Juan prolongó la mirada… (En la corte del rey de Castilla). 98

Juan prolongó la mirada al vasto edificio de cemento que parecía moverse en sus pupilas húmedas. “Adiós, cigüeña, adiós”, musitó, buscando una papelera de boca ancha, de amplias tragaderas, acordes con las que gastaban los habitantes de la ciudad de la justicia. “Nunca he sido un buen abogado. No puede confiarse en la verdad o la razón. Se equivocó Benavente: el tinglado de la antigua farsa no es el teatro, es el dominio de las togas. Por eso se disfrazan – pero al final todos los conocen”. Arrojó los papeles que llevaba en la mano a un contenedor que piadosamente albergaba unos detritos doctorales de cierta tesis titulada “Efectos bioquímicos del tratamiento por láser”, o algo parecido. “Un vaciado rápido de despachos”, pensó, más llevado por su talante indagador que por la curiosidad. “¿Qué hace una tesis doctoral en la basura? Bueno, ahí acaban todas. Las sentencias, sin embargo, se publican. Y condicionan la vida”. Juan no se sentía tan mal por haber fracasado en un juicio, sino por haber llegado a la convicción de que poco importaba ganar o perder, y que el éxito o la derrota nada tenía que ver con el talento y mucho menos con la verdad o la justicia. Esos conceptos iusnaturalistas estaban proscritos. Los tiburones del foro, los tigres de la curia, los leones del estrado, se mofaban abiertamente de quienes defendían con honestidad unos principios aprendidos en el viejo Digesto. Triunfaban, en las posiciones destacadas de la magistratura o la abogacía, los paniguados, los politiquillos, los enchufados, los soberbios, los mafiosos, pero no los ecuánimes. La vida burocrática de esta parcela de poder dominaba además con sus formalismos la vida interior que palpitaba realmente en el ser humano. “Lo malo es que no sé hacer otra cosa. Pero cuando se siente la campana, hay que ir al rincón”. Juan no se atrevía a regresar a su casa. Vivir solo no era precisamente un consuelo, y descartaba cargar más las penurias morales de su exigua familia próxima –padres ancianos y una hermana solterona- con su cuitas y obsesiones. “Porque esto es genético. No puedo quitarme de la cabeza algunas cosas, todas o casi siempre relacionadas con lo que hago o no hago bien. Como si acertando, o creyendo que acertamos, estuviéramos en posesión de lo que nos importa. A veces errar es acertar y acertar es equivocarse. Seguro que alguien famoso lo ha dicho ya, y en una frase célebre…

 

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