¡Mi hija!¡Hijita! (En la corte del rey de Castilla). 88

¡Mi hija! ¡Hijita! – Silva estrechaba contra su pecho los muñequitos de tela, las pequeñas botas, alguna prenda de vestir, y sobre todo el cálido aire que resumía su cariño- cerca, en su dormitorio, la niña descansaba, durmiendo como un angelito en su cuna de madera. Aquellos arrebatos, que Silva no acababa de comprender, le sobrevenían de repente, o al menos así se le antojaba. “Soy una neurótica”, se decía comiéndose a sorbos los lagrimones. En esos momentos la vida se transformaba en un culebrón, un serial lacrimógeno, de fáciles recursos sensibleros. Pero… ¡era tan necesario! Silva se asomó a la noche de Madrid. Allí enfrente, en uno de los balcones anónimos que la observaban inmóviles, alguien estaba aguardándola. Alguien esperaba su amor, eso que iba agriándose en su recipiente cerrado, como un poema que jamás llegara a publicarse. Podría transcurrir toda una vida antes de que uno se dé cuenta de que carece de talento, e insista en mostrarlo. Pero no pasan cinco minutos y ya tu interlocutor ha captado qué clase de luz o de oscuridad llevas en los ojos. Entonces te la devuelve iluminado o se retrae confuso, alerta e incómodo como un niño sucio. En ese momento se revelan todos los secretos del psicoanálisis.

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