El cuadrante en Aries… (En la corte de Felipe). 91

El cuadrante en Aries, junto a la Casa del Sol, delataba un acontecimiento desbocado e inmediato, tan urgente como respirar y tan desapercibido. El astrólogo calcó en su plantilla de arabescos el mapa figurado del cielo. “Un crimen, o tal vez una guerra, sangre y viajes, la distancia que separa las vidas, o el instante que supone huir para seguir vivo”. Pronto irían a consultarle, pasada la última luna nueva. Percibía ya la exigente postulación de los silencios, tensos como grilletes de hierro. Siempre cubiertos por el embozo, oscuros y fríos, repletos de oro, ladrones de su verdad. Hasta ahora todo parecía haber salido bien, pero nunca su interés había rozado siquiera materias tan confusas. La vida estaba repleta de nimiedades que la hacen tolerable. No soportaríamos otros ritmos y canciones, como no es posible mantener un esfuerzo al límite de las fuerzas del cuerpo o del espíritu. Al astrólogo le dolía más el alma que las vísceras, y sus migrañas estaban provocadas por la tensión que en su sangre lenta causaban los pesares y las zozobras. Los hombres y su vanidad y su codicia y su impaciencia hacen de este mundo un valle de lágrimas. Esa era la maldición de los astros; sujetos a la naturaleza, que toda religión asumía en forma de necesaria catarsis. El pecado es, como mucho, un error, una alteración en los grados del esfuerzo que nos cuesta vivir. Un compromiso con la estulticia del ser. Llamaron a la puerta. Abrió enseguida, casi urgido por terminar la pesadilla. Llevaba sus excusas “no he podido discernir ni el día ni la hora…”. Ante él, una figura enjuta y pálida, calzada de borceguíes y cuero, arropándose con una grande capa de lienzo. El astrólogo admiró su broche de oro, prendido como un collar bajo la escápula. El hombre pasó al recinto caldeado, mirando en su torno, escudriñador y silente. Se cruzaron sus ojos, verdes y líquidos. “Vendrán unos hombres, usted ya los conoce. Quieren saber -hizo un gesto, sacudiendo con la mano el guantelete y con ello la mitad del mundo-  bueno… la fecha propicia. César y los Idus de marzo” Se detuvo. Suspiró buscando el aire de un recuerdo, tal vez de un gesto que le devolviera la esperanza.

 

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