No sabía de dónde arrancaba su tristeza. (En la corte de Felipe). 84

No sabía de donde arrancaba su tristeza. Alguien insinuó, en algún silencio a veces, que su raíz era genética. ¿Una herencia? Felipe apoyó su mirada lenta y prominente en un punto inerte del espacio. Daba igual. El podía sentirla como un ser vivo que iba creciendo en sus entrañas y le dominaba. En esos momentos caía sobre sus párpados una losa de aire plomizo que apenas le dejaba respirar. A su alrededor todo era confusión y desencanto: no amaba a la reina, sentía la animadversión o el menosprecio de los nobles, sus hijos eran frágiles y torpes como cachorros desnutridos, y ese aturdimiento que le dormía el cerebro, un devorador de las ideas y de la fuerza. Entonces ¡y era tan frecuente! sólo podía echarse en la cama, erguir el sexo, como la obligación de un semental,  y aguardar a que sus cortesanos le apañaran un ayuntamiento anónimo. Se decía que el país estaba atiborrado de bastardos con el mentón prominente, los ojos saltones, la frente interminable y el habla lenta del primer hombre de las Españas.

 

 

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