Su vida era una línea trazada por otro… (En la corte del rey de Castilla). 86

Su vida era una línea trazada por otro, en un lienzo extraño, de tal manera que ni siquiera podía adivinar qué imágenes iban a reflejarse. Podía suponer que algunos trazos revelarían parte de su fisonomía, tal vez una porción del alma. “Así son los buenos retratos, que van más allá de las dimensiones perceptibles. En un buen retrato el espectador dialoga desde dentro y desde cerca con el personaje. Desaparece del espacio desde el que le contempla, y se funde con la luz que el artista ha rescatado del aire”. Pero cuando el insomnio le dominaba y le hacía descubrir que lentamente estaba muriendo, muriendo en su capacidad de creación, que era la más dura de las muertes, entonces de poco servía descubrir alguna coherencia en sus reflexiones, como el niño que por vez primera acierta con el botón de colores… La alegría de vivir es un secreto tan íntimo como la fe, y tan misterioso. Y de ella obtenía la inspiración. ¿Entonces? Además de la piel, que era un recurrente comodín para su póquer de ases, tal vez el amor. Y sin ellos, nada. Una enorme y poblada y doméstica nada, un solitario jardín helado más allá de la vista y el tacto. ¿Y el talento? En este caso iba a servir para servirse, utilizando la capacidad de obrar de Juan Bautista para suplir su desnudez, pero lo haría de forma sutil, concediéndole el honor de compartir sus gastados pinceles en los laureados lienzos de la corte.

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