Acabar con todo, romper los muros.. (En la corte del rey de Castilla). 83

Acabar con todo, romper los muros y hacerlos nuevos, estimular con el sueño, anular la tradición, formulaciones extremas: los padres son enemigos, o no se enteran, el arte ha muerto y es el sudario de Dios, lo cutre es elegante, pasados los cuarenta eres un cadáver, o escoria, o violador de miradas, palabras en ingles, perfomance, los mantras estuvieron de moda hasta que Richard Gere el viejo se hizo budista, y ni Kim Basinger pudo ya recuperarlo. Nada aporta nada excepto la destrucción, el invento de la mugre, dodecafonismo científico, improvisar, viva la piel. Silva leía el manifiesto antirrealista y se acordaba del pobre Francis Bacon, del Picasso preterido, del gran Andy Warhol, ya anciano. La mirada del neotodo abarca un universo tan limitado como los restos de sus heces. Y ella, en cierto modo, compartía ese rescoldo de la eternidad, ideas que el siglo XXI envolvía en restos de casas coloreadas por una escisión de átomos. Una guerra que estallaba en los espíritus y apenas podía ya reconocerlos. Silva cerró los ojos. Aquel ejercicio, tan antiguo, la renovaba. Había aprendido de su abuelo la aceptación de las cosas inevitables, pero no la renuncia a intentar cambiarlas. “¿Será que no soy buena para la vida?”- Sonrió. Aquel verso de verano, tan pesimista, tenía la paradójica virtud de refrescarla. “Un espejo opaco”, musitó, dibujando en el aire la z de un bereber agónico. “Debo enderezar este grueso tronco. Estoy haciéndome mayor”. Erguida sobre sus largas piernas de ninfa, alzó los brazos, danzando como una diosa nepalí. “El universo sin los brazos de Shiva”, entonó un mantra nebuloso al tiempo que se echaba llorando de soledad sobre la cama. Una vez más soñó con la casa de otro, esta vez algún amigo de familia dispersa, esa concentración que utilizan los conquistadores para obtener sus triunfos. En estancias opacas se exhibían los recortes escolares de sus dibujos y proyectos, ahora fábrica de ideas para los pobres adultos, amnésicas del conocimiento del universo. Silva se despertó mordida por el ácido. “La maldita úlcera”, otra herencia indeseada. “¿Qué difícil se pone a veces la vida”, recitó al oído del dueño de la casa, un minuto antes de que le expulsaran, no recuerda la razón, si hubo. Eso debería constituirse como el mejor legado: saber cómo actuar para que ni el ruido ni los alisios ni los parientes ni los colegas ni uno mismo sean capaces de destruir las ilusiones, seguir caminando, pero hacia un punto que, al menos, compartan otros ojos. Silva estaba echando de menos la familia. “¿Un hijo?”. Elección de maternidad sin marido, claro. Faltaría más. Aguantar al macho institucionalizado, como un tributo. La idea la sobresaltó hasta tal punto que ya no  pudo dormirse. Un amanecer violeta encuadraba la línea quebrada del horizonte, desde Gredos a la punta redonda de la Bola. Más a la derecha Somosierrra y las sombras de La Pedriza saludaban una mañana tan diferente y tan similar como todas las que paría este mundo alterado por los siglos y por sus inteligentes pobladores, no se sabe si en la misma dirección.

 

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