verdad no existe como sustancia; no tiene ser, carece de entidad, su mismidad es una entelequia holística, y por ello ilusoria –todo es verdad, incluso la mentira, porque es verdad que es mentira”. Lo más original era el entusiasmo, una pasión inútil, de la que se mofaban hasta las manchas imprecisas de la pared, las sombras sedentes en los percheros, los azulejos juguetones, en fin, rumores y nauseas de la multitud retroalimentada, una bestia que conoce los nombres de sus hijos y los llama uno a uno para engendrarlos y devorarlos. “La ciencia es inevitable. El llamado progreso tiene un único mérito, y es el de quedar obsoleto cada día. Fatalmente. El hombre es lobo para el hombre, para la historia, para la galaxia, para Dios”. Un pesimista histórico, reíamos, y a veces comentando afirmaciones que justificaban la cátedra. Al menos no nos aburrimos, la matrícula sale barata, el bufón del rey, hasta que un día piensas, excepcionalmente, un lujo en la Tierra de Promisión, este dorado de cielos que se rompen con las alas de gordos abejarucos, y miras alrededor. Todo construido sobre falsedad, la monda del intercambio. Miras y en los ojos ya hay mentira, desde el jardín de infancia, los niños aprenden rápido las técnicas. Si quieres algo, disimula el interés. Di lo contrario de lo que piensas: por algo tienes el don de la palabra. El Sermón de la Montaña lo dijo claro: Sólo quienes llegan antes y golpean ganarán, y para ello hay que engañar con arte. ¿Qué no decía eso? Léelo despacio. Pero despacio, ¿eh? Y luego hablamos.

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