En la corte del rey de Castilla.72

 

 

El cuadro cobró vida. La Cruz de Santiago brillaba como una luciérnaga de oro. Al entrar en El Prado, Silva notó, bajo su brazo, la fiebre animada, un cosquilleo que estuvo a punto de hacerla reír. Llegaron a la Sala de las Meninas. Las niñas, recuperando el brillo de sus pupilas, buscaron a su hermano. Silva lo notó, y apretó el lienzo. Desde el fondo, en la penumbra, el aposentador mascullaba algo de gastos y controles. Nicolasillo alzó la puntera del lomo del mastín, que gruñó dormido. Marbárbola movía la cabezota, asintiendo al reto que emanaba de aquella figura vestida de harapos, de limpios harapos azules.

 

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