¡Corona Borealis! (En la corte de Felipe). 101

-¡Corona Borealis!- El maestro me miraba, y al tiempo disponía una estraza transparente sobre el lienzo. La pasta pintada parecía vivir, hasta el punto de que me dio un vuelco el aire en los buches cuando trazó una línea dorada.

 

-Cinco corazones, y una estrella amarga. Margarita, la infanta, mi niña.

 

Luego señaló las testas de los seres inquietos que habitaban el cuadro; con el pincel violeta dibujó la señal del cangrejo. Recordé a Boticelli y las alquimias del adusto hijo del César, en su biblioteca de magos oculta tras los labrados granitos de El Escorial.

 

La luz insertó alfileres de miedo en las pupilas de los reyes. Diego señaló el espejo, alzando al tiempo el esbozo con sus dos líneas planetarias.

 

-¿Por qué ahí reflejados, maestro? Solo tú –y a quien lo reveles- lo sabrá. Y no es cosa de guardar esos testigos, en un cuadro único.

 

Velázquez no me miraba. Con ese gesto suyo que le avejentaba y embellecía, arrugó la frente. Un susurro.

 

-¿Único? – movió algo la melena, coquetería de nazareno tal vez. Alerta y opaco, un lince dormido, rasguear de guitarra en el atrio de la alcazaba, tinta ocre en los pétalos. Lejos la Corte, hipócrita levita gris, agua quieta. Me estremecí. Los sujetos del fondo se movieron, seguro.

 

-¿Único? –repitió. Sí en el espejo. Para celar la vuelta del honor. En lo demás, más vale multiplicarlos, herencia de sí mismos. Por si acaso.

 

Me pareció que tenía miedo. Si pensaba pintar otras Meninas es que temía por su conservación. Pero ¿no eran víctimas potenciales del fuego los demás hijos de su paleta? ¿Qué ocultaba el lienzo? Además de la corona y el cangrejo… ¡Broma sutil! Una referencia a los astros, tópica. Ni siquiera el brillante anamorfismo de Holbein y sus embajadores de escalera.

 

-Lo llevarás a Albión. Te diré cómo.

 

 

¿Cómo? No veía yo lance alguno en ello. Sí, y mucho en el por qué. Señalé el orbe.

 

-¿Y el rey? La pregunta, corta, era inmensa. El pintor sonrió. Me acogió el hombro, cálido.

 

-Es para el rey, hombre. Mira –pulsó un resorte, tras el tapiz del muro- La estancia secreta –rió con ganas-. Jugamos a ser pequeños dioses, magos del aire. –Me vio el gesto, claro, y aclaró- Tanta trampilla ociosa, que los arquitectos dicen falsamente copiar del templo- su tono cómplice me satisfizo- Ya sabes, Salomón y todo eso. Yo soy un eterno aprendiz…

 

Un sosiego quebrado me traspasó. Como en trance, mantuvimos silencio. Aprendiz… Yo intuí que algo más había. ¿Algo? Mucho, con certeza. También que la soledad ya iba siempre a acompañarme. Pareció escuchar mi conciencia. “Algún tributo siempre pide la vida”, dijo.

 

 

 

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