Las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos.

Las reglas son las reglas, también para los cristianos. Los católicos tienen una norma, en general, y es leer poco o nada Los Evangelios y hacer mucho caso de las normas al uso, dictadas por los burócratas. Ya se sabe que la burocracia impera, como el espíritu en la letra de aquella vieja canción marcial. ¿La hizo Pemán el grande, ahora que vuelve? No creo que lo haga: tiene el estigma de la postguerra, y pasará tiempo hasta que se redescubra, tal vez en alguna de las próximas Españas. Bueno, pues algo así sucede con las palabras de Jesús, que es teóricamente El Maestro. Los actuales fariseos, tan engolados y engreídos de su vanidad como electos para ocupar los asientos de la salvación, ignoran el mensaje del amor y se ocupan de la crítica y el odio. ‘Dejad que los niños se acerquen a Mí…’, porque de los demás estoy un poco harto: de la egolatría, del oportunismo, de la malicia, de la soberbia, del menosprecio, de la misa encopetada, de la falta casi absoluta de comprensión, de la hipocresía social. No aceptamos a quienes no son como queremos que sean o a quienes se apartan de la ortodoxia marcada por los jerarcas y los intérpretes. ‘In claris non fit interpretaio’, dice el aforismo. Y Cristo hablaba clarito, incluso en las Parábolas que ahora critican golosamente los nuevos cómicos. Y es que los extremos se tocan, como es curvo el universo.

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