Felipe, la Majestad de las Españas, tendió el brazo. (En la corte del rey de Castilla). 79

Felipe, la Majestad de las Españas, tendió el brazo.

 

Por favor, Diego, ayudémonos a vadear este arroyo. Sé tú apoyo real y yo seré tu real apoyo.

 

Estos retruécanos encantaban al rey, y no disgustaban al pintor, deseoso de servir al monarca, aun consciente de la envidia que su confiada proximidad despertaba entre los áulicos cortesanos. El tal arroyo no era sino un hilillo mucoso apenas corredor y nada travieso, que más servía como excusa para intercambiar el gesto de amistad que como escollo cierto en el camino. No muy lejos, junto a la tienda del rey, bajo los pendones de los Austrias, jugaban los infantes y varios niños del entorno aristocrático, que , para ellos, aún no se había vuelto tan pesado y absurdo como para sus padres. El rey pareció adivinar su pensamiento, una cualidad que a veces inquietaba a su aposentador.

 

-Míralos, juegan libres de discurso y de inquietudes. Mientras, nosotros envejecemos a la vez en edad y en problemas sin resolver… ¿Qué va a ser de España? ¡Tanto esfuerzo, tantas luchas, tanto gasto, para qué! Porque el futuro se me antoja quebradizo, como aquel gigante que soñó ese rey bíblico … el de las palabras en la pared…

 

Felipe hacía preguntas para indagar hasta que punto sus interlocutores estaban al cabo de la calle. No soportaba a los ignorantes.

 

-La mayoría de los Grandes de España lo único que tienen grande es la boca, para decir majaderías. Diego ocultó, esta vez, una sonrisa burlona. También a su majestad apodaban “El Grande”, a decir de D. Francisco el Estevado , a la manera de los hoyos, que tanto más lo son cuanta mas tierra se les quita..

 

-Este pueblo no es malo, Diego. Lo son ellos, sus líderes, y tal vez debamos incluirnos . -Le miró-. Bueno, tal vez no tú, aunque… quien sabe…Hemos unido reinos y señoríos porque nos lo han suplicado, no a la fuerza. Eso es mentira. Ningún país es sojuzgado eternamente. Ni siguiera Roma fue capaz de hacerlo… pero todo se romperá, no habrá unidad, algún día. Este esfuerzo es baldío, porque en el interior de muchos anida la serpiente de la ambición. Quieren ser reyes, quieren el poder. ¡Se lo regalo! -comenzó a sollozar, tan lenta y suavemente que estando casi con los rostros juntos, apenas se notaba-. Ser rey es una maldición.

 

Diego le escuchaba en silencio. Las reflexiones del Habsburgo podían irritarle hasta límites casi intolerables, pero obviamente los aguantaba. Esa era la diferencia con el diálogo sincero entre dos amigos del alma. La enorme distancia que el entorno palaciego imponía entre ambos vedaba cualquier autenticidad a estas aparentes confidencias. “Sí es una maldición ser rey –pensó Diego- pero por otros motivos, como la incapacidad de comunicarse como cualquier hombre”. Ignoraba si esa era la famosa servidumbre que los privilegiados achacaban a su condición. “En cualquier caso, prefiero sentir ese vacío a la necesidad de poseerlo”, musitó. El monarca siempre estaba descontento y amargado, y eso hacía muy dura la convivencia. La reina, con quien había cruzado una mirada turbadora en alguna ocasión, era sin duda víctima de la hipocondría del titular de la corona.

 

-Estoy cansado, amigo mío –la humanidad severa del rey le miraba con ojos gachos y el labio tembloroso –pero aún no he terminado mi obra.

 

Diego no pestañeó, receloso de que su gesto pudiera traslucir la intimidad de su corazón. ¿A qué obra se referiría? Pero los grandes siempre piensan que lo son de verdad. Dios había descansado el séptimo día. Eso fue después de la creación del mundo. El también sentía que su obra no estaba completa. Tantos años de esfuerzo, y algo en su interior gritaba a voces su inquietud, la insatisfacción del creador.

 

-Lo importante, Señor, está hecho. Otros continuarán y tal vez sea hora de cederles el trabajo, que no la gloria.

 

El rey le miró. Sonaba a discurso palatino. Apoyando la mano en su brazo se incorporó pesadamente. Parecía un anciano que adivinara los pensamientos. “Nadie me dice la verdad. Claro que tú tiene mejores razones que cualquier otro para ocultármelo”.

 

Pero Diego no escuchó el silencio de Felipe.

 

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