¡Nunca más! (En la corte del rey de Castilla). 99

¡Nunca más! Diego rompió en mil pedazos el pliego, releído con el estupor de un cornudo en Babia. Demasiada confianza en quienes menos la merecían, tal vez por estar más altos. “Allá arriba se funde la luz con un resplandor que ciega”, y esa metáfora fue el núcleo de su venganza. Una corte pútrida que le negaba el descanso, el merecido premio para sus afanes. Se veía obligado a disponer de todos sus ahorros y más aún, de hipotecar los haberes pendientes para adquirir el caserón de Pita. No es posible alcanzar a comprender la mezquindad de los poderosos. ¿O lo son precisamente por eso? Diego archivó en la memoria de sus pinceles los ruines rasgos de aquellos falsos mecenas. “La rapacidad del privilegiado”, se dijo mientras una lágrima casi ocre amenazaba con derribar su apostura. “Nunca más”, reafirmó, y con un gesto firme recuperó el pulso de su tambaleante dignidad. No iba a suplicar a señor alguno. Si pobre, pobre sería, y habían de bastarle las riquezas de esos mundos ajenos a tantos, familiares para él. Los paisajes del alma, a veces trasladados al lienzo, otras soñados.

 

¡Vieja Roma beoda!, susurró… Le parecía estar dirigiéndose a un personaje vivo, cuya carne y cuyos huesos fueran al mismo tiempo sueños futuros y recuerdos. Sólo el presente se escabullía, harto de mezquindad. La bobada de ser hombre, tan lejos de los cánones humanistas que preconizaban los tiempos de oro. “Oropel será, una luz pintada de vaho, como si el aliento del mundo mal oliese”. De pronto sintió una punzada, y su costado se envaró como de calambre. “Algo está sucediéndome en la carne de otro”. ¿Quién había de ser sino el niño? Demasiado rápido, demasiado lejos, demasiado evidente. “Cervantes nunca admitiría este guión para su Persiles”. Daba igual, el presentimiento no venía por el común regato de las intuiciones premonitorias. Paparruchas. El había sido dotado de la fuerza, y veía. Veía con sus sentidos ocultos, esos que le habían hecho tantas veces adivinar cómo irían cambiando los ocasos.

 

-Dieguito, ven aquí.

 

La gitana marcó sus manos con cruces fugaces, y le presionó los carrillos, un pellizco de abate.

 

-Menudo barbián estás hecho criatura, pero tienes el don. Y yo te lo abono, con este mantillo del ánima. Verás qué flores te crecen por dentro.

 

-Las flores crecen hacia el cielo. Para que se admire la belleza de sus colores.

 

La vieja le zarandeó sonriente.

 

-Colores, los de esta carita negra, que tienes ya más ojeras que la beata María Fernanda, la pobre. De tanto y tanto penar parece una remolacha con tocado.

 

Diego se escabulló. Le escocía en las manos el signo invisible, firmas de ángeles más o menos caídos. Pero a través de ellos podía ver el interior de los pensamientos y a veces las columnas de humo que fuman los viejos calderos de los gnomos en las gargantas de los gigantes dormidos.

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