Sulva tragó el Valium 5. (En la Corte de Felipe). 78

Silva tragó el valium 5 con dos sorbos de agua de Lanjarón. Le sentaba tan bien  que si por ella fuese los declararía obligados, para templar el ánimo en coyunturas semejantes. Esa palabra la estremeció. Sacudirse el yugo, liberarse de la coyuntura, como decía su padre el arruinado filólogo granadino, era precisamente lo que ahora pretendía. Cerró los ojos resoñando las sobremesas de Órgiva, endulzadas por los pionomos de moscatel. Tiempos que no se añoran por pasados sino porque con ellos desaparecieron las sombras chinescas de una ilusión vital, el suspiro de la esperanza infantil, la ingenua claridad. Silva acudía a los tranquilizantes y al deporte como mecanismo homeopático, después de que la casualidad quisiera descubrirlos para ella, como antídoto a la noria imparable de los inquietos pensamientos, ese serrar el serrín que la corroía, herencia de su abuela materna, tan bondadosa y tan querida que se emocionaba con sólo recordarla. Sacudía la cabeza, alejando el sentimiento, y a la imagen cálida vino a sustituirla otra muy diferente, fría y cortante como el filo de una hoja blanca. Juan. ¿Por qué? Se había hecho tantas veces esa pregunta, y en tantos sentidos, que comenzaba a diluirse su significado, envuelto en la rutina de quien huye inconscientemente de la respuesta. Juan, un eterno niño cuya madurez se detuvo el día que descubrió que él nunca tuvo bicicleta, ni botas de montar, ni profesora de piano. El día que descubrió que le habían puesto en este mundo para que se buscara la vida y no para recibir amor. El día que descubrió el doble lenguaje del mundo: el de los mayores y el de los niños, el que aquéllos utilizan entre sí, y el que emplean con éstos, el que les convierte en auténticos o en reflejos falsos, el de quienes creen y el de quienes hacen. Ormuz y Arimán, sí, pero también, junto con Jekyll y Hide, razón y corazón, día y noche, dulce y salado, la salsa de la vida. El tranquilizante liberaba los resortes de su cerebro, y las ideas salían a borbotones buscando refugio. Silva abría los brazos y su pensamiento las engullía como una ameba macrófaga, dividiéndose después en series infinitas, para hacer clones de sí mismas. Y este era un pobre consuelo.

 

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