De nada le valía…ser un triunfador solitario… (En la corte del rey de Castilla). 85

De nada le valía –ahora lo estaba comprendiendo- ser un triunfador solitario. El vacío de aquel triunfo era un reflejo de su rechazo a no ser él mismo. Y a ese yo torturado lo que le hubiera complacido de veras nada tenía que ver con la apoteosis de un guerrero: dar la mano a quien pudiera necesitarle, retroceder para ayudar a levantarse, torcer el rumbo de una galera capitana, evitar el grito de chacal de las hordas sanguinarias, burlarse en la placidez de la inteligencia de esa astucia diabólica que toma el mal como guía y espejo. Es decir, todo lo que el mundo considera parte del fracaso, alejamiento de poder y de dinero, si es que no son lo mismo, veneración del tiempo en paz y en amor. En su movimiento de  cabeza era sencillo adivinar que pronto unas lágrimas indecisas –porque no se sabían definitivas, porque se llamaban a sí mismas fuente de la tristeza y no de la decisión de cambiar- correrían por sus mejillas. Y así fue, pero no llegó el fin de la inquietud, y ese cansancio alterado por la perdida de la luz que en otros momentos iluminaba su mente y alumbraba sus decisiones como los consejos de un ángel amigo, se apoderó de sus frágiles miembros. Como un héroe antiguo, dejado de su dios, el abatido cuerpo y la mísera alma del artista se retiraron a un rincón de la estancia. Acurrucado como un niño en su cuna, el hombre se fundió en la oscuridad con la neblina parda de los pensamientos colectivos, o eso le pareció al intentar apartarse de la espesa nube que le abotargaba. De repente era un niño, quizás era sólo el pensamiento musical o la impresión nebulosa de un niño, la promesa de ser y de la razón que se mezclaban confusamente en la pizarra blanca del aire. Se percató de que ese espacio era su mente y su tiempo, y que nadie podía comprender los argumentos cerrados que le explicaban como ser en el mundo, y esa soledad fue el comienzo de la nueva y breve vida que decidió otorgarse. En las sucesivas etapas del futuro todo sería sencillo, incluso la amplia sucesión de las paradojas: un silencio para gritar, el amor para sufrir de soledad, los recuerdos para olvidarlos, y la fuerza para sentirse débil, apagado en un centro de soles, un erial húmedo, el descanso dinámico de los lúcidos sueños.

 

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