La sierra de Guadarrama… (En la corte de Felipe).82

La Sierra de Guadarrama comenzó a desprender luces de un violeta exasperante. El sol nacía desde un punto enclavado en los altos lucernarios, dorando la paleta manchada de un pajizo arco iris. Diego había dejado de pintar, y tal vez meditaba acerca del secreto que guardan los colores cuando se mezclan con la luz.”Sin ella están inertes, como en esta madera”. El lienzo mostraba ya los rasgos definidos de un paisaje que iba creciendo con las horas, un ser vivo. El pintor dejó abierta la posición central del cuadro; situaría allí, conforme al gusto del rey, las figuras humanas y, posiblemente, un alazán tostado, que un infante de España llevaría de las bridas, dócil y fuerte como un joven bien educado. “Una torpe metáfora”- se dijo- “Estoy pensando en él. Pero ¿es eso tan malo?”. Dejó las artes de su oficio sobre el gran arcón que le servía de mesa de trabajo. En una bandeja reposaba el refrigerio matutino, una costumbre que le recordaba la rutina de un monasterio. Picoteó las galletas de avena, el pastel de queso agrio, las fresas de La Granja. Se sentía animado, al contrario que el resto del mundo en primavera. Felipe sufría un aturdimiento estacional, casi letárgico, que, sin embargo no tenía la virtud de aumentar sus fuerzas para el invierno. ¡Pobre rey! No envidiaba su cuna, tan deteriorada por la endogamia familiar de los Habsburgo, ni el papel que le había tocado en la vida. Diego entendía ésta como un reto con la libertad y con el tiempo, y ambas cosas le estabas vedadas. Las altas esferas, condicionadas por las más pedestres, ni siquiera podían disfrutar de los cortos bienes de la tierra: la paz, la familia… “¡Qué sé yo!”- musitó Diego limpiándose las manos en una servilleta de hilo flamenco. ¡Aquellos Países Bajos, la ruina del honor hispano! Diego rememoró, paradójicamente, la perdida memoria del ser histórico, esa huida de los reyes hacia su futuro. Como replicantes marionetas de sueños dorados, los pobladores de la Corte se empeñaban en hacer de dioses, creaban con un sarcasmo enternecedor falsos mundos, perpetuadores de la indignidad. Él, sin embargo, quería pertenecerles, y ese deseo comenzaba a perfilarse como un dibujo impresionista, los paisajes de Villa Medici, una tragedia nítidamente percibida en la distancia, borrosa para quien la sufría.

 

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