En la Corte del rey de Castilla. 74

Diego abrió el armario. La penumbra vestía de sombras los anchos estantes, que la llama de su palmatoria alumbraba precariamente. Suspiró. Era un hombre vigoroso, pero los últimos acontecimientos parecían haber causado estragos en su físico, ese espejuelo de la paz interior. Muchos de sus retratos habían conseguido traslucir al exterior las ánimas y los ánimos de los retratados, a veces capturando un detalle que pasaba desapercibido habitualmente. Ahora, al sesgo del metal bruñido donde se reflejaba su rostro, se veía como un modelo ajado, un hombre vencido. Sacó la bacinilla y con dificultad aseó su vejiga. La próstata inflamada estaba causándole molestias crecientes, pero las prefería al arte cisorio del cirujano mayor, tan proclive a manejar sus afilados bisturís. Palpó el bulto, envuelto en la tela áspera de saco. Se estremeció. Había dejado la puerta cerrada, y, además, no se le antojaba a quién podía interesarle su pinturilla. Se percató de la celeridad de sus reflexiones, pues daba por hecho que alguien había sustraído el lienzo. Amasó de nuevo la tela, que extrajo finalmente del armario para extenderla sobre el lecho. El cuadro del infante había desaparecido. Cuando pudo recobrar el aliento, que había huido como un pájaro ciego, golpeando las paredes con su pobre cuerpecillo, se dio cuenta de que estaba temblando. impulsivamente, con los ojos abiertos, se metió en el lecho, donde ya reposaba su esposa, como siempre tendida en el centro, los brazos en cruz, una postura que aprendió de él, si es que alguien puede creer que estas cosas se aprenden. El olor un tanto acre de su aliento tras la cena de cebolla y puerros le asaltó, como cada noche, pero aquella vez Diego ocupaba su mente con un quehacer distinto al rutinario divagar acerca de que nada es tan pesado como el cuerpo de quien ya no se ama. La vela seguía encendida, y una llama pajiza sobrevivía entre los grupos de cera virgen. De repente todo quedó a oscuras, inmediatamente después de que un resplandor más intenso, como el último estertor de un agónico, iluminase la estancia. Todo quedó a oscuras, sí, incluso la mente confundida del artista, que comenzaba a preguntarse si aquella era la realidad, o un mal sueño.

 

 

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