Silva devolvió la mirada al jefe de personal… (En la Corte de Felipe) 66

Silva devolvió la mirada al jefe de personal, hoy director de relaciones laborales, mañana ingeniero de soluciones, pasado… Sacudió la cabeza, y su melena oscura abanicó el aire en el espacio que la separaba de su examinador. Aquello de optar a un puesto de trabajo compitiendo con otras aspirantes, la humillaba. Se sentía como una de esas bellezas de los concursos, a las que todas miran como a especímenes de lujo y uso personal, privadas de su intimidad y por tanto de dignidad. Silva resopló, un gesto que hubiera hecho exclamar a su madre, “Hija, pareces un muchachito”. Sacó el coche; llovía, llovía siempre. Eran las dos de la mañana, pero necesitaba comprar la prensa del domingo. Todos los Vips, gasolineras con shop, ese galimatías de verbalidades del  marketing, ya habían recogido los periódicos. Servían, a esa hora, los diarios del lunes, para lectores tempranos. Silva regresó con “La Razón”, 125 ptas. ¿Por qué valía menos de la mitad que los otros? ¿Sobreviviría? ¿Estaba subvencionado? Aparcó y volvió andando a su casa. Entonces los escuchó, y supo que aquella noche sus impulsos inconscientes –que la ponían tan nerviosa- la habían sacado de paseo bajo la lluvia, a la búsqueda de la prensa perdida… Sólo en apariencia. En realidad todo era un truco del destino, o de su buena suerte, para oír el canto del ruiseñor. Además, era su aniversario. Hacía ya un año que la dejó Richard –nunca supo por qué le llamaban así; era de Albacete y en su DNI figuraba “Leandro” –y ahora estaba recuperando su serenidad, dándose cuenta de que en realidad convivir puede resultar lamentable. Cada mañana el olor agrio de la pareja, las abluciones del baño, esas continuas sabandijas cotidianas que reflejan la fealdad del hombre. Todo ello camuflado por el amor, o el deseo de amar y de que te amen, puede pasar casi desapercibido. Pero cuando la causa desaparece sobreviene la eclosión de los efectos, y se hace intolerable incluso mirar y que te miren, como si un extraño, un desconocido poco agradable, hubiera invadido tu intimidad. El tirón recurrente de su espalda la conmovió, sentía una aguja envenenada que le atravesaba el hombro, recorriendo su costado. Sonrió al recordar a su abuelo, serio y ceñudo en el rincón de su huerto sevillano “los médicos cuando te ven mayor, ni miran, diagnostican a voleo, y lo malo es que suelen acertar. Para qué tanto cuidar estos materiales de desecho”. A ella, sin embargo, le hacían todo tipo de pruebas, con igual resultado, es decir, la persistencia del problema.

 

 

 

 

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