Cuando Silva y yo leíamos… (En la corte del rey de Castilla). 103

Cuando Silva y yo leíamos,

recordaba al Poeta. Los personajes de sus cuentos, las narraciones que leíamos en el Club, se materializaban, salían de sus recintos oscuros y confusos y respiraban el aire fresco de Madrid en enero, nevado o helado, según el día, en este 2025 en que las masas de aire antártico ya se habían enseñoreado de las mesetas.

-En realidad yo soy un narrador de historias -dijo, y abrió su cartapacio. Sacó un plano dibujado con trazos grises, los contornos de una geografía inventada, supongo. O una copia a mano de cualquier mapa, porque El Poeta -el Narrador de historias- era muy aficionado a la geografía.

-Lo dejé porque el catedrático era tan pedante que comía con los guantes puestos y tan vanidoso que tenía un adlátere en la primera fila que le enjugaba la frente.

Sabíamos que El Poeta fabulaba también en esto. ¿O no? Porque antes de que se cerrase, la Universidad española era como un circo. Sólo le aventajaba en esa faceta la farsa del Parlamento, y el tinglado de los izquierdistas manifestándose. Parecía la fiesta de las flores, muy colorista y guay, con tanto pañolón estampado al pescuezo y orlando esas testas superiores. El tío Amadeo había sido muy aficionado a la farándula.

-Se trata de quitarse los signos burgueses, o sea, corbata, trajes, cosas así, llevar un poco de barba y criticar el capitalismo y aledaños. Entonces ligas como un oso.

Bueno, a mí eso se me da una higa. Todos son unos hipócritas que  miden con doble rasero lo que les ponen por delante. Se lo dije al poeta.

-Tus personajes son menos reales que el ratón Mickey. -Reflexioné. Parece tan humano…- Ninguno habla de política, que es la vocación del actor.

-Eso es pedagogía social. Lo practicaban en el III Reich, ¿sabes? Y Patacero. O sea, el Nomenklator.

Aquella mañana la historia era muy especial. El Poeta había pasado una mala noche, porque su chica le había abandonado otra vez. ¿O era otra chica? Le consolé, hablándole de A. Movió la cabeza como una galleta empapada.

-Eso de los psiquiatras me la suda. Ya les quiero yo ver en su casa, escuchando las gilipolleces de su mujer o de sus hijos.

Silva le empujó cariñosamente. El poeta estaba mimoso.

-Oye, ¿has oído hablar de mujeres psiquiatras, científicas, cosas así? O sea, escuchando las gilipolleces del marido, etcétera.

El poeta se encogió de hombros.

-Políticamente correcto. Me la suda.

-¿No sudas mucho, hombre? -dijo el Automático-. Se te pasará.

Y se le pasó. Casi como a un niño una crisis de chuches. Cualquier cosa menos las series americanas de adolescentes.

 

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