Jorge Urrutia emborronó el enorme lienzo… En la Corte…76

Jorge Urrutia emborronó el enorme lienzo que tapaba literalmente la pared de la nave. Desde las claraboyas del techo se filtraba una luz albina, de vez en cuando tamizada de un imponente gris dorado. Los cubos de color, las paletas inertes, los frascos de disolventes y aceites, pinceles, brochas, caballetes construían un paisaje surrealista que al profesor de estética del XVII en la facultad de BB.AA. le parecía ya anodino. El éxito de la exposición que preparaba había dejado de inquietarle. Después de una vida dedicada al arte empezaba a comprender que no existía; tan sólo ese compuesto de sensaciones, de percepción y de sentimientos que trasladaba al instinto o a la educación adquirida vibraciones especiales. Jorge, sin embargo, no se juzgaba con benevolencia. Más bien era lo contrario: un severo adversario de sí mismo, cuya crítica constante le había convertido en un hombre internamente amargado, sin confianza, paradójicamente firme y seguro por fuera, como un edificio en ruinas que amenazara implacable su fachada y que podía hundirse en cualquier momento. Así se sentía ahora, construyendo como un artesano habilidoso un puzzle de piezas ortodoxamente impecables, pero que él reconocía carentes del genio creador. Se quitó los guantes. Antes le agradaba oler sus manos impregnadas de óleo y trementina y casi mostraba con orgullo las uñas decoloradas y sucias. Pero eso del ‘citius altius fortius’, deformado por un entorno exigente que aceptaba sólo a los supuestos triunfadores, ya era un recuerdo e incluso una deformación. Jorge estaba burn out, quemado, como decía Pico Sandoval, el “locólogo” del curso.

 

La vida, y no el mundo, es un pañuelo. El mundo son los mocos. Algún día, en su biblioteca de Boadilla, en medio del talento y laenergía que brotaba de los estantes, no lo tuvo tan claro. Coincidencias significativas’, había recordado de sus lecturas entre científicas y esotéricas. Una buena mezcla, cóctel y no combinado, que es como las salsas francesas, demasiados ingredientes para un buen sabor. Aún asú lo prefería a las cagaditas de El Chulli, con su deconstrucción de jabones. De tocador, claro, ricos y perfumados, al estilo de las manzanas del barril que sirvió de escondite al bueno de Jim.

 

Eso echaba de menos en sus siestas. Ahora le asaltaba el monográfico del’encargo’. Invitarle a El Chulli, y el primer pago no estuvo tan mal. Pero encontrar en el Museo a la chica… Eso había sido un golpe de suerte.

 

-Toque de maestro, más bien. Para meter un gol de pícaro, hay que estar junto a la portería.

 

No había sido difícil. El novio de la chica era un pelanas. Se lo compró por cuatrocientas mil. En la galería de Zurich lo tasaron algo más alto: cincuenta millones. Por eso aceptó. Y él mismo quedó asombrado de que así, en un instante, quedaran eliminados sus escrúpulos.

 

-Se llama ‘Alzheimer moral’. Uno no se acuerda de nada, cuando ve los billetes.

 

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