Silva no lo dudó. (En la corte del rey de Castilla). 81

Silva no lo dudó. Se quedaría con el cuadro. No importaba el dinero, ese no era su objetivo. Él lo había pintado, siglos atrás como expresión de su cariño, y ella era ahora la depositaria de un afecto transmitido por los siglos. Su elección, sin embargo carecía de mérito. Se sentía mucho mejor así, dueña del mundo, y no de unos pocos saldos bancarios, como un miembro más de la estúpida sociedad de consumo. Sacudió la melena. ¡Claro que le gustaba, y era casi adicta a las compras! Pero esto era diferente: se trataba de definirse ante ella misma, y no de mostrar con más o menos gracia o enviar un curriculum a una multinacional triste y sombría, tal vez financiera del exterminio de las tribus amazónicas. Silva no entendía bien esos tinglados financieros, que suponía más bien impelidos por un ciego azar, unos caballos desbocados que espoleaba, de vez en cuando, algún aliado de Satanás. Ya lo digo Mao –sonrió al recordar las citas de Javier, siempre tan del 68- “Fuerza sin astucia es como un rebaño en estampida”- ¡Iba a echarle de menos!. Hacía mucho tiempo que no escribía. Abrió su cuaderno. Su estado de ánimo aunaba en aquel momento dos impulsos contrarios, el deseo de olvidar y de recordar, mantener la memoria como elemento de su propio ser, el recuerdo de los sentimientos, y dejarlos para siempre en un oscuro rincón que jamás pudiera descubrir un tibio rayo de luz.

 

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