En la corte del rey de Castilla. 75

Silva cerró los ojos. A su lado resoplaba el macho, parte del placer, bien cebado y satisfecho. No bastaba la oscuridad para borrar de su mente las imágenes que la acosaban. Se puso de lado, buscando acomodo entre las sábanas. Hacía calor, ella lo sentía, al contrario que su pareja, antónimo metabólico, como lo definía con sus tertulianas entre fresas risas, en las ménsulas del Café Gijón, ocupado por advenedizos y turistas. “Demasiado joven”, pensó, mientras apartaba un brazo inerte para hacerse un huecoen la  superficie libre del colchón. “¿Estaré enferma?- se dijo. La acusaban de exceso de sensibilidad, pero quienes lo hacían ¿estaban preparados para ello? Suspiró, agobiada por el peso absurdo de sus reflexiones. “Tengo que descansar”, murmuró al interior de sus vísceras, donde suponía habitaba el demonio de la inquietud. No compartían demasiadas cosas, pero ese era tal vez el secreto de  la estabilidad. Sin embargo, cada día le resultaba menos tolerable el desdén con que parecía tratar todo lo que a ella le interesaba. Cuando intentaba hacerle cómplice de ello, chocaba con la indiferencia nacida no de la mala fe sino de la convicción de que lo que ella pensaba o sentía era irremediablemente estúpido. Se quedó dormida mucho después, aturdida por el aburrimiento de sus propias reflexiones, huyendo quizás de la realidad. En sus sueños, innumerables paquetes cerrados que personajes anónimos dejaban, como expósitos, a la puerta de su casa –una casa habitada por los recuerdos de otros, paseada por familiares que hablaban de cosas ajenas- y que ella temía abrir. De hecho ni se lo planteaba, antitesis de Pandora, recelosa de lo que podía depararle su curiosidad. De repente se despertó. No pudo contener la risa, una vez que el espasmo de la imaginación virulenta de su cuerpo astral hubo cesado. La coronilla de Juan clareaba, entre restos de tinte oscuro. “¡Te estás quedando calvo, capullo presumido!” –musitó, y en el trayecto a la cocina, aún en duermevela, arrugó la frente inquieta, porque no dejaba de resultar chocante que eso fuera lo único que podía ocurrírsele en aquel momento respecto de su novio.

 

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